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Profesor de marketing
Anatomía de una indignación

MANIFESTACIÓN MENYS TURISME, MES VIDA / MANU MIELNIEZUK
La manifestación del 26J sigue estando en boca de todos. Si las cargas policiales fueron excesivas. Si hubo violencia o provocaciones. Si el Govern no se da por aludido porque no había ningún cartel su contra. Todo ello muy relevante, pero ninguna de esas cuestiones responde a la pregunta de fondo.
¿Por qué una gran parte de la sociedad balear ha llegado a un nivel de indignación que veinte años habría parecido impensable?
No hace mucho, defender públicamente las ideas lanzadas el 26J en unas islas cuya economía depende del turismo habría sido políticamente suicida. Hoy, en cambio, forman parte del debate público e incluso algunos responsables políticos usaran ese discurso como eje de la campaña en las elecciones del año que viene
La ciencia política tiene una explicación para este fenómeno: la ventana de Overton. Joseph Overton sostenía que las sociedades solo consideran aceptables determinadas ideas dentro de una “ventana” de lo políticamente posible. Lo que un día resulta radical o imposible de aceptar puede convertirse, con el paso del tiempo y el cambio de contexto, en razonable o incluso ser un pensamiento mayoritario. Hay muchos ejemplos como el por ejemplo divorcio: hace 50 años prácticamente impensable. Hoy se divorcian más del 60% de los matrimonios.
La pregunta es evidente: ¿qué ha hecho mover la ventana de Overton en Baleares respecto al turismo para que pase de algo percibido como bueno y necesario a algo malo y dañino?
La respuesta probablemente esté en un concepto nacido precisamente aquí: la balearización, término acuñado por la revista Paris Match hace más de 60 años y se utiliza desde hace décadas en urbanismo, geografía y estudios turísticos para describir un modelo de desarrollo basado en un crecimiento rápido, intensivo y, en muchos casos, poco planificado del turismo, con fuertes impactos sobre el territorio, el paisaje, el medio ambiente y la calidad de vida de los residentes.
El concepto nació a partir de la transformación que experimentaron las Islas Baleares durante el boom turístico de los años sesenta y setenta. En pocas décadas, un archipiélago agrícola se convirtió en una de las principales potencias turísticas de Europa. Aquello supuso riqueza, empleo e infraestructuras, pero también una urbanización acelerada de la costa, una enorme presión sobre los recursos naturales y una creciente dependencia económica del turismo. Hoy en día se aplica a muchos destinos turísticos basados en el sol y playa.
El geógrafo Richard W. Butler, explicó que los destinos turísticos atraviesan distintas fases: exploración, crecimiento, consolidación, saturación y, finalmente, declive o rejuvenecimiento. La balearización puede entenderse precisamente como la consecuencia de alcanzar la fase de saturación sin introducir mecanismos eficaces de renovación y gestión.
Durante décadas, la balearización describía la transformación acelerada del litoral por el desarrollo turístico. Con el tiempo, el término pasó a simbolizar algo mucho más profundo: el riesgo de que el éxito económico creciera más deprisa que la capacidad del territorio para absorberlo. Porque el éxito también puede generar problemas cuando no se gestiona. Mientras aumentaban los visitantes, la vivienda se tensionaba, las infraestructuras envejecían, la movilidad se complicaba, los recursos naturales soportaban una presión creciente y la percepción ciudadana comenzaba a cambiar. Ninguno de estos factores, por separado, genera una explosión social. Todos juntos, acumulados durante décadas, sí.
La sociología denomina a este fenómeno privación relativa. No nos indignamos únicamente por lo que tenemos, sino por la diferencia entre lo que creemos que deberíamos tener y lo que realmente experimentamos. Cuando una parte de la población percibe que cada año trabaja más, paga más por vivir y disfruta menos de su propio territorio, aparece una sensación de agravio que alimenta la protesta.
Aquí el marketing vuelve a ofrecer otra clave. Philip Kotler defendía que una estrategia solo es sostenible cuando crea valor para todos sus grupos de interés. En un destino turístico no basta con satisfacer al visitante. También debe hacerlo con quien reside en él. Cuando los residentes empiezan a percibir que los beneficios colectivos disminuyen mientras aumentan los costes personales, la legitimidad del modelo comienza a erosionarse. Y esa erosión tiene consecuencias políticas.
La ventana de Overton se desplaza porque cambian las emociones colectivas. Lo que antes parecía exagerado deja de parecerlo cuando miles de personas comparten las mismas experiencias de saturación, dificultades de acceso a la vivienda o pérdida de calidad de vida. Las ideas que ayer eran marginales empiezan a ocupar el centro del debate. Eso no significa necesariamente que sean las mejores soluciones. Significa que el problema ha alcanzado una magnitud suficiente como para cambiar el marco mental de toda una sociedad.
Por eso el verdadero debate no debería centrarse en si sobran turistas o faltan turistas, ni siquiera en si la manifestación fue un éxito. Debería centrarse en una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
Confundimos durante demasiado tiempo el crecimiento con la estrategia. Se dio por hecho que el éxito turístico se gestionaría solo, cuando en realidad necesitaba una renovación constante del modelo, de las infraestructuras, de la vivienda, de la movilidad y de la relación entre residentes y visitantes. La manifestación del 26 de julio no explica la indignación balear. Es simplemente su radiografía de como del sentir del pueblo balear.
La balearización nunca fue solo un concepto urbanístico. Fue una advertencia. Y la gran lección que deja hoy es que, cuando una sociedad deja de actuar sobre problemas conocidos durante décadas, no solo cambia el territorio. También cambian las emociones, las prioridades, los mensajes y aquello que considera políticamente aceptable.
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