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Opinión | Tribuna

La verdadera huella

Turistas caminando bajo un sol de justicia en el Parc de la Mar.

Turistas caminando bajo un sol de justicia en el Parc de la Mar. / B. Ramon

Durante cincuenta años abrí cada mañana la puerta de un negocio. Para muchos era una tienda de antigüedades. Para mí fue mucho más que un lugar de trabajo. Miles de personas cruzaron aquel umbral. Unas buscaban una alfombra, un mueble o una obra de arte. Otras buscaban una historia, un consejo o una conversación. Hace unos meses cerré aquella tienda. No porque hubiera terminado mi actividad, sino porque había concluido una etapa. Sigo trabajando, sigo rodeado de las piezas que han formado parte de mi vida y sigo creyendo en la belleza y en la cultura. Sin embargo, al desaparecer el escaparate, uno descubre algo curioso: cuando dejamos de ser visibles, el mundo sigue adelante con rapidez sorprendente.

Esa experiencia me lleva a pensar en algo mucho más amplio que mi propio caso. A lo largo de la vida he conocido empresarios de éxito, banqueros, hoteleros, médicos, arquitectos, políticos, joyeros, abogados…. Muchos alcanzaron prestigio, reconocimiento y una considerable prosperidad económica. Todo eso es fruto, en numerosas ocasiones, del esfuerzo, la inteligencia y la constancia. Nada hay de reprochable en ello. Al contrario, Bahá’u’llá escribió: «Habiendo llegado a la etapa de la realización y alcanzado su madurez, el hombre necesita de la riqueza; y aquella que adquiere por medio de las artes y profesiones es digna de alabanza…». Esa afirmación rompe muchos prejuicios. Sin embargo, con los años he comprendido que lo que uno acumula cambia de manos. Las empresas se venden, los edificios encuentran nuevos dueños, los negocios continúan o cierran sin nosotros. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué permanece realmente?

Yo creo que no es lo que poseemos, sino la huella que dejamos en los demás. No me refiero a la fama ni al prestigio, sino a esa influencia silenciosa que nace de una vida vivida con rectitud, humildad y espíritu de servicio. Esa huella no aparece en ningún balance económico y, sin embargo, es la única que continúa dando frutos cuando ya no estamos presentes. Quizá el mayor desafío del ser humano sea conocerse a sí mismo, descubrir qué impulsa sus decisiones, distinguir aquello que lo eleva de lo que lo empequeñece. Ese trabajo interior acaba reflejándose en cómo vivimos y cómo servimos. Tal vez el éxito no consista en que nuestro nombre permanezca escrito en la fachada de un negocio. Tal vez el verdadero éxito sea que alguien viva un poco mejor porque un día se cruzó con nosotros. Los edificios se venden, las empresas cambian y los bienes se reparten. La huella de una vida entregada al bien común, en cambio, puede seguir creciendo mucho después de que nosotros hayamos desaparecido de la vista. Al final, todos desaparecemos de la vista. Lo único que puede permanecer es lo que hayamos sembrado.

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