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Opinión

Abandono hotelero de Cuba, matonismo de Trump

Iberostar Selection Varadero

Iberostar Selection Varadero / IBEROSTAR

La salida de las grandes hoteleras mallorquinas de Cuba, como Meliá, Iberostar o Barceló, no es únicamente una decisión empresarial. Con este abandono concluye una etapa de más de tres décadas que comenzó a principios de los años noventa, cuando las cadenas echaron el ancla en un país necesitado de inversión tras el derrumbe de la Unión Soviética. Sol Meliá, con el difunto Gabriel Escarrer al frente, aterrizó en Cuba en 1990, cuando pocos operadores internacionales estaban dispuestos a hacerlo, abriendo camino al resto, grandes y pequeños. Aquella presencia no solo generó divisa al país y negocio a los inversores, proyectó la influencia económica en el Caribe y catapultó el liderazgo mundial de las cadenas baleares en la gestión hotelera. Esta singular alianza que maridó comunismo castrista y capitalismo mallorquín, con sus claroscuros, sobrevivió a cambios de gobierno en Madrid, en Washington y en La Habana. Resistió el embargo estadounidense, las oscilaciones del turismo internacional e incluso la pandemia. Lo que no ha aguantado ha sido la combinación de una nueva vuelta de tuerca de la política de asedio estadounidense con una economía cubana al borde del colapso, precisamente por esa incesante presión y por ineficiencias del propio régimen, sin músculo para cumplir sus compromisos económicos. Con el corte de suministro del petróleo venezolano, Donald Trump ha dejado a Cuba a dos velas, literalmente, agravando un escenario extremadamente frágil. Sin energía, se dificulta toda operativa y se condena a la inanición a un turismo que languidece. Ahora, el presidente norteamericano añade sanciones para las compañías de terceros países que mantengan relaciones económicas con el Estado cubano, incluyendo el bloqueo de activos y restricciones financieras. Con esta medida, que busca estrangular la entrada de divisas a Cuba, Donald Trump coloca a las hoteleras mallorquinas ante un dilema imposible: quedarse y exponerse a sanciones y represalias económicas, o marcharse. Es el matonismo económico elevado a doctrina. La ley del más fuerte aplicada a las relaciones comerciales internacionales. Un quítate tú para ponerme yo, con las cadenas norteamericanas aguardando su momento, mientras las mallorquinas hacen cuentas del quebranto en sus balances y esperan, sin levantar la voz, a que se despeje el tablero para recalcular oportunidades.

Como ha ocurrido en Gaza o Venezuela por intereses de otra índole, Cuba también está en la lista de favoritos de Trump y va a por ella, cueste lo que cueste, sin importarle las reglas de las relaciones internacionales y mucho menos el padecimiento del pueblo cubano, en situación límite. Cuando una potencia utiliza el tamaño de su mercado y el dominio de su sistema financiero para dictar dónde pueden o no invertir empresas de terceros países, deja de hablarse de libre mercado para entrar en el terreno de la coerción. Que, tras un tiempo de resistencia, las cadenas hoteleras hayan optado por retirarse da puntilla para la maltrecha Cuba, por más que resulte comprensible desde el punto de vista de los números. Lo inquietante es que, si durante más de treinta años se interpretó esta presencia como un ejemplo de cooperación económica, de apertura y de liderazgo empresarial, ahora, cuando ese proyecto se desmorona por la fuerza, apenas se escuche algo más que un murmullo institucional. Y quizá esa sea la noticia más preocupante de todas, la falta de reacción política de Europa, de España y de Balears ante este atropello de Trump, que avanza impunemente en el asentamiento de su nuevo orden mundial.

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