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Opinión | Tribuna

El centro ya no existe

Su lugar lo ha ocupado la política del resentimiento representada por partidos políticos extremos, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, impulsando políticas polarizadoras

Comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados.

Comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca

Si alguien se sitúa en el eje de la moderación entre la socialdemocracia y la democracia cristiana, en esa posición intermedia del liberalismo clásico de la segunda mitad del siglo XVIII que Francis Fukujama identifica como el gran paraguas que cobija una amplia gama de posicionamientos políticos coincidentes, basada en el reconocimiento de libertades y derechos individuales y en la ley, vive en un páramo porque el centro ya no existe. Su lugar lo ha ocupado la política del resentimiento representada por partidos políticos extremos; desde la extrema izquierda a la extrema derecha impulsando políticas polarizadoras, a menudo anticonstitucionales, que tienen a gran parte de la población mundial soliviantada. Todos conocemos a moderados que parecen otras personas, trasmutados, hiperventilados, y, algunos, candidatos a un exorcismo.

En Colombia un machista desaforado como De la Espriella frente a un izquierdista radical como Cepeda; en Chile, Kast, quien reivindica la figura del asesino Pinochet, frente a la comunista Jara (si quieren saber lo que es el comunismo vean el 30 Minuts de TV3 sobre Cuba); en Francia se enfrentará la ultra Le Pen (con pulsera de las que llevan los quinquis) contra el radical de izquierdas Melenchón; en Gran Bretaña el impresentable de Farage (que ha tenido que dimitir por recibir cinco millones de libras de un delincuente cripto pollo) y que, como Ruiz Mateos, estafó dos veces a sus believers; la primera engañándoles con el Brexit, que ha supuesto la pérdida del 6% del PIB británico, desempleo y ha devorado a seis primeros ministros tories en diez años, y la segunda en las próximas elecciones británicas que encabeza en las encuestas; y así sucesivamente.

Del lado de la extrema derecha, la más peligrosa por cuanto la extrema izquierda tiene muchos menos seguidores y la mayoría de sus postulados son irrealizables por imposibles o bien ya se han mostrado devastadores: Cuba, Venezuela, Nicaragua, etc., existe la posición común del enemigo exterior o el miedo al diferente. Arrancó con la apertura alemana a 1.000.000 de sirios en 2015 porque Merkel creyó que aumentaría la curva productiva alemana y corregiría la natalidad que estaba en caída libre, objetivos que se consiguieron, pero dieron lugar al nacimiento de los neonazis de AfD, primera fuerza en las encuestas. La hostilidad al inmigrante, especialmente si es negro, se impulsa desde la derecha más ultra como herramienta para provocar el miedo. Hace unos siglos eran los judíos, luego los masones y los comunistas. Hasta Rajoy les niega la condición de nacionales de su selección desde su racismo de señoro porque como exministro del Interior sabe que en una selección nacional sólo puede enrolar jugadores nacionales. Si no, los americanos o los saudíes hubiesen fichado a la delantera francesa, el medio centro español, a un batiburrillo de defensas multicolores y a Courtois para ganar el mundial. Y hubiesen tragado con el color y con lo que hiciese falta.

En España se está regularizando a 1.175.000 extranjeros que llevaban años residiendo y trabajando en el país. Regularizar no significa nacionalizar. Eso llevará años. El 53% de las peticiones son de personas de entre 25 y 44 años, tramo que concentra la demanda del mercado laboral. Por nacionalidades el 27% son colombianos, seguidos de un 14% de marroquíes, un 11,5% de venezolanos, un 9% de peruanos y un 5% de hondureños. Es decir, la gran mayoría latinos, no negros. Pero da igual, son inmigrantes y por tanto delincuentes o «se comen las mascotas» (Trump).

¿Y qué podemos concluir de todo esto? Pues que cerca del cincuenta por ciento del electorado europeo ha comprado el guion de esta serie B y no se relajará hasta que ganen los suyos. En cuanto a si tienen que ser o no expulsados del país, dependerá de cómo afecte a cada uno. Si es la señora que cuida a mi abuela, no; el camarero latino de todos los bares, no porque son muchos; el aparcero que recoge la fruta, tampoco; ¿mi albañil?, ni hablar, solo el del vecino, que es más negro que el mío.

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