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Opinión

El eclipse, por fin

Unas gafas homologadas para la observación segura de eclipses solares

Unas gafas homologadas para la observación segura de eclipses solares / Zowy Voeten

Los preparativos para el día del eclipse –llevamos varios meses con el asunto– tienen algo del comienzo de 2001, una odisea en el espacio –ya saben, los chimpancés y gorilas de los primeros tiempos– y algo de ensayo del fin del mundo pasado por una bebida light. Entre ambos, una mezcla de religiosidad primitiva y espectáculo donde en tiempos antiguos hubo temor: ¿y si el sol no regresara?

Como ahora sabemos mucho –la evolución, imbécil –, nadie se plantea algo así, pero tal vez deberíamos pensar quiénes se aprovechan del eclipse: antes lo hacían brujos, sacerdotes y astrólogos para atemorizar al personal, o salirse con la suya. Ahora los primeros en hacerlo han sido los bares, restaurantes, hoteles con vistas y alquileres vacacionales, incluidos en la gran sombra que ha de recorrernos: el negocio es el negocio. Sin olvidar nunca a quienes programan sobre lo que hay que hablar: todos lo mismo: el eclipse, el Caso Andic, el eclipse, las joyas de Zapatero, los incendios y la Copa del Mundo, mezclado, eso sí, con un poco de Rosalía, que tanto da para un supuesto renacer místico como para eros entre iguales.

Hace años –más de los que parece: era 1999– hubo un eclipse parcial entre las once y las doce de la mañana, si no recuerdo mal. También era verano, como ahora, pero no se montó ningún show, ni hubo nada parecido a réditos, masificación, prohibiciones y demás. Aquella mañana yo estaba solo, escribiendo –me había olvidado del fenómeno– y de repente se instauró un silencio repentino y profundo: las ovejas dejaron de moverse –no se oía ni una sola esquila– y los pájaros de volar y de piar. Lo hicieron segundos antes de la hora en que comenzaba el eclipse y la sensación fue de calma mayestática. La luz se agrisó; no desapareció, se agrisó. Todo se había detenido y había un respeto natural, nada sofisticado y menos aún interesado en ese parón del tiempo. Dejé de escribir y salí a la pequeña terraza que había junto a mi estudio. No para ver la sombra solar, sino para observar el paisaje inmóvil y callado. En aquel silencio se encerraban algunas de las maravillas de la primera mañana del mundo.

El eclipse duró pocos minutos y supe que estaba acabando cuando escuché el sonido de la primera esquila y vi a dos gorriones volando. Aquellos momentos fueron impagables y siempre los he de recordar como uno de los dones de un verano feliz. Como recuerdo el paso de los delfines muy cerca de la costa, cuando ocurría al atardecer: también había magia ahí y esa magia recompone la vida y la ordena y celebra.

Ahora el eclipse ‘es un evento’ –¡aggggg!– y como todo ‘evento’, empezando por el palabro mismo –¡agggg!–, está inmerso en tonterías y estupideces al por mayor. Llevamos, ya dije, meses escuchándolas y últimamente se suman las administraciones, tanto del Govern como de los municipios: normas para el control, que proporcionan mucha felicidad a los que las hacen cumplir, cuando la naturaleza –y la humanidad es naturaleza– tiende a la entropía, por mucho que nos pongamos. Llega el eclipse: bienvenidos al caos. Podremos recordar esas películas de sectas suicidas junto al mar mientras se pone el sol y otros detalles sin importancia. Y con la música no de Wagner sino de Radio Futura, cantaremos: ‘el eclipse ya está aquííí; y yo caí, alucinado por las sombras que yo vi’.

Ustedes disculpen, pero soy de los que cree que los mallorquines, después de tanto rebumbori, deberíamos pasar del eclipse y hacer otras cosas mientras el sol se oscurece. Aunque sólo fuera por la lata que nos están –y nos estamos– dando. Incluso aceptar que nos filmaran con la fecha y hora superpuestas mientras salamos olivas, jugamos a truc, hacemos confitura, o nos abrasamos sin aire acondicionado o en el agua del mar, con humo incorporado y peces –locos por el calor y los ruidos– mordiendo a los bañistas. ¡Menudo evento! Y al final, fundido en negro y la frase que tanto daño nos ha hecho: ‘vive mediterráneamente’.

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