Opinión
La batalla por abaratar la energía

Tres horas de electricidad gratis, cada día. / Pexels
Tres horas de electricidad gratis, cada día. Es el regalo que disfrutan desde este mes de julio vecinos de tres regiones australianas que se han sumado a un proyecto del Gobierno llamado Solar Sharer Offer, pensado para promocionar el uso eficiente de la energía solar y que ni siquiera requiere instalar placas: basta con un contador inteligente. Las autoridades recomiendan concentrar en esas franjas horarias el uso de los electrodomésticos de mayor consumo y ya planean extender la iniciativa a otros puntos del país. Esa escena, tan doméstica, es también un aviso de por dónde va a pasar la política energética del futuro: por la gestión fina de cuándo, cómo y quién consume la electricidad.
Australia podría ser el laboratorio perfecto para el camino que acaba de echar a andar la Unión Europea, empeñada en electrificar la economía y reducir su dependencia de los combustibles fósiles. Lo es porque lleva años desplegando una estrategia muy definida en apoyo de las renovables, y porque ha convertido esa apuesta en relato de país como aspirantes a superpotencia verde: enseñaron su carta de presentación al mundo cuando Tesla montó en tiempo récord, hace una década, una batería gigante en el sur capaz de suministrar energía durante una hora a 30.000 hogares. Aquella batería fue un símbolo.
El plan de Bruselas anunciado este viernes tiene una música que suena muy bien y promete para 2040 un ahorro anual de 260.000 millones de euros, pero el pentagrama llega con espinas y medidas impopulares. Harán falta reformas fiscales y cargas adicionales sobre los combustibles fósiles, para empezar. Hará falta también garantizar inversión estable para abaratar infraestructuras y reconversiones, y por eso conviene volver al caso australiano como modelo que observar con atención, sobre todo en sus vulnerabilidades. Si el Gobierno de Australia busca fórmulas para recortar la factura de la electricidad de los hogares es porque sigue siendo demasiado cara, y abre una brecha entre quienes viven en casas capaces de aprovechar los excedentes solares y quienes no, entre quienes tienen paneles en el tejado y quienes no. El calor extremo empuja como nunca a adaptar las viviendas para seguir siendo hogar pese al sol, y también gracias a él.
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