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Opinión | Tribuna

Calor y pobreza energética

La adaptación a la presencia de temperaturas extremas requiere actuaciones inmediatas

Turistas caminando bajo un sol de justicia en el Parc de la Mar.

Turistas caminando bajo un sol de justicia en el Parc de la Mar. / B. Ramon / B.RAMON

La primera quincena del mes de agosto de 2003 representó un shock, un antes y un después. El calor dejó de ser una anécdota o un comentario más o menos banal para pasar a convertirse en el ejemplo de que el cambio climático es una realidad muy tangible. Más de 70.000 muertos en Europa atribuibles al calor, que afectó muy especialmente a la Península Ibérica, Francia e Italia y a personas mayores, con enfermedades crónicas, que vivían solas, sin redes familiares, y con las rentas más bajas. 2003 no fue un hecho puntual. Desde el año 2000, se han registrado en Europa unos 23 episodios extremos de calor que cada vez son más frecuentes, más intensos y de mayor duración. El calor extremo, con graves consecuencias para la salud humana, ya no es una anécdota sino una realidad impactante. En Catalunya, en días anteriores, hemos vivido la tercera ola de calor de este año. Y no estamos ni en la mitad del verano.

La respuesta que habitualmente se da frente a estas olas de calor es la de buscar espacios refrigerados. El aire acondicionado y los ventiladores ocupan una posición fundamental. El problema es que la energía eléctrica necesaria para hacer funcionar estos widgets es cara y no a todo el mundo le va bien hacer un sobreesfuerzo económico para comprarlos y hacerlos funcionar. Y aquí surge el concepto de «pobreza energética», aquel conjunto de situaciones en las cuales un hogar no puede mantener una temperatura interior segura durante el verano, a causa de los elevados costes de la energía, los bajos ingresos o las malas condiciones de la vivienda, y que la OMS sitúa en torno a los 25°C en verano. Se calcula que un 20% de la población catalana se puede encontrar en esta situación. Y no hablamos de desconfort, sino de salud.

Europa, en general, a excepción de los países situados geográficamente más al sur, como el Estado español o Italia, está, generalmente, muy preparada frente al frío, pero no ante el calor.

En una mayoría de países europeos el transporte público no dispone de climatización y los hogares están bien preparados contra el frío, pero no contra el calor. Por otro lado, la estructura urbanística de las ciudades tiende a empeorar el problema. Nos estamos refiriendo al fenómeno de la ‘isla de calor’: las concentraciones urbanas importantes registran temperaturas más altas que las zonas rurales que las rodean, como consecuencia de los efectos generados por la estructuración de las ciudades, la orientación y anchura de sus calles y la altura y los materiales de construcción de sus edificios y pavimentos, que, como el asfalto, actúan como verdaderos acumuladores de calor, así como la ausencia de zonas verdes o el grave problema de que los aparatos de aire acondicionado expulsan continuamente a la calle el calor generado con su funcionamiento: cuanto más aire fresco en el interior de las viviendas, más calor en las calles.

Y en Catalunya, ¿qué estamos haciendo?

Aquí, un año después de la crisis de la primera ola de calor, el año 2004, ya se elaboró el POCS (Pla Operatiu per prevenir els efectes de la Calor sobre la Salut), un plan estacional que se activa anualmente de junio a septiembre y que tiene como objetivos predecir, con la máxima anticipación, las posibles situaciones meteorológicas de peligro; minimizar los efectos negativos de las olas de calor sobre la salud de la población en Catalunya; y coordinar las medidas y los recursos existentes.

Pero hay que hacer más. Hay que tener visión estratégica y de futuro. La presencia de temperaturas extremas, tanto de frío como de calor, difícilmente mejorará. La adaptación a esta nueva realidad requiere actuaciones inmediatas. Las administraciones públicas han desarrollado planes de emergencia para episodios de calor extremo, sistemas de alerta precoz y campañas de información dirigidas a los colectivos de riesgo.

Igualmente, la creación de refugios climáticos en bibliotecas, centros cívicos, escuelas y equipamientos públicos permite ofrecer espacios refrigerados y accesibles durante los días más calurosos. Y también son necesarias políticas específicas de apoyo económico que faciliten el acceso a la energía y a sistemas de climatización eficientes para los hogares más vulnerables. n

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