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Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

Los que sobramos

Los que sobramos

Los que sobramos / Ilustración creada con IA

Andaría mi madre en sus cosas y yo, una mocosa, friéndole a preguntas imposibles. Le decía admirada que algún día, todos estaríamos tan mezclados, que no habría blancos ni negros. Que seríamos de un color así —señalando cualquier cosa— y los ojos, verdes, por ejemplo. Interrumpió mis sueños de una humanidad bellísima diciendo que no, «porque la gente prefiere juntarse con los suyos». Pero, ¿y quiénes son los suyos?, le preguntaba yo. ¿Quiénes son los nuestros? Mientras repasaba mentalmente a los vecinos de pelo oscuro o rubios de ojos celestes, altos, bajos, gafas de culo de botella o con bigote.

Tardé poquísimo en darme cuenta de que los nuestros se acaban tan pronto como otros no nos quieren cerca. Cada vez que alguien me preguntaba de dónde era. «De verdad». Porque, ¿cómo iba a ser ibicenca si me llamaba Pilar y no Antonia o Catalina?

Y aunque me gustaría decir que esta gilipollez acabó con mi generación, un día mi hija volvió corriendo del colegio en Mallorca. Le habían preguntado unas compañeras cómo se iba a llamar su hermanito y respondió orgullosa que Óscar. Me contaba, inconsolable, que le habían dicho que eso no podía ser. Que ese nombre estaba prohibido.

Y seguimos caminando, tropezando cada tanto con las piedritas de algún prejuicio. Memeces. Pocas. Pero suficientes para recordarte que, aunque estés, aunque seas... no perteneces.

A saber si algún día llegará ese futuro imaginado, pero me sigue pareciendo el mejor posible. No uno bueno, sino el mejor. Y mientras, el mundo en que distingo a los unos de los otros, a los ellos de nosotros… Nunca jamás pasó por el color de piel o los documentos.

Fue Felipe González quien dijo: «Para mí, los expresidentes son como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños. Se supone que tienen valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes». Y el último jarrón chino, Mariano Rajoy, quien se refirió a la selección francesa como: «Una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses».

Arrogándose la autoridad de decidir quién pertenece no solo aquí… sino allá. Quiénes son muy españoles y mucho españoles, y quiénes son franceses, también.

Cuando Rajoy nació, hacía décadas que la comunidad científica desmontaba las teorías de que existieran razas humanas biológicamente distintas. Pero los fascismos las necesitaban. El Tercer Reich trataba de exterminar la supuesta «raza judía»; el franquismo se afanaba en acabar con el «gen rojo».

No era un invento nuevo —a lo largo de la historia se clasificaron desde dos hasta 63 razas humanas—: el colonialismo buscó con ahínco argumentos con que justificar la esclavitud y el sometimiento.

En esa Francia de la que usted me habla, tuvimos un triste ejemplo hasta anteayer. La sudafricana Saartjie Baartman, conocida como la «Venus Hotentote» y llevada a los llamados «circos humanos» para deleite de los espectadores. Su gran atractivo eran unas nalgas exuberantes que los antropólogos franceses calificaron «de mandril». Falleció en 1815, pero tampoco entonces descansó en paz. Su cerebro y órganos sexuales siguieron exhibiéndose en el Museo de la Humanidad de París hasta 1974. Mariano Rajoy tenía entonces 19 años y estudiaba la carrera de Derecho. En 2002, Rajoy ya era vicepresidente primero y ministro de la Presidencia del Gobierno de Aznar cuando los restos de Baartman, por fin, fueron repatriados y enterrados en Sudáfrica.

2002. Una vergüenza tan inexplicable como la existencia de racistas cuando no existen las razas. Aunque, para algunos, «todo es falso... salvo algunas cosas».

Las naciones también escriben reglas para responder a la vieja pregunta de quién pertenece. Francia eligió, en buena medida, el ius soli: nacer en territorio francés te da derecho a la nacionalidad. En cambio, en España prevalece principalmente el ius sanguinis: la nacionalidad se transmite de padres a hijos dando lugar a esos niños que, no habiendo conocido otro lugar, tropiezan continuamente con las piedras de no pertenecer.

Los gallegos lo saben bien. Entre 1850 y 1960 emigraron cerca de dos millones. Algunos historiadores calculan que uno de cada tres pasó por la experiencia migratoria. Hoy la Xunta registra más de 563.000 gallegos y descendientes nacidos y residentes en el exterior.

¿Escucharán alguna vez esos niños españoles nacidos en México o Argentina «no perteneces»?

Rajoy viene de una tierra que sabe lo que significa que tus hijos tengan que marcharse, o nazcan lejos. Pero además, sus palabras no son las de un jarrón chino, sino las de quien fuera el jefe del ejecutivo español. Y como tal ha de medirlas. Que no estorben —que no hieran—, ni aquí ni allá.

Y de escribiente a escribiente, de articulista a articulista: para cuando le entren dudas de si uno pertenece o no a un lugar, ya lo resolvió en 1605 nuestro español más universal, Miguel de Cervantes, en el Quijote, donde más que escribir, insiste —hasta tres veces—: «No con quien naces sino con quien paces».

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