Opinión | Le Fumoir
Pachangas de domingo

Aficionados a la selección española de fútbol. / Europa Press
Estuve una vez en Buenos Aires. Fue en 2008. Volé desde Bolivia a Ezeiza. El avión tuvo que dar varias vueltas en el aire. En la espera de las maletas, la Policía soltaba a unos perros sabuesos que corrían como locos para olfatear equipajes, por si encontraban hoja de coca o sus derivados. La ciudad estaba cubierta de humo, por unos fuegos en los campos de las afueras que se habían ido de madre, cuyos efectos en forma de neblina negra daban a la capital federal un aspecto fantasmagórico. Apenas asomaba la punta del obelisco en la perspectiva de la 9 de Julio.
Hacía calor aquel mayo austral. Se hacía difícil respirar, pero mi ansia me hacía querer verlo todo en las 48 horas que iba a permanecer allí. En aquella época el GPS del móvil era todavía una quimera, así que anduve siguiendo un mapa urbano: San Telmo, Palermo Chico, Café Tortoni, Teatro Colón, Librería del Ateneo, Cementerio de la Recoleta… Pero lo primero que hice fue ir a la Boca andando desde el centro. Mitómano como soy del fútbol, quería ver el estadio de la Bombonera. Atravesé zonas baldías, crucé por debajo de una maraña de scalextrics bajo los cuales vivían familias enteras. Pasé junto a un ferrocarril muerto, de raíles que no llevaban a ninguna parte. Recorrí un barrio que parecía el Baltimore de “The Wire”. Tras esa travesía del desierto urbano, de zombis de pasta base y ausencia de futuro, llegué a un punto en que, entre aquella calígine, se adivinaba de nuevo el color y la vida. Empecé a oír tambores cada vez más cerca y voces alentando, como dicen allá. La imponente silueta del estadio se perfilaba al fondo en azul y amarillo: CABJ, rezaba un enorme cartel.
Aquella tarde se jugaba un Boca-River, lo más parecido a una guerra civil entre argentinos. El partido era a las seis. A las once y media ya había cientos de personas aporreando bombos y tambores como si aquello fuera la rompida de la hora de Calanda, y el autobús del equipo estuviera al llegar. Entonaban cánticos que me costaba entender, himnos sólo sabidos por los hinchas que acudían a aquella cancha todos los domingos.
“Señores, yo soy de Boca / desde la cuna / que vamo´a salir campeone´ no tengo duda…”. Hacían asados en parrillas dispuestas en la calle, junto al estadio, como el que la hace en el jardín de su casa. Aquella gente sencilla no tenía jardín, y algunos no tendrían ni casa, pero el estadio hacía las veces de hogar y de templo pagano. Viéndome solo, muchos me preguntaron de dónde venía. Al decir “España” te decían “ahhh, vení gashego”, y te acomodaban en una silla de tijera como el que vuelve a ver a un primo lejano cincuenta años después. Me encontré de pronto con una Quilmes en la mano, una chuleta en la otra, y una familia improvisada. Al fondo sonaba El Potro Rodrigo en un altavoz, cantándole trepidante a Maradona: “En una visha nació / fue deseo de Dios / que para sobrevivir / a la humilde expresión / enfrentar la adversidad / con afán de ganar-se a cada paso la vidaaaaaa”.
Me recordó a mis noches universitarias en un garito de Barcelona al que íbamos religiosamente y donde siempre sonaba esa canción, despertando una comunión casi litúrgica de los parroquianos de aquel bar con el ídolo argentino, con niñas bien de Pedralbes bailando encima de la barra con fervor de hincha de “La 12”. Los miembros de mi familia postiza de ultramar recordaban que su abuela era de Monforte de Lemos, de Arenas de San Pedro o de cualquier otro lugar de España que, en su boca, se convertía en capital federal de su memoria, por el respeto reverente con el que pronunciaban aquellos topónimos de una Madre Patria a la que nunca han olvidado, pues vive en ellos, aunque muchos jamás la pisaran. Al hablar de España los argentinos abandonan esa arrogancia porteña de las que a menudo se les acusa, se les refleja el pasado en unas pupilas titilantes y se pliegan a la nostalgia de los lares familiares, al recuerdo de los ancestros y de una tierra prometida que tuvieron que abandonar porque, precisamente, era “la Argentina” la que más promesas ofrecía tras aquella guerra nuestra. Cuando volví a mi hotel el recepcionista me miró como si estuviera loco de haber ido andando hasta allá solo. “Es peligroso, señor. Le podrían haber afanado la cámara”. Pero yo nunca me sentí más en casa que aquella tarde en la calle junto a la Bombonera y aquellos primos lejanos de Monforte. El domingo hay pachanga. Que gane el mejor.
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