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Opinión | Tribuna

2030. Enero en Islandia. Julio en Mallorca

Islandia

Islandia / Agencias

Medianoche en… Islandia. Todo cerrado a cal y canto: doble cristal, burlete en la puerta, aislamiento en toda la envolvente de la casa, bomba de calor y suelo radiante. La vivienda es un termo: dentro, 22 grados; fuera, otro planeta. Mallorca. Ha llegado el momento de abrirlo todo: toldos, persianas, ventanas, correderas, cortinas. Por fin el aire de fuera está un poco menos caliente que el de dentro. Al menos eso parece. Toca aprovecharlo.

Madrugada en… Islandia. Silencio total. Solo se oye el tinnitus. Duermes como un tronco. Mallorca. No duermes. Con todo abierto, tu dormitorio pasa a ser la ciudad entera: motos, vecinos, camión de la basura, el último bus de línea, algún borracho filosófico y los mosquitos, que también han decidido que esta noche no se duerme.

Despertar en… Islandia. Sigue siendo noche cerrada. Miras por la ventana y solo te falta ver un pingüino ártico para confirmar que el mejor sitio para encarar el día es, sin discusión, debajo del edredón. Mallorca. No hace falta despertador: la luz y el calor son mucho más eficaces. Te despiertas empapado. La almohada, mojada. El pijama, mojado. Te quedas mirando el techo y te prometes, muy en serio, que esta ha sido la última noche que duermes sin aire acondicionado. Van tres promesas esta semana.

Salir de casa en… Islandia. Tres capas técnicas, guantes, botas de goretex antideslizantes y gorro. Un astronauta tarda menos en vestirse. Antes de arrancar el coche, toca quitar la nieve de la calzada y el hielo del parabrisas. Mallorca. Ducha fría. Sin secarte te pones un polo y unas bermudas. Cierras la casa entera para que no se cuele ni un rayo de sol. Fuera, se van encendiendo las brasas del infierno, y son solo las nueve de la mañana.

Trabajo en… Islandia. Teletrabajas junto a la ventana, con infusión y galletitas, mantita y pantuflas, comprobando de vez en cuando si esa claridad grisácea de fuera molesta por fin en el contraste de tu pantalla. Mallorca. Teletrabajas en la habitación que menos sol recibe, la pequeña, la del norte, la climatizada, con café con hielo, con ventilador en la cara y con una camisa seca y planchada a mano para las videollamadas.

Mirar por la ventana en… Islandia. Ves todos los matices del gris posibles: del blanco de la nieve al negro de la oscuridad. Mallorca. Ves, entre las rendijas de la persiana y con una mezcla de respeto y espanto, a un par de turistas tumbados en una hamaca al sol directo, como salchichas en la barbacoa.

Comer en… Islandia. Por puro aburrimiento, te tomas pronto una sopa caliente, confiando en poder salir luego a estirar las piernas en el ratito del día con algo menos de oscuridad y algo menos de frío. Mallorca. Un amigo te propone, sin mucha convicción, ir a comer una paella a una terraza. No consigues responder. Cada uno se hace su trempó en casa. ¿Lo mejor de esta comida? La siesta.

Deporte en… Islandia. Tras una sauna te metes en unas fuentes termales a 40 grados. Pelo congelado y cara de éxtasis. Mallorca. Si no estás sumergido en agua, lo más parecido al deporte en pleno julio es correr hasta el coche aparcado al sol y sobrevivir a la sauna instantánea que te espera en su interior hasta que el aire acondicionado demuestra su rendimiento.

Hablar con el vecino en… Islandia. Discutís sobre qué tipo exacto de nieve cubre hoy el paisaje y comentáis que la semana que viene llega una ola de frío. No hay mucho más de qué hablar. Mallorca. Rememoráis el embat, esa brisa que subía del mar a mediodía y refrescaba la terraza justo cuando más falta hacía. Ya no llega, o no se nota: el mar está tan caliente que ha dejado de servir para eso. Los dos asentís con la misma nostalgia con la que se habla de un pariente que ya no viene a comer los domingos.

Anochece en… Islandia. Aunque lleva horas siendo de noche, el reloj de la cocina dice que toca cenar. Sales al restaurante de dos calles más abajo vestido como para escalar el Everest, linterna frontal incluida. Mallorca. Las terrazas siguen ahí, con sus mesas y sus sombrillas, pero medio vacías. Solo dos turistas recién llegados se atreven a sentarse fuera; el resto ya no aguanta fuera ni de noche. Todo el mundo está dentro.

…como en Islandia.

Ahí está la paradoja: un mallorquín podría acabar viviendo su época del año climáticamente más adversa, de forma similar que un islandés. Es decir, encerrado la mayor parte del tiempo.

La diferencia es que en Islandia en enero el trabajo, el deporte y la vida social llevan generaciones desarrollándose puertas adentro. El «julio encerrado» en Mallorca es todavía un fenómeno nuevo, y exigirá una adaptación exprés por parte de todos los mallorquines.

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