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El límite es el quid de la cuestión
Deberíamos buscar el consenso y decir sí a un turismo que nos salve y no a uno que nos hunda, y sellar el compromiso de todas las administraciones, también de los ayuntamientos

La manifestación de ayer por su paso por La Rambla de Palma. / Manu Mielniezuk
Escribo este artículo antes de que se haya celebrado en Palma la manifestación con el lema «Mallorca al límit» y que hoy es portada de este diario. Sé que la asistencia habrá sido masiva y que la casi totalidad de las personas han participado de manera tranquila y han acudido por responsabilidad. Manifestar su parecer en la calle de manera tan abundante es otra forma de ejercer la democracia. Se debe tomar como una advertencia o un grito de ayuda, o las dos cosas.
Hace muchos años que sabemos que la renta per cápita de nuestra tierra ha ido disminuyendo. Y eso pese a que la cantidad de visitantes, coches de alquiler, viviendas vacacionales y negocios turísticos ha aumentado día tras día. Los expertos en economía ya advertían, hace muchos años, que el crecimiento en número en realidad nos estaba empobreciendo. Pero nada se ha hecho para modificar ese ir hacia el precipicio. Cuesta tanto cambiar las tendencias en economía, en la Administración, en los intereses del aumento en todo, como si eso fuera algo natural y bueno...
Dice la CAEB que vivimos de aquello que el turismo pone en movimiento, aunque reconoce que no se puede crecer ilimitadamente. Algo es algo, pero quizás habría que ir algunos pasos más allá.
Ha llegado el momento de decrecer, hace mucho que deberíamos haber empezado. Pero al contrario, se han hecho leyes urbanísticas - en esta legislatura y en las anteriores - que buscan incrementar aprovechamiento y hasta se permiten industrias de generación de energía solar en terrenos de valor paisajístico y patrimonial. La guinda en los últimos tiempos, con el argumento del incremento de población y el construir más, es facilitar la urbanización del terreno rústico.
Comercialmente, no hay ningún tipo de limitaciones a la implantación de negocios de la llamada oferta complementaria, que consiste sobre todo en bares, heladerías y similares.
Tanto crecer en cantidad conlleva un agravante: los servicios sanitarios, sociales y de seguridad, así como las carreteras, se saturan. Y eso lo notamos en cosas elementales como que el miércoles pasado, a las 10 de la noche, no hubo una ambulancia disponible para trasladar a una persona de 93 años -docente durante toda su vida profesional y asegurada en MUFACE- a una clínica privada. Traslado aconsejado por una médica de urgencias. Por suerte durante unas horas, entre que se solicitaba el servicio y se le negaba, pudo mantenerse en silla de ruedas y ser trasladada con un taxi adaptado. Al llegar, fue ingresada directamente en la UCI. No era capricho, era necesidad. Con menos saturación y con inversión -privada y pública - en un servicio suficiente, quizás cosas así no ocurrirían.
La presidenta de la Comunidad, siempre que tiene oportunidad, advierte del exceso de población. Pero quizás no ha ido al fondo de la cuestión. Esas personas que se suman a nuestra tierra vienen porque hay trabajo, porque aquello que pone en movimiento el turismo -ya he dicho que son palabras de la CAEB- reclama más y más camareras y camareros y personas para atender sus negocios, directa o indirectamente turísticos, efectivamente.
Sí. El lema de la manifestación ha dado en el clavo, hay que trabajar la palabra límite. El límite es el secreto. Y se debe aplicar a cualquier ámbito, removiendo todos los obstáculos que existan, internos y externos. También el escollo aparentemente insalvable de que los ricos del norte se hagan con las propiedades de nuestra isla.
Esta manifestación celebrada ayer no se debe leer en clave partidista. Han habido gobiernos de todos los signos que nos han llevado a donde estamos. Ante la realidad, hay que virar.
Deberíamos buscar el consenso y decir sí a un turismo que nos salve y no a uno que nos hunda, y sellar el compromiso de todas las administraciones, también de los ayuntamientos. Empezando por Palma, que tiene en sus manos hacer que su propia población no se sienta figurante en un escenario que se aleja de su historia y de su personalidad, porque muchos sólo la ven como fuente de negocio.
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