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Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

pilar ruiz costa

Mejor

Un gimnasio

Un gimnasio / BASIC-FIT - Archivo

En el gimnasio van encadenando anuncios, retos y promociones. Suenan de fondo como el ruido blanco de un secador y a lo más que nos hemos apuntado —mis vigorosas amigas y yo— es a alguna máster class multitudinaria o a ir vestidas de algo parecido a un zombi en Halloween.

Quizá porque todas mis amigas se han marchado —huyendo, como cada verano, del calor de la ciudad hacia otros calores—, porque ya no las tengo alrededor protestando que qué dura la clase de pump o qué intensa la de fitness... Presté atención al ruido blanco de un reto de veintiuna clases en un mes. Y me apunté. Y hasta lo he cumplido. Porque no todos los héroes llevan capa pero muchos coincidimos en lo de las mallas apretadas. Mañana me entregarán sin mucha parafernalia y envuelta en celofán una camiseta como trofeo, que premia, por encima de todo, no cambiar por ningún otro este calor.

Sin embargo, entre las paredes del gimnasio sigo enfrentándome a un reto particular, más íntimo: hacer los ejercicios mejor. En pilates especialmente, donde sucede una cosa curiosa con respecto a las otras clases. Allí los avances se cuantifican en aumentar el peso o la velocidad. Aquí en cambio, los movimientos son deliberadamente lentos. Cuanto más despacio, más trabajan los músculos implicados y más controlas la postura y la respiración.

Y aunque desde mi rincón de clase puedo ver mi reflejo a apenas un metro de la imagen de la profesora y ella es una bailarina, caramba, y yo un jarrón... aquí sigo. Respirando. Consciente de que mi reto nunca fue con ella, sino conmigo. Donde «mejor», más que comparativo, es medida de progreso, de constancia.

Todo un universo tras la palabra «mejor».

Les pongo un ejemplo de reciente actualidad. Yo llegué tarde al mundial, enfadada como estaba porque, de nuevo, el país escogido incumplía flagrantemente los derechos humanos —distintos pero los mismos que anteriomente en Catar—. Y ahí andaba, con mi amiga Gabriela —argentina para más señas—, comentando todos los pormenores de la competición. Como una espía infiltrada me iba poniendo al día de conspiraciones loquísimas que explicaban lo inexplicable: la victoria de España. Árbitros comprados, acuerdos internacionales o chantajes de la FIFA que habrían cambiado una multa millonaria, con que se dejaran ganar en la final.

No sé si España era el mejor equipo del campeonato. Pero aquella noche fue mejor.

Y no crean, que no siempre pasa. Miren alrededor. El psicólogo Melvin J. Lerner estudió durante décadas la teoría de un «mundo justo» (Just World Hypothesis). Observó que tendemos a creer que el mundo recompensa el esfuerzo y castiga las malas acciones, incluso cuando la realidad demuestra lo contrario. Todos los días. Juicios injustos, causas y sentencias desiguales; inútiles que alcanzan lo más alto, vendepatrias repartiendo consejos desde sus paraísos fiscales, millonarios hechos a sí mismos con los millones que les dieron sus padres…

Pero aquí seguimos con la necesidad intacta de sentir que el esfuerzo y el resultado guardan relación. No es ingenuidad. Estamos programados para creer —y volver a creer— que el entorno es seguro y predecible.

Y por eso, los seres humanos toleramos mucho mejor una mala noticia que un universo impredecible. Una medalla de plata limpia antes que un oro que más adelante se descubre fruto del dopaje o la corrupción.

Necesitamos comprobar que el mérito todavía importa. Por eso el fútbol nunca es solo fútbol y una competición deportiva como el Mundial tiene tanto valor simbólico. Porque aceptamos todos unas reglas, y cuando estas no pueden explicar el resultado... algo se rompe. Y cuando se cumplen —y gana el mejor—, nos reconciliamos con el mundo.

No en vano, la palabra «ganar» viene del verbo gótico ganan (codiciar o desear con avidez), mientras que «mejor» procede del comparativo latino melior («más bueno que»). Y, a veces, ese otro con el que te comparas eres únicamente tú mismo, sosteniendo una plancha frente al espejo. Como en la versión china de «mejor»: jìnbù, «avanzar un paso».

Pero existe un mejor todavía más exigente. Aquel en el que el «más bueno que» asciende al «bueno para». Ya no basta con superar al rival. Hay que ser digno de aquello que representas. Los griegos llamaron areté a esa excelencia del ciudadano que, antes que al triunfo, aspira a la valentía, la moderación y la justicia.

Curiosamente, el mayor enemigo de la areté no era la derrota, sino la hybris. La soberbia. Los griegos llevaban siglos advirtiendo de que, cada vez que aparece la hybris, tarde o temprano llega Némesis. Una justicia divina que destruye al arrogante y nos devuelve al equilibrio de las reglas del juego. O eso al menos, necesitamos creer...

«Prefiero creer que es cuestión de tiempo, que lo que se sueña se acaba cumpliendo. Prefiero, prefiero que sepas que no soy perfecto. Mil veces prefiero a todos aquellos que son como niños. Mil veces prefiero que pierdan los buenos, que ganen los indios.»

Zenet, Mil veces prefiero.

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