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Opinión

Siempre habrá alguien a tu ultraderecha

La asimilación progresiva de Vox, en paralelo a la ‘dédiabolisation’ del RN de Le Pen, se conjuga con la aparición de grupúsculos que debilitan a la matriz de la ultraderecha

La líder ultraderechista Marine Le Pen.

La líder ultraderechista Marine Le Pen. / EFE

Lo sorprendente de los radicalizados de última generación es que se creen más extremistas que nadie, una secuela del grado de la desesperación o descontento a que han llegado. Sin ánimo de entibiar el recién descubierto entusiasmo que da sentido a sus vidas, siempre habrá alguien a tu ultraderecha. Esta evidencia se conocerá a partir de ahora como la paradoja del cuñado.

El efecto Doppler de la ultraderecha consiste en su alejamiento interminable de los rojos, conforme avanza su aceptación burguesa. En el país que nos ocupa, la asimilación progresiva de Vox cursa en paralelo a la dédiabolisation de innecesaria traducción de la Reunión Nacional de Marine Le Pen, o a la ejemplar moderación de Giorgia Meloni. Sin embargo, esta normalización se conjuga con la incubación de grupúsculos que debilitan a la matriz ultraderechista. En el lenguaje próximo, migran de la «prioridad nacional» al «Movimiento nacional».

En una esfera, siempre hay un más allá, aunque con tendencia a repetirse. La ultraderecha se nutre del rechazo, repele la integración. La pulsión íntima hacia la concordia, la necesidad de gustar, no computa en partidos que solo tienen sentido desde una pugna frontal. Sin ir más lejos, Vox arrodilla al PP para demostrar su pujanza, pero repudia la acogida servil de los populares porque se alimenta de la discordia. De Santiago Abascal hacia abajo, han surgido de la madre nutricia fraguista y necesitan consumar el parricidio freudiano.

Antes de seguir, procede la autojustificación de ordenanza en cada ocasión en que se aborda a la ultraderecha como otro actor político. A quienes consideren repugnante hablar del extremismo con cierta delicadeza o con posibilidades de una terapia, convendría recordarles la biografía ejemplar de personajes como Adolfo Suárez. O repasarles con el profesor John Gray que no hay marcha atrás en el populismo de Trump, según señaló el ultrapesimista inglés en la Fundación March.

Las encuestas se inundan de gráficos sobre el flujo de votos entre los vasos comunicantes de los partidos políticos, un dato falso como todas las mediciones basadas en la mentirosa experiencia personal. Además, el auge de la ultraderecha no se produce cuando logra captar a votantes de otras formaciones, sino en el momento en que atrae a los dirigentes ajenos. Como bien enseña la experiencia de Florentino Pérez, la esencia del proyecto reposa en los fichajes de alcurnia, el resto se os dará por añadidura.

Simétricamente, el mayor peligro para la extrema derecha no consiste en perder su etiqueta satánica, ni en ser imitada por sus vecinos ‘atrapalotodo’. La amenaza surge al constatar que siempre habrá alguien a tu ultraderecha. Verbigracia, el 2,6 por ciento consistente que el último CIS atribuye a Se Acabó la Fiesta de Alvise Pérez es el obstáculo que aleja a Vox de la reconfortante orilla del veinte por ciento de los sufragios. El porcentaje de la quinta fuerza estatal, por encima de Podemos en la entrega reciente, está refrendado por otros sondeos, y se ha reflejado con solvencia casi científica en el circuito reciente de cuatro elecciones autonómicas.

Un personaje insignificante con un megáfono entorpece el avance imperial. La colonización de nuevas ultraderechas no es un fenómeno exclusivamente español. Nigel Farage se las prometía muy felices como nuevo primer ministro del Reino Unido con la formación Reform UK, al grito digno de Feijóo de que una simple jaqueca no justifica una baja laboral. El diputado inglés ha sido descabezado en principio por la corrupción, pero su estupefacción y la erosión de su liderazgo surgió ante el auge súbito del Restore UK de Rupert Lowe, que se distingue únicamente por radicalizar las propuestas del apóstol del Brexit.

También Le Pen ha tenido que luchar con intelectuales racistas de la talla de Éric Zemmour, para defender que Reunión Nacional es la ultraderecha auténtica. Alternativa por Alemania ha de soplar y sorber simultáneamente a partidos políticos que dan un paso más hacia el nazismo. Y solo la rauxa catalana explica la solución híbrida de Aliança Catalana, que combina independentismo y antiislamismo. Con esta extraña receta, el colectivo de Sílvia Orriols se ha colocado a la altura de Junts y ERC en las elecciones de su comunidad.

En el caso más inverosímil, hay un truco para lograr que Trump aparezca como un liberal, y consiste en revisar las propuestas emitidas a la derecha del Maga, donde el negacionismo de los campos de exterminio nazis sirve solo de puerta de entrada. La proliferación de ultraderechas explica que los crecimientos espectaculares de los extremistas se atasquen sin llegar al treinta por ciento de los votos. Así ocurrió con el 28 por ciento de AfD en Alemania. La teórica crecida de Vox consiste en devolverlo a las cotas de 2019, y ya se ha observado la decepción relativa en las autonomías de voto reciente.

España vive anclada en la paradoja de que, conforme aumentan los escándalos del PSOE, se acentúa el estancamiento a la baja de Feijóo. El líder de la oposición tiene que agradecer ahora a la multiplicación de ultraderechas su consolidación como aspirante más cualificado a la Moncloa, tras ser superado consistentemente por Abascal.

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