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Opinión | Las cuentas de la vida

El regreso de la inflación

El regreso de la inflación pone la factura sobre la mesa

El regreso de la inflación pone la factura sobre la mesa

El regreso de la inflación pone la factura sobre la mesa / .

Durante varias décadas, la inflación pareció un asunto del pasado. Se lo debemos a Paul Volcker, el famoso presidente de la Reserva Federal, quien –tras el gran incremento de los precios del petróleo en los años setenta– impuso con mano firme el control inflacionario. El mérito fue suyo, pero no sólo de él. Los vientos también soplaban a favor. Un año tras otro, millones de trabajadores entraron de golpe en el mercado global abaratando todo cuanto tocaban. El ahorro acumulado durante generaciones se reinvertía en los países emergentes. Las cadenas de suministro enlazaban un puerto comercial con otro, bajo el supuesto de que la paz entre las grandes potencias sería permanente. ¿Y por qué no iba a serlo si, como había dicho Fukuyama, nos adentrábamos en el final de la historia? Se contaba, además, con abundancia de energía. En ese clima económico y moral, los bancos centrales podrían imprimir generosamente, cuando fuese necesario. Algunos confundían su suerte con la sabiduría. No es extraño: la realidad moldea nuestra imaginación.

Medio siglo después, el mundo ha cambiado y las condiciones que hicieron posible la gran desinflación se han invertido con una simetría casi despiadada. Las poblaciones han envejecido y el antiguo ahorrador ha decidido incrementar su consumo. La mano de obra, antes inagotable, ahora escasea. Las cadenas de suministro se repliegan, entre la desconfianza, el miedo y los recelos ideológicos. Los aranceles y la relocalización introducen nuevas fricciones entre aliados habituales. El crecimiento de China desafía ya al viejo Primer Mundo con sus tecnologías vanguardistas. Se compite abiertamente por las materias primas, el agua y la energía. A ello se añaden las guerras y conflictos bélicos; además de la potencia deslumbrante de la IA, con su promesa de crecimiento indefinido de la productividad, víctima de una realidad más acuciante en forma de consumo de agua, electricidad y de escasez de chips. Economistas como Goodhart y Pradhan lo anticiparon hace tiempo: el gran vuelco demográfico empujará los precios y los tipos de interés al alza durante años. La dirección del viento ha cambiado. Ya se sabe que la historia –al igual que el espíritu– sopla donde quiere.

El retorno de la inflación incidirá sobre los tipos de interés y la inversión, sobre el acceso al trabajo y el ahorro. Y es probable que favorezca de nuevo a los populismos, porque la inflación actúa como un disolvente de la confianza. Corroe el contrato tácito entre generaciones, castigando al prudente que ahorró y premiando al deudor, a la vez que alimenta la sospecha de que el sistema está amañado. Hay ya una primera consecuencia, evidente desde que entramos en el nuevo siglo: la escalada de los precios de la vivienda y el alquiler. El desorden monetario y el desorden político son, en efecto, primos hermanos.

El interés renovado por el oro y las criptomonedas constituye otro ejemplo del miedo que empieza a penetrar en la psicología social. Como una pesadilla, la ansiedad por el futuro recorre las arterias de los países occidentales. ¿De qué modo responder a los desafíos económicos, tecnológicos, laborales, demográficos? Nadie tiene soluciones. Un plan de desarrollo sucede a otro. La fiesta continúa, aunque no sabemos quién pagará la factura. Seguramente nos tocará a nosotros o a nuestros hijos; o a ambos. El regreso de la inflación pone la cuenta sobre la mesa.

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