Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

El fuego no distingue a los negacionistas

Contra el terrorismo y contra los incendios, de nada sirve acertar en cien ocasiones si se falla una vez, la nueva generación no se mide en hectáreas quemadas sino en refugiados

El fuego no distingue a los negacionistas

El fuego no distingue a los negacionistas / Guardia Civil

«Incendio forestal» y «ola de calor» son fenómenos trasnochados. Todo fuego implica ya un entorno urbano, la continuidad de las temperaturas extravagantes descarta el oleaje periódico. La CNN titula que «España arde cerca de Madrid», pero las televisiones estatales se niegan a precisar su distancia del fuego, porque todo español está obligado a licenciarse en geografía madrileña. El New York Times analiza que «Madrid ha recibido un baño de realidad». Este reality check es la versión de cóctel en Manhattan del ataque de pánico sufrido por Isabel Díaz Ayuso, la noche en que comprendió que el fuego se le escapaba de las manos, así que se lo entregó a su archienemigo Sánchez. La presidenta ha descubierto el miedo.

Acostumbrado a conquistar el voto de las gentes sencillas con razonamientos elementales, el evangélico Sánchez predica que la conversión a la «emergencia climática» salvará a las almas del fuego. Ojalá fuera tan sencillo, pero los incendios no serpentean distinguiendo a las familias, municipios y regiones donde se aborrece el negacionismo. Castiga desde la misma furia con independencia de la alineación, «Dios reconocerá a los suyos».

La lucha contra los incendios exforestales y contra el terrorismo implica que se puede acertar en cien ocasiones y nadie se entera, un despropósito en el imperio de la publicidad. En cambio, se comete un solo fallo y la batalla está perdida. Para camuflar el desastre consiguiente, los expertos hablan en hectáreas, un término agrario desconectado de la sociedad urbana. Una hectárea cubre más que un campo de fútbol, equivale a trece pistas de tenis, a un cuadrado de ciento diez pasos de lado. Así se llega a una superficie quemada equivalente al tamaño de provincias enteras.

Las hectáreas antes desnudas ahora son populosas. Los incendios de la nueva generación no se miden en superficie quemada, sino en población evacuada. Las personas desalojadas en lo que va de año superan al censo de la mitad de las capitales de provincia españolas. Los exiliados momentáneos se medían en decenas, en 2026 se ha pulverizado la barrera de los cien mil afectados. A nadie debería escandalizarle que en 2027 pueda alcanzarse el millón. El comportamiento colectivo de las víctimas comprimidas en camastros en polideportivos ha sido ejemplar, hasta la fecha.

La dana de Valencia se ha amortiguado en trance de su segundo aniversario, pero ha sido un precedente fundamental para la rendición de Ayuso, que ha conllevado la declaración de la segunda emergencia nacional de la historia. Hasta la lingua franca del fuego es indistinguible en España y Francia, en Madrid y Burdeos. Los bomberos aseguran en ambas plazas que «es la lucha de David contra Goliat», o que «es como si estuviéramos en un frente de guerra». Porque el drama esencial de los incendios crecientes es que el hombre occidental todopoderoso no sabe cómo apagarlos. Ni contenerlos, ni afrontarlos siquiera.

El avance de la línea de fuego vegetal equivale en efecto a la progresión del frente bélico, con idéntico potencial destructivo. El ser humano le ha declarado la guerra a la naturaleza, sin garantías de victoria. Queda claro que negacionistas y afirmacionistas arrancan de polos opuestos, pero convergen en la inacción, lo cual les otorga cuotas de responsabilidad en proporción a su número. Ambos colectivos desafían al cambio climático y ahora tienen que pechar con las consecuencias.

El optimista señalará que en el macroincendio de Ávila/Madrid/Toledo no ha habido muertos. Se olvida a los miles de fallecidos por el calor a secas, por no hablar de los intoxicados por las secuelas del fuego. Se podría adivinar un resabio sádico en la respuesta taimada de la naturaleza a la agresión, matando sin estrépito. La irrupción de la figura del refugiado en precario ha rebajado además las melodías propia de la estación de fuegos, como el festivalero ‘Los incendios se apagan en invierno’, muy tarareado pero sin ninguna influencia real.

No solo hay que perimetrar los incendios, también se debe enmarcar con esmero la información que generan. Óscar Puente no distingue entre un Mundial y la desaparición de un robledal, aporta el raro ejemplo de un ministro que prefiere que las cosas vayan mal, porque así puede mostrarse más definitivo en sus tuits. El cancerbero del Gobierno nunca se aplicaría la enseñanza de Obama, que escribía por la noche su respuesta rabiosa a un comentario, para borrarla con la cabeza más despejada a la mañana siguiente.

La supuesta brillantez literaria no debe imponerse al dramatismo del fuego desbocado. En un periódico madrileño, la pieza más comentada por los lectores de la tragedia medioambiental era el enfrentamiento Puente/Ayuso. Se suele definir la polarización como un efecto, cuando es un propósito, sobradamente satisfecho por los protagonistas de la actualidad. Los enfrentamientos efervescentes ni siquiera atienden a un propósito electoral. Alfonso Fernández Mañueco no ha pagado un precio excesivo en Castilla y León, después de su retraso en incorporarse a la gestión del fuego. Es otra prueba indirecta de que nadie se toma el cambio climático con la seriedad que merece.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • fuego
Tracking Pixel Contents