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Opinión | Pensamientos

Contra los miserables

Ilustración: Contra los miserables

Ilustración: Contra los miserables / DM

Solamente la Inteligencia Artificial y los miserables niegan el colapso de Mallorca por exceso de visitantes y de habitantes. El pasado domingo decenas de miles de personas dijeron, una vez más, basta ya a este perverso modelo económico.

Lo que más me llamó la atención de la protesta, bajo el lema Mallorca al límit, fue la numerosa presencia de jóvenes. Ellos son los que más sufren los males de la saturación: crisis habitacional, deficientes servicios, arterioesclerosis viaria, carestía imparable de la vida, salarios ínfimos…

Iba a titular el futuro de Mallorca, porque estamos en una encrucijada clave. El presente es malo, pero los años venideros se presentan peores.

Los manifestantes son ciudadanos que han dado el paso de salir del individualismo, del sálvese el que pueda, del yo primero, a preocuparse por su tierra. Defienden el medio ambiente, la cultura propia, el derecho universal a una vivienda digna y, en definitiva, una mayor justicia social.

Se equivocan los que encasillan a los asistentes en una única ideología: la izquierda, el nacionalismo, el ecologismo…

Fue un acto transversal. Hubo votantes progresistas, conservadores, abstencionistas, antisistema, etc.

Como es habitual ha habido controversia sobre el alcance de la acción. Se habla de decenas de miles de personas, mientras que las autoridades policiales rebajan substancialmente el aforo.

Aquí el zaherido expresidente del Gobierno Mariano Rajoy zanjaría la polémica con: «mucha gente es mucha gente».

Fue un éxito de seguimiento, cifras aparte.

Hubo familias con niños, jubilados, cuadrillas de amigos, parejas de mediana edad, simpatizantes de colectivos diversos, tractores-protesta, xeremies, sillas de ruedas, silletas con bebé… Pero sobre todo proliferaron los carteles individuales.

Fue una tarde de creatividad espontánea, de andar por casa. Un cartón, una cartulina, un trozo de papel se convirtieron en medio para transmitir el mensaje del hartazgo, criticar a los poderes públicos y, sobre todo, desahogarse.

Hubo quien, en los minutos previos, pergeñó su reclamo sentado en uno de los bancos de la fuente de la plaza de España. Otros trajeron el emblema más cocinado desde sus casas.

Había ganas de aportar a la concentración más que la mera presencia. No faltó Madó Farta y un rosario de simpatizantes que decidieron disfrazarse de luto para la ocasión.

La marcha transcurrió por bloques. Hubo tramos menos bullangueros y los hubo más cañeros. La mayoría de los presentes actuaron muy a la mallorquina: «aquí estamos, respetuosos, educados, festivos, ténganos en cuenta…».

No presencié los incidentes, pero la bronca no deja de ser una lástima. Hay que ser muy cuidadoso al organizar estos actos masivos. Ses Voltes, una ratonera, no era el mejor escenario para finalizar la caminata.

La Policía Nacional en Palma siempre se ha caracterizado por su sentido común a la hora de no complicar las protestas y reaccionar con mesura a provocaciones de los radicales y alteraciones del orden público. Algo falló el domingo y se deberían revisar protocolos y operativos.

Una manifestación multitudinaria es una clara llamada de atención para los gobernantes, estatales, autonómicos, insulares y locales. La oferta turística no debería seguir creciendo e incluso, como sostienen los convocantes, debería menguar hasta una escala más humana.

El turismo de alquiler tendría que desaparecer. Habría que restringir la compra de viviendas por no residentes y limitar férreamente el acceso de vehículos foráneos. Probablemente nada de esto ocurrirá.

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