Opinión
Adora tu vida
La industria del bienestar ha convertido el cuidado personal en una categoría de consumo similar a la moda

El vaso de agua con limón a primera hora del día / GettyImages
Pocas cosas son tan propias de nuestra época como necesitar una suscripción mensual para aprender a relajarnos. La industria del bienestar ha convertido el cuidado personal en una categoría de consumo similar a la de la moda o la tecnología. La meditación guiada, los diarios de gratitud con tapa de cuero, los retiros de silencio en antiguas masías, las aplicaciones para dormir mejor o las sesiones de coaching conviven ya en un mismo escaparate donde cada producto promete una versión un poco más equilibrada de quien lo compra. No resulta extraño que sea un mercado en expansión. Vivimos más cansados, más solos y ansiosos que hace unas décadas. Lo llamativo no es que exista una industria dispuesta a responder a esa demanda, vivimos en una sociedad profundamente capitalista. Me resulta curiosa, no obstante, la forma en que ha conseguido presentar como empoderamiento individual lo que durante mucho tiempo nadie habría imaginado que pudiera venderse.
El vaso de agua con limón a primera hora del día, el cuaderno abierto junto a una vela, la esterilla frente a una ventana por la que entra una luz que parece filtrada aunque no lo esté… Todo funciona como señal de pertenencia a una tribu que se cuida bien y a la que no entra cualquiera, porque sus figuras de autoridad son influencers que ofrecen, por importes que van de los diecinueve con noventa y nueve al mes hasta los varios cientos de euros por sesión, acceso a una versión de uno mismo más serena, más centrada y, sobre todo, más parecida al influencer en cuestión. La privatización del cuidado lleva décadas avanzando en paralelo al desmantelamiento de los sistemas que lo hacían posible sin coste, y lo que ha cambiado es la sofisticación con que el mercado ocupa el espacio que esos sistemas van dejando: salud mental pública desbordada, listas de espera que se miden en meses, soledad convertida en crisis sanitaria. En ese espacio, el bienestar de pago se ofrece no como complemento sino como sustituto disponible solo para quien puede permitírselo, de manera que la gestión emocional se convierte en otro marcador de clase.
Hubo un tiempo en que ese conocimiento circulaba a través de redes cuya lógica era la del intercambio y la reciprocidad antes que la de la transacción: la abuela cuyos remedios eran mitad medicina y mitad escucha, el grupo de mujeres que se reunía en la cocina de alguna y hablaba sin llamarlo terapia aunque lo fuera en todos los sentidos que importan. No era perfecto ni tenía base científica en todos los casos, pero tampoco tenía paywall. Lo que ha ocurrido no es que esas redes hayan sido mejoradas sino reemplazadas, primero por la descomposición del tejido comunitario y luego por una industria que ha encontrado en ese hueco exactamente el mercado que necesitaba. Lo más sofisticado del fenómeno es la manera en que se ha blindado frente a la crítica económica, porque el wellness se presenta a sí mismo como un valor y los valores no se cuestionan en términos de precio. Decir que no puedes permitirte el retiro no es una observación económica sino una confesión de que no has priorizado lo que deberías, y la culpa de no cuidarse bien recae sobre quien no puede costearlo en lugar de sobre un sistema que ha convertido el cuidado en artículo de lujo con muy buenas fotos.
Hace veinte años ocurrió algo parecido con la alimentación saludable, que dejó de ser una cuestión de acceso para convertirse en una cuestión de criterio, de manera que quien comía mal no era quien no podía permitirse otra cosa sino quien no tenía la información o la disciplina para elegir bien. El bienestar mental está recorriendo el mismo camino con el agravante de que sus efectos son menos visibles y por tanto más fáciles de devolver al terreno de la responsabilidad personal de quien los padece. «Cuídate», dicen, como si fuera tan sencillo, como si el problema fuera siempre uno mismo y nunca las condiciones en que uno vive, como si cuidarse no costara o como si el precio fuera lo de menos.
Suscríbete para seguir leyendo
- Imputados por prevaricación nueve profesores de un tribunal de la UIB
- Estas son las principales carreteras de Mallorca que tendrán restricciones por el eclipse del 12 de agosto
- ¿Quién es el suicida de la Torre Madrid de Palma?
- Cómo acceder pese a las restricciones del eclipse en Mallorca: quién puede entrar y cómo acreditarlo
- Sanción a un agente que se aprovechó de su uniforme en el aeropuerto de Palma
- Guía completa para que un mallorquín no se pierda el eclipse
- Mallorca pasa de una noche tórrida a rozar los 40 grados: la Aemet avisa de que el calor seguirá este lunes
- Juan García, de Multiópticas Baleares: «No basta con llevar gafas para el eclipse, hay que saber utilizarlas»
