Opinión | Tribuna
Dept. Econmía de la Empresa UIB, director del laboratorio de Emprendimiento e Innovación Social UIB
La pregunta que ningún turista sabe hacerse

Manifestación 26J Menys Turisme, Més Vida
La manifestación del pasado domingo fue un acto de dignidad. De esos que una tierra quizá solo ve dos o tres veces en la vida de una persona. Durante unas horas, miles de mallorquines dejaron de soportar por separado la saturación, la vivienda imposible y la expulsión de sus jóvenes. Ese momentum no debería acabar en otra mesa de diálogo ni en un folleto con una hoja verde.
Mallorca necesita hablar con quienes vienen y también con quienes se han instalado aquí sin enterarse del lugar.
Durante la marcha conversamos con una profesora inglesa de vacaciones. Escuchó lo que le contamos sobre alquiler turístico, precios de la vivienda y jóvenes obligados a marcharse. Puso una cara extraña: culpa y confusión. Parecía sensible, educada, seguramente convencida de hacer las cosas bien. Su expresión preguntaba: ¿qué se supone que debo hacer con esto?
Hasta ahora hemos exigido responsabilidad a las administraciones y a la industria. Al turista le hemos pedido educación: que no ensucie, que ahorre agua, que no salte desde un balcón y que pruebe el tumbet. Es insuficiente.
Leonard Cohen empleó tourist casi como un insulto moral en There Is a War (New Skin for the Old Ceremony, 1974): turista es quien contempla un conflicto, obtiene una experiencia y conserva el privilegio de marcharse antes de sufrir sus consecuencias. Los problemas pertenecen siempre a quienes se quedan.
La academia ha nombrado buena parte de lo que ocurre. Claudio Milano, Marina Novelli y Joseph Cheer hablan de sobreturismo; Robert Fletcher, Ivan Murray, Asunción Blanco-Romero y Macià Blázquez-Salom, de decrecimiento turístico; Freya Higgins-Desbiolles, de justicia turística; Mimi Sheller, de justicia de la movilidad. Agustín Cócola-Gant ha explicado cómo la gentrificación expulsa incluso antes de entregar las llaves: uno permanece en el barrio, pero deja de reconocer sus comercios, sus vecinos y sus ritmos. Todos esos conceptos conducen a una pregunta: quién decide qué usos debe soportar una isla. A eso podemos llamarlo soberanía turística.
No basta. Propongo otra figura: el turista situado.
El turista situado reconoce que no llega a un decorado vacío. Comprende que su libertad ocurre dentro de la vida menos móvil de otros y acepta que ciertos destinos, alojamientos y actividades pueden dejar de estar moralmente disponibles.
No usaría Airbnb en una zona gentrificada donde los jóvenes nacidos allí deben marcharse porque no pueden pagar una vivienda.
Tampoco escogería Mallorca para hacer cicloturismo mientras miles de bicicletas recreativas interfieran en carreteras que otros necesitan para trabajar, cuidar o regresar a casa. Elegiría Cuenca, Badajoz, otra época u otra actividad. No porque pedalear sea inmoral, sino porque una práctica deja de ser inocente cuando su acumulación deteriora la vida cotidiana de quienes no están de vacaciones.
Tampoco alquilaría un coche para ir a una cala que ya no admite un vehículo más, ni convertiría un camino rural en atajo porque lo sugiera Google Maps. No trataría el agua, el silencio, el aparcamiento o la carretera como servicios incluidos en el precio del viaje. Y antes de comprar una casa se preguntaría no solo cuánto cuesta, sino a quién encarece su llegada.
Su pregunta sería: ¿debo estar aquí haciendo esto? A veces la respuesta será no.
Tal vez pedir al turista —y al nuevo residente extranjero, y a todas las primas de Gwyneth Paltrow que compran casas en Mallorca— que se sitúe sea ridículo. Tal vez al firmar la compraventa se contagien inmediatamente de menfotisme: yo he pagado, yo no inventé el problema, yo solo aproveché una oportunidad, que lo arregle la política.
También algunos nómadas digitales celebran que aquí viven mejor que en Londres, Ámsterdam o Hamburgo. Pagan alquileres razonables para sus salarios e imposibles para los nuestros. Cuando se les señala la contradicción, responden que también ellos fueron expulsados de sus ciudades.
Precisamente. La solución no puede consistir en trasladar la expulsión hacia el sur y llamarla libertad geográfica.
Mallorca debe emitir mensajes menos seductores y más verdaderos:
Aquí vive gente.
Esta vivienda podría ser un hogar.
Esta carretera no es una atracción.
Su capacidad de pagar no le concede prioridad.
Durante décadas hemos preguntado al turista si le gustaba Mallorca. Ya conocemos la respuesta. Le gusta tanto que estamos perdiéndola.
La pregunta ahora es otra: ¿Qué está dispuesto a dejar de hacer para que podamos seguir viviendo aquí?
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