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Opinión | Tribuna

Jordi Cubain Arenas

Jordi Cubain Arenas

Profesor de marketing

«Julito» y el efecto Aldama

Víctor de Aldama

Víctor de Aldama

Hace unas semanas hablábamos del dilema del prisionero para explicar por qué Víctor de Aldama decidió colaborar con la Justicia mientras Ábalos y Koldo optaban por permanecer en silencio. La teoría era sencilla: cuando dos personas tienen mucho que perder, la opción más racional suele ser traicionar antes de ser traicionado.

Pero la teoría de juegos tiene una segunda derivada mucho más interesante. ¿Qué ocurre cuando uno de los prisioneros ya ha hablado? La respuesta es sencilla: cambian las reglas del juego para todos los demás.

A eso lo llamaremos el efecto Aldama.

En marketing sabemos que las personas rara vez cambian por convicción. Cambian porque cambian los incentivos. No compramos un producto porque haya aparecido de repente una necesidad que no existía cinco minutos antes. Compramos porque alguien ha cambiado nuestra percepción del valor, del riesgo o de la oportunidad. La economía conductual lleva décadas demostrándolo.

Algo parecido parece estar ocurriendo en determinados procesos judiciales de enorme repercusión mediática.

La reciente decisión de Julio Martínez, conocido como «Julito», de pactar con la Fiscalía en el caso Plus Ultra y colaborar con la Justicia apuntando hacia un presunto papel desempeñado por José Luis Rodríguez Zapatero en el rescate de la compañía no solo tiene una lectura jurídica o política. Tiene también una lectura profundamente humana y conductual.

Cuando el primero habla, los demás empiezan a hacer números.

Porque el dilema del prisionero no termina cuando alguien confiesa. En realidad, es entonces cuando empieza una nueva partida. El silencio deja de ser una estrategia colectiva y pasa a convertirse en un riesgo individual. Lo que antes era un pacto implícito de resistencia puede transformarse rápidamente en una carrera por llegar el primero a la puerta del despacho del fiscal.

El Nobel de Economía Thomas Schelling explicaba que pequeños cambios en los incentivos pueden producir enormes cambios colectivos en el comportamiento. Basta mover una pieza del tablero para que todas las demás tengan que recolocarse.

Eso es precisamente lo interesante del efecto Aldama. Quizá su mayor consecuencia no tenga que ver con lo que haya dicho o dejado de decir, sino con haber demostrado que colaborar puede modificar sustancialmente el resultado final. Y cuando alguien demuestra que una puerta existe, otros empiezan a buscar la llave.

La sociología tiene incluso un nombre para este fenómeno: cascada informativa. Cuando observamos que otros disponen de información o toman determinadas decisiones, tendemos a modificar nuestro propio comportamiento. El primero genera incertidumbre. El segundo crea una tendencia. El tercero confirma que probablemente estamos ante un cambio de escenario.

Y es aquí donde política, psicología y marketing vuelven a encontrarse.

Llevamos años escuchando que las narrativas cambian gobiernos, que los relatos construyen reputaciones y que las percepciones condicionan nuestras decisiones. Pero pocas veces recordamos que las personas también somos extraordinariamente previsibles cuando cambian los incentivos.

La colaboración con la Justicia no convierte automáticamente en ciertas todas las declaraciones realizadas. Eso corresponde exclusivamente a los tribunales y la presunción de inocencia continúa siendo un pilar esencial de nuestro Estado de Derecho. Pero desde la teoría de juegos sí podemos afirmar algo con bastante seguridad: cuando el primero rompe el equilibrio, los demás empiezan a preguntarse si continúan jugando al mismo juego.

El verdadero efecto Aldama no es político, mediático, ni judicial. Quizá sea matemático. Porque el dilema del prisionero nos enseña que el incentivo individual empuja a la traición. El efecto Aldama parece enseñarnos algo más inquietante todavía: que una vez el primero habla, los demás dejan de preguntarse si deben hacerlo y empiezan a preguntarse cuándo hacerlo.

En el dilema del prisionero, el problema era quién «canta» primero.

El efecto Aldama consiste en que todos saben ya que alguien acabará «cantando».

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