Opinión | Tribuna
Gracias por aquella irrepetible aventura

Uno de los característicos molinos de es Jonquet. / I. Sutorras
Cuando me inscribí, en 1971, éramos apenas setenta arquitectos y el Colegio estaba en un piso de Jaume III. Por entonces se tomó la decisión de comprar el formidable y decrépito caserón de Ca la Torre, que se levantaba junto a la muralla y el mar. Enormes salas vacías sucedían a enormes salas vacías. El Colegio se estableció de forma improvisada, y se hizo una compra de sillas plegables de madera que se instalaban en la gran sala cuando había conferencias.
El país y la isla estaban entonces en un vendaval con tres potentes corrientes. La primera era cultural. Los vientos del mayo del 68 habían volteado hábitos arraigados: el papel de la mujer, las relaciones afectivas, y hasta la manera de vestir, estaban en la trituradora. La segunda era política. España vivía los últimos años de la dictadura. Y la tercera era económica. El boom turístico se manifestaba ya con vigor. Tres corrientes que afectaban a la arquitectura y al urbanismo.
Y en ese vendaval nos juntamos un grupo de recientes arquitectos. Aún no había partidos políticos, y algunos Colegios profesionales actuaban reclamando derechos civiles. Decidimos reunirnos en las salas polvorientas de Ca la Torre para planear estrategias capaces de hacer frente a un poder político casi inapelable, que a menudo tomaba decisiones urbanísticas erradas.
En Palma había problemas sangrantes. El primero era el centro histórico. Físicamente degradado, era masivamente abandonado por la población. Los Planes Generales de 1944 y 1963, influidos por el aberrante Plan Voisin de Le Corbusier para París, proponían arrasar el tejido medieval de barrios enteros -Puig de Sant Pere, Calatrava, Jonquet- para edificar bloques aislados. El segundo era el «ensanche», malherido por ordenanzas poco previsoras. El plan de 1944 fijaba alturas mínimas ¡pero no máximas! y el de 1963, de un desarrollismo rampante, se remató en 1972 con el plan Ribas Piera que aceleró, sin quererlo, el desastre. Al grito de que viene Robespière -reír para no llorar- multitud de constructores sin preparación ni escrúpulos corrieron a obtener licencias para bloques mal diseñados y peor construidos. Y el tercer problema era el frente marítimo. La reciente autovía alejó la muralla y la Catedral del mar, donde se habían reflejado durante siglos.
Organizamos entonces en el Colegio una gran exposición sobre el Puig de Sant Pere ocupando todas las salas, aún vacías. Con más de cinco mil visitantes, consiguió persuadir al ayuntamiento de la necesidad de proteger unos valores urbanísticos y arquitectónicos hasta entonces ignorados. El modelo era Bolonia, y no París. Se redactó un Plan para la rehabilitación del Puig y, años después, otros para la Calatrava y Es Jonquet. Y se convocó un concurso para el Parc del Mar con jurado de prestigio: arquitectos como Josep Lluis Sert u Oriol Bohigas. Estas actuaciones fueron recogidas por la revista 2C Construcción de la Ciudad –entonces una de las más prestigiosas del país en temas de urbanismo- que dedicó un número íntegro (el 13) a Palma: su evolución desde la fundación romana, los proyectos del Puig y del Parque.
Esta aventura cambió para siempre la imagen de la ciudad y también la trayectoria personal de aquel grupo. Mi despacho ganó el concurso para la rehabilitación del Centro Histórico de Málaga, el primero en España, y al año siguiente viví una anécdota. Pasaba las Navidades en Nueva York y me acerqué a Harvard, donde Josep Lluis Sert ejercía como decano de la Escuela de Arquitectura, para regalarle un ejemplar de la revista 2C-13 donde aparecían aquellas actuaciones y también nuestro proyecto del Parque del Mar, el segundo premio. Sert me invitó a dar una clase sobre el parque, cosa que acepté con gusto y luego me invitó a quedarme como profesor, cosa que no acepté porque acababa de ser contratado por la Escuela de Barcelona. Craso error, pero nunca se sabe porque entré a formar parte del equipo que ganó el concurso de Anillo Olímpico del 92 y luego trabajé en Milán con Vittorio Gregotti en el Estadio Olímpico.
Los colegas con los que compartí los años que vivimos peligrosamente son: Joana Roca, la primera arquitecta mallorquina, Guillem Oliver, Manuel Cabellos, Pep Palau, Neus García, Paco Otero, Pere Rabassa, Pere Thomás. Gracias a todos ellos y al Colegio de Arquitectos por hacer posible aquella aventura irrepetible que fue el inicio de otras muchas aventuras.
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