Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Jordi Cubain Arenas

Jordi Cubain Arenas

Profesor de marketing

Residentes contra Turistas: todos pierden

Varios turistas en las inmediaciones de la catedral de Mallorca.

Varios turistas en las inmediaciones de la catedral de Mallorca. / EP

La manifestación del domingo consiguió reunir a decenas de miles de personas en Palma. La Policía Nacional calculó unas 25.000; los organizadores elevaron la cifra hasta las 70.000. Fue, por tanto, un éxito de convocatoria y una demostración evidente de que existe un malestar profundo relacionado con la vivienda, la saturación y el modelo turístico. Contundente victoria de los manifestantes. ¿Victoria?

El problema es que seguimos interpretando todo este asunto como si de un juego finito se tratara.

El filósofo James Carse explicó que existen dos tipos de juegos. Los juegos finitos tienen jugadores conocidos, reglas establecidas y un final en el que unos ganan y otros pierden. Un partido de fútbol, unas elecciones o una partida de ajedrez terminan cuando alguien derrota al adversario.

Los juegos infinitos son distintos. Su finalidad no es vencer, sino mantener el juego vivo. Una amistad, un matrimonio, una empresa o una sociedad no pueden funcionar durante mucho tiempo si una parte necesita destruir a la otra para sentirse ganadora. En ellos, la única victoria real es aquella que permite que todos continúen jugando. Es decir: o ambos ganan o ambos pierden.

Mallorca es un juego infinito. Si gana el turismo expulsando a los residentes, Mallorca pierde. Si ganan los residentes destruyendo la principal actividad económica de la isla, también pierde Mallorca. Pierden los empresarios, los trabajadores, las administraciones y, finalmente, los propios ciudadanos. No estamos jugando una final entre residentes y turistas. Estamos intentando gestionar una convivencia que debe durar generaciones.

Sin embargo, algunos mensajes de la manifestación parecían diseñados para vencer al contrario, no para convencerlo. Gritos como Tourist go home, Tutista el qui no boti o carteles como Nuke AENA pueden servir para conseguir una fotografía impactante, alimentar las redes sociales o satisfacer a quienes ya piensan igual. Pero difícilmente ayudan a construir una mayoría social.

En comunicación un mensaje agresivo puede conseguir notoriedad, pero también provocar cierto rechazo. Tourist go home no interpela al modelo turístico, sino que señala al visitante como el problema. Aunque los convocantes insistan en que el enemigo no es el turista, el receptor entiende el mensaje literal: no son bienvenidos. El lema termina contradiciendo la explicación.

También resulta difícil invitar al diálogo cuando desde la convocatoria se habla de «colapsar Palma» o cuando se plantea el decrecimiento como la única solución aceptable. Negociar consiste precisamente en admitir que la otra parte puede tener una parte de razón. Acudir a una mesa anunciando de antemano que solo se aceptará una conclusión no es dialogar: es presentar un ultimátum.

El final de la protesta empeoró todavía más la situación. Tras el ambiente inicial de música, reivindicación y xeremies, se produjo el lanzamiento de objetos y la Policía respondió con cargas, porrazos y pelotas de goma. Al menos ocho personas resultaron heridas.

Las imágenes de violencia no representan necesariamente a las decenas de miles de asistentes pacíficos. Tampoco permiten concluir automáticamente quién tuvo toda la responsabilidad. Pero en términos de percepción pública eso importa poco. La fotografía final sustituye al mensaje principal. Las xeremies desaparecen del relato y quedan las cargas policiales, las botellas y los enfrentamientos.

En marketing se llama efecto de recencia: tendemos a recordar mejor lo último que hemos visto. Una manifestación concebida para transmitir civismo, cultura popular y preocupación social terminó asociada en muchos titulares a cargas policiales y heridos. El final contaminó el conjunto.

La manifestación podría haber sido el detonante para abrir una ventana de conversación. En cambio, parece haber dejado posiciones todavía más enfrentadas. Los activistas se sienten reprimidos; la Policía, señalada; los empresarios, demonizados; los turistas, rechazados; y los políticos confirman que la precampaña electoral ha empezado.

Todos pueden afirmar que defendieron su posición. Ninguno puede decir que hoy Mallorca está más cerca de solucionar sus problemas.

Si no conseguimos que todas las partes se sientan victoriosas, aunque sea solo en parte, terminaremos perdiendo todos.

TEMAS

  • Opinión
  • Mallorca
Tracking Pixel Contents