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Opinión | La suerte de besar

La perversión de la cita previa

La perversión de la cita previa

La perversión de la cita previa / .

No añoro pasar una mañana haciendo cola. Primero, la cola para saber en qué cola debes colocarte y, segundo, la cola propiamente dicha. Resultado: cuatro horas de tu vida tiradas a la basura. Siento escalofríos recordando el madrugón, la búsqueda de la silla libre, el balanceo de las piernas para facilitar el flujo sanguíneo, repasar la documentación requerida, la mirada perdida o las sonrisas cómplices hacia esas madres que se veían obligadas a esperar con su hijo recién nacido. No, no lo echo de menos.

Hace unos años, algún iluminado decidió que la tortura podía cambiar con un pequeño gesto. Y, así, la cita previa se convirtió en la piedra angular de nuestro sistema de atención al público. La pena es que esta medida no surgió por la necesidad de hacer la vida más agradable a la ciudadanía maltrecha, sino que la impusieron la pandemia y su distancia de seguridad. La persona contribuyente, la pérdida de su tiempo y sus dolores de cabeza no están en el centro de las decisiones que toma la Administración. Se nota.

Recibes una multa. Vaya por Dios. Exceso de velocidad. Haces memoria. ¿Dónde estabas ese día y a esa hora? Sí, eras tú conduciendo 20 km por encima del límite de velocidad. El radar no perdona. Mejor pagarla cuanto antes. Coges el bolso y te vas directa a la oficina de la policía. Hay solo tres personas esperando. No das crédito a tu buena suerte. El funcionario de detrás del escritorio te mira. Te acercas. Hola, qué tal, resulta que he recibido esta notificación y quiero pagarla en periodo voluntario para que me apliquéis el 50% de descuento. No deja que acabes la frase. ¿Tiene usted cita? No. Ah, pues solicítela en esta web. No puedo atenderle. Miras a tu alrededor. Ahora solo queda una mujer en la sala. Tratas de caerle bien, sonríes, fracasas. La vida perra.

Sacas tu móvil y tecleas la dirección web. Un calendario. ¿Primer hueco disponible? En tres días. Vale, aún estás en plazo. ¿Horas disponibles? A las 11:37 y a las 14:26 horas. Te viene un flash de la época en la que Canal+ programaba sus películas a horas irracionales y sueltas un bufido. ¿De verdad tendrás que pedirte un día de vacaciones para pagar una multa? Escoges el turno del mediodía. La jornada en cuestión llegas sudando la gota gorda porque media isla está en alerta naranja. Llega tu momento y sacas la cartera. ¿Dónde va señora? Las multas no se pagan aquí. Tiene usted que ir a los bancos asociados. Código de barras y blablablá. Te imaginas a ti misma interpretando a Uma Thurman en Kill Bill. Te escuchas vociferar que el sistema es un desastre y que tu vida es miserable. Puede que así sea.

Mientras tanto, en una realidad paralela, el Servicio Público de Empleo Estatal de Mérida expedienta disciplinariamente al funcionario Juan Carlos Nieto por realizar actuaciones, atender consultas o emitir certificados a personas que, horror, se presentaban sin cita previa. La Administración sostiene que tal actuación genera un agravio comparativo con los que sí tienen cita. Nieto se justifica diciendo que sólo atendía si había un hueco y una necesidad urgente. No lo hacía «por caridad», dice Nieto. «Simplemente porque es mi trabajo». El mundo del revés y demasiadas decisiones estúpidas.

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