Opinión | Crónicas galantes
Este no es país para los negocios

Amancio Ortega.
Hacer dinero es sospechoso salvo que lo imprima el Banco Central Europeo o lo consiga uno mediante un premio de la lotería. A los que lo ganan con el riesgo de montar un negocio se les suele mirar mal en España y en sus antiguas colonias.
Más allá de los moribundos toros, del flamenco o de la paella, es esto lo que distingue a los españoles y a otros nacionales sudeuropeos de las restantes naciones del continente.
La explicación es fácil y ya la dio en su momento Max Weber en el texto que vinculó la ética protestante con el espíritu del capitalismo. Los luteranos, que por algo son herejes, mantienen la convicción de que la riqueza ganada con el trabajo y la creación de empresas es una bendición. Dios distingue con el dinero bien obtenido a quienes siguen sus enseñanzas; y el éxito material es un signo de la gracia divina que adorna a quienes lo disfrutan.
No ocurre lo mismo con los países católicos, donde la pasta ganada por medio de los negocios es siempre motivo de recelo. No hay más que ver el enojo que Amancio Ortega y —salvadas las distancias— el propietario de Mercadona les produce a los extremistas de la mal llamada izquierda. A diferencia de Carlos Marx, se conoce que pocos de ellos han leído a Adam Smith, el padre de lo que ahora llamamos capitalismo.
En el país del Buscón y de Rinconete y Cortadillo se valora mucho más a los pícaros que engordan la saca con sus pillerías. Se admira y se defiende mucho al que consigue hacerse un capitalito —o un capitalazo— por medio de las influencias y de las concesiones de obra pública a cambio de una comisión. A los antiguos rentistas los han sustituido con igual éxito los comisionistas.
Se habla mal de ellos, por supuesto; pero solo a condición de que pertenezcan al partido de enfrente. Cuando se trata del propio, lo natural es que los hinchas de izquierda o derecha le encuentren a la conducta de los pillos toda suerte de atenuantes e incluso de eximentes.
Sorprende esa actitud cuando uno observa que, en realidad, aquí se trabaja mucho. Cada currante español dedica a la faena un promedio de cuatrocientas horas más al año que un alemán o un holandés. La diferencia reside en que en Alemania trabaja mucha más gente sobre el total de población y que la productividad por empleado es algo mayor.
Podría decirse que no es que en España se trabaje poco, sino que siempre trabajan los mismos. Pero tampoco hay que exagerar. Tanto el empleo como la productividad han crecido durante los últimos años, acercándonos sin prisa ni tampoco pausa a los estándares europeos.
Lo que acaso asombre es la pervivencia de la tirria que muchos españoles siguen profesando a quienes se esfuerzan con éxito por sacar un negocio adelante. Con lo bien vistos que están los que aciertan una Primitiva.
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