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Opinión

Es solo fútbol, aunque no nos guste

El balón se golpea con igual intensidad por dictaduras y democracias, ocultando que el deporte ha sido absorbido por un gigantesco negocio de apuestas y predicciones

Es solo fútbol, aunque no nos guste

Es solo fútbol, aunque no nos guste / .

Los expertos también acusaban a Franco de utilizar el fútbol como «el opio del pueblo», para adormecer a la población durante la dictadura con las glorias del Madrid de Santiago Bernabéu. Ya en democracia, el incorregible Perich acentuó que el deporte rey había ascendido al nivel de «heroína». No existe ninguna droga contemporánea, ni siquiera los calmantes que matan en masa a la «basura blanca» estadounidense, que pueda compararse a la intensidad que hoy impone la (o)presión futbolística.

Los ingenuos pretenderán que la omnipresencia actual del fútbol se debe a un compromiso de la población con la práctica del deporte, o que propaga ideales democráticos con su efervescencia. Es posible, en especial si se olvida que el balón oculta un gigantesco negocio de apuestas y predicciones bajo un ramaje mafioso, que ha absorbido al propio deporte según las investigaciones de la prensa especializada.

Es solo fútbol, aunque no nos guste. La apropiación de sus resultados para proyectos inverosímiles supera en ferocidad al simulacro de guerra a muerte que se libra en el estadio. El pasado lunes, Pedro Sánchez parecía dirigirse a una selección en la que no goza de todas las simpatías, aunque Baena traspasó los límites del respeto institucional entre la Federación y la Moncloa, por orden jerárquico. El desaire no impidió que el presidente propusiera que el segundo Mundial obtenido en Estados Unidos fuera seguido de un tercero en España, en 2030. No debe pasar desapercibido que el líder socialista se ha impuesto a trancas y barrancas en dos elecciones, y que suspira por una victoria menos que improbable el año próximo.

La audiencia futbolística es tan masiva que monopoliza la actualidad, sin respeto por el escalafón tradicional. El pasado lunes, el homenaje a la selección no era más importante que el descubrimiento de que el hombre de negocios Zapatero ha engañado a toda España durante años. Sin embargo, las celebraciones del Mundial sin novedad noticiosa alguna retrasaron un día el impacto del giro de guion en las desventuras del expresidente.

En términos electorales, cabe preguntarse a quién votan los millones de jóvenes aficionados a quienes moviliza la selección. Por mucho que Sánchez intente perfumarse del Mundial, hay algo en la determinación de los congregados que los aleja de la palidez del PSOE actual. Si bien prefieren ganar en el fútbol, trasladan su hambre a la arena política. Se ha andado con mucho tiento para no pronunciar la palabra «ultraderecha» en este párrafo. En cualquier caso, basta con refugiarse bajo los ropajes estadísticos. Los socialistas ya solo son el partido más votado entre los mayores de 65 años, poco abundantes en los festejos mundialistas.

El fútbol extiende un velo protector, que disimula sus carencias pedagógicas. Cuesta creer que la carnicería a patadas del Uruguay-España sea recomendable para personas en periodo formativo. El comportamiento de Argentina en la final no contenía ninguno de los ingredientes ligados a una derrota elegante. Plantear una trifulca deportiva como una lucha a vida o muerte parece tan desaconsejable como alimentar a un menor con redes sociales. Sin embargo, nadie levanta el dedo admonitorio.

Al contrario, las retransmisiones del Mundial se han inundado con las imágenes de niños hooligans vociferantes, que han aprendido los peores gestos desmesurados de sus mayores. Un menor de diez años besándose el escudo con pasión promueve una notable incertidumbre. De puntillas, el fútbol ha conseguido disfrazarse también de instrumento esencial de liberación de la mujer. Por supuesto, en detrimento de los restantes deportes femeninos, porque el balompié siempre aspira a la hegemonía.

Salvo en Evasión o victoria, nadie confundiría al fútbol con un instrumento de liberación, incluso antes del Mundial ganado por la junta militar argentina. El pasado lunes, la panorámica de las portadas de la prensa internacional estallaba a menudo en un breve «Que viva España», toda una declaración de intenciones carpetovetónicas. El deporte rey sirve de indicio del progreso de un país, pero solo cuando es consecuencia y no principio de todas las cosas.

Esporádicamente, un adepto al fútbol estalla en la certeza de que Gianni Infantino es el único presidente de la Fifa que todavía no ha sido condenado por corrupción. Después del orgasmo del gol redentor, un espectador repara en que el Mundial americano fue montado a mayor gloria de Trump. La concentración absoluta en el próximo partido le priva de advertir que el jeque Al Thani entregó los trofeos en Qatar’22, por no hablar del protagonismo alcanzado por el emir Putin en Rusia’18. Tristes émulos del bailarín Sandro Pertini en España’82.

Si hay una entidad que ha irrumpido con fuerza en el Mundial americano, responde por Dios. Las plegarias de Lamine han desatado la polémica que probablemente deseaba el orante, pero competían con las declaraciones de Ferran Torres en que atribuía su gol al mismo «Dios». Y créanme, un goleador no comparte su gloria con nadie. A continuación, Rodri se sometió a las cámaras para encomendarse también a la divinidad. El Dios Fútbol es una redundancia.

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