Opinión | Tribuna
¿Quién se hace responsable del paciente?
THE HEALTHCARE WE DESERVE

Porque acompañar es importante / Freepik
En el primer artículo de esta serie defendía que la gran revolución de la sanidad del siglo XXI no sería científica, sino organizativa. La semana pasada hablábamos del Momento Cero, ese instante en el que una persona deja de sentirse sana y descubre que puede estar enferma. Hoy la pregunta surge de forma inevitable: ¿quién se hace responsable del paciente a partir de ese momento?
Porque acompañar es importante, pero acompañar no basta.
Después del Momento Cero, el paciente debería poder concentrarse en comprender qué le ocurre y en afrontar la situación con la mayor serenidad posible. No debería tener que averiguar qué pruebas necesita para alcanzar un diagnóstico de certeza, qué especialista debe verlo primero, dónde obtener una segunda opinión o cuál es el mejor tratamiento disponible. Organizar ese recorrido no debería ser responsabilidad de quien acaba de recibir la peor noticia de su vida.
Sin embargo, es exactamente lo que sucede. La medicina nunca había dispuesto de tanto conocimiento, de profesionales tan preparados ni de tecnologías tan sofisticadas y, aun así, seguimos trasladando al paciente la responsabilidad de coordinar consultas, pruebas diagnósticas, informes, especialistas y decisiones. Precisamente cuando más vulnerable se encuentra, le pedimos que gestione la complejidad del propio sistema.
Ése es, probablemente, el verdadero límite de nuestro modelo sanitario. No porque carezca de excelencia, sino porque esa excelencia continúa fragmentada. Hemos construido magníficos hospitales y formado a extraordinarios profesionales, pero seguimos esperando que sea el paciente quien conecte todas las piezas.
La sanidad del futuro debería invertir esa lógica. Su misión ya no consistirá únicamente en diagnosticar mejor o tratar mejor las enfermedades. Consistirá en hacerse responsable del recorrido completo del paciente, desde el Momento Cero hasta alcanzar un diagnóstico de certeza, definir la mejor estrategia terapéutica y acompañar su evolución. Organizar ese proceso, anticipar cada paso y garantizar que cada decisión se tome utilizando el mejor conocimiento científico disponible dejará de ser una carga para el paciente y pasará a ser una responsabilidad del sistema.
Hoy disponemos, por primera vez, de herramientas capaces de hacerlo posible. La inteligencia artificial puede integrar la evidencia científica, coordinar procesos, evitar duplicidades y facilitar que todos los profesionales compartan una misma visión del paciente. No está llamada a sustituir el juicio clínico, sino a ayudar a un nuevo ecosistema sanitario a hacerse responsable de la complejidad que hoy soporta el paciente.
Pero la tecnología, por sí sola, no transforma la sanidad. Sólo adquiere verdadero valor cuando se integra en un modelo asistencial capaz de coordinar personas, conocimiento y decisiones alrededor de cada paciente. La innovación no consiste en incorporar más herramientas, sino en utilizarlas para construir un sistema más inteligente, más humano y mejor organizado.
Todo ello exige un compromiso absoluto con la privacidad. Los datos pertenecen al paciente y únicamente deben utilizarse para mejorar su atención, con las máximas garantías de seguridad, transparencia y control. Compartir información sólo tiene sentido si permite tomar mejores decisiones y mantiene intacta la confianza de quien la entrega.
Cuando la tecnología organiza la complejidad, el médico recupera aquello que nunca debió perder: el tiempo para ejercer la medicina. Me gusta resumirlo con una idea muy sencilla: la inteligencia artificial debe ocuparse de las pantallas para que el médico pueda volver a mirar a los ojos del paciente.
Entonces ocurre algo extraordinario. La excelencia deja de ser un lugar al que viajan los pacientes para convertirse en un conocimiento que viaja hasta ellos. El acceso a la mejor medicina deja de depender de la suerte, de los contactos o de la capacidad individual para orientarse dentro del sistema.
Cuando un ecosistema sanitario decide hacerse responsable del recorrido del paciente, la incertidumbre deja de recaer sobre quien más sufre. El paciente sabe que alguien coordina, alguien anticipa, alguien integra el conocimiento y alguien responde. La tecnología deja de ser un fin para convertirse en una herramienta al servicio de las personas; la excelencia deja de ser una excepción para convertirse en la forma habitual de organizar la asistencia. Y la confianza deja de ser una aspiración para convertirse en la consecuencia natural de un sistema que ha decidido hacerse responsable de cuidar.
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