Opinión | Las cuentas de la vida
Un mundo híbrido
El politólogo portugués Bruno Maçães nos habla de un orden político híbrido que quizás no sea tan negativo para Europa

Un mundo híbrido / .
La Europa actual representa más el pasado que el futuro: esta es la idea central en la que insiste Bruno Maçães en un interesante diálogo con el politólogo catalán Pol Morillas publicado en el periódico digital Agenda Pública. No se trata de un mensaje pesimista, en contra de lo que pudiera parecer, sino más bien de un análisis descriptivo de un tiempo y un ámbito geográfico concretos. «La generación que está ahora en el poder –explica– es la que alcanzó la edad adulta en 1989. Está tan marcada por aquel momento que le resulta muy difícil pensar de otra manera. Es un problema que se resolverá de forma bastante natural mediante el cambio generacional. [...] Espero que se produzca una aceptación del futuro. Eso significa asumir que el orden mundial está cambiando y que Europa debe participar en ese proceso. Tiene que disponer del poder necesario para contribuir a configurar el futuro, aunque no de una manera hegemónica, porque eso también sería una forma de nostalgia por una época imperial. Debe hacerlo como una parte interesada entre muchas otras y representando sus propios valores».
En efecto, el mundo ha cambiado, al igual que nuestros valores, nuestras certezas e incluso nuestros dioses. Nadie puede pretender ya un Occidente hegemónico ni una fe hegemónica, si bien la tecnología indudablemente actúa como un gran unificador. «No suelo hablar de multipolaridad –insiste el pensador portugués–, sino de hibridez o de un orden mundial híbrido, porque, en última instancia, existe un único orden configurado desde distintos lugares». En el caso de que tenga razón, la segunda mitad del siglo XXI será un periodo relativamente más optimista que el actual y con una mayor estabilidad de lo que ahora podemos prever. Más empobrecida que los Estados Unidos y más envejecida demográficamente, la UE aún dispone, sin embargo, de importantes ventajas políticas y sociales. Entre ellas, la solidez del Estado del bienestar, que es uno de los grandes logros de la civilización occidental junto a la democracia y los valores asociados con el respeto a la diferencia. Un modo de vida en el que se equilibran la libertad y la justicia sigue ejerciendo su atractivo, más allá de las diferentes coyunturas políticas. Es el fruto de la influencia griega sobre Roma y, a través de Roma, sobre el mundo entero a lo largo de los siglos.
Más significativo aún que la innovación tecnológica, explica Maçaes, es la aplicación de la misma en la administración pública. Y, en este aspecto, la burocratizada Europa puede mantener cierta ventaja competitiva si una nueva clase dirigente, más joven, más moderna, sabe tomar la iniciativa y extender la eficacia de la IA a las políticas públicas. El invento del automóvil, por ejemplo, no ha sido tan relevante como la automatización masiva de nuestra sociedad. Del mismo modo, el dominio actual de la IA por parte de los americanos (y en menor medida de los chinos) quizás tenga menos importancia que la extensión de su uso.
En clave meramente española, quizás haya un efecto no del todo previsto: la apuesta por China de la actual administración socialista. Una apuesta política, pero también industrial, que podría revertir a medio plazo la aparente obsolescencia de una parte de la industria española más ligada a la europea. Hay que seguir observando con atención este proceso de reindustralización, por una vía que no era previsible a principios de siglo. La historia no siempre invita al pesimismo.
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