Opinión | Tribuna
Abracadabra

Donald Trump y Javier Milei / EP
Desde la antigüedad más remota, los seres humanos han creído en la existencia de fuerzas sobrenaturales que pueden intervenir, para bien o para mal, en sus asuntos. El fenómeno de la religión, en latín religio, surgió de la necesidad de establecer un vínculo que ligue a los hombres con los dioses, mediante todo tipo de cultos y ritos, para conseguir que los protejan y favorezcan. En griego la palabra eudaimonia, traducida por «felicidad», significa literalmente «buena deidad», en la creencia de que la fortuna en la vida se produce por la acción de un espíritu benefactor. Sócrates afirmaba que un daimon, que lo guiaba desde niño, le indicaba lo que debía o no debía hacer. En la religión cristiana, el ángel de la guarda, que custodia a cada creyente desde su nacimiento, es una reminiscencia de estas divinidades demónicas paganas.
Pero como esa religiosidad a algunos les resultaba insuficiente para la consecución de sus deseos, surgieron los magos que pregonaban que tenían la capacidad de conminar a los espíritus e inmiscuirse en el devenir de los acontecimientos con todo tipo de hechicerías como maleficios, mal de ojo, talismanes, ensalmos o exorcismos. De hecho, son muchos los que recurren a sortilegios, conjuros y embrujos para obtener por la vía rápida aquello que tanto ansían que se produzca para su propio beneficio.
Ese es el caso del presidente de Argentina Javier Milei que decidió no acudir a Nueva York, a la final del campeonato del mundo de fútbol, «por superstición». Explicó que prefería ver el partido de su selección nacional en Buenos Aires, en su residencia presidencial, con las mismas personas que en otras ocasiones, embutido también en la misma camiseta que lució en los victoriosos encuentros anteriores, practicando una peculiar modalidad de magia deportiva: la cábala futbolística. Es de suponer que ese círculo de fervorosos forofos realizó todos los correspondientes actos rituales para que Argentina venciera por arte de magia a la selección española. Sin embargo, sus balompédicos fetichismos no solo no surtieron ningún efecto, sino que produjeron el resultado opuesto al que pretendían: que la selección argentina fue derrotada por la española. Es más, es muy posible que, visto el pésimo y marrullero juego practicado por su equipo, su maníaca superstición haya actuado en su contra. Y es que Milei, demasiado confiado en sus poderes cabalísticos, cometió un error propio de un novel aprendiz de brujo al no haber iniciado su taumatúrgica sesión como un iluminado chamán, invocando con un abracadabra a los todopoderosos daimones que dirigen la FIFA: «Abracadabra, pata de cabra, ojos de sapo, patas de rana, con la gracia de Trump e Infantino, que sea Argentina la que gana». Una vez logrado el favor de los dioses dueños y señores del Olimpo futbolístico, se habría asegurado la victoria con la ayuda de la misma y prodigiosa «mano de Dios» que ya facilitó, en el mundial de 1986, el abracadabrante gol de Maradona contra la selección de Inglaterra.
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