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Opinión | Tribuna

Michael Douglas nos recuerda la Mallorca que merece la pena

El Museo Sa Bassa Blanca representa una Mallorca que merece ser conocida, protegida y admirada. Un espacio único donde el arte, la naturaleza, la arquitectura y el paisaje dialogan con una armonía extraordinaria

Museo Sa Bassa Blanca.

Museo Sa Bassa Blanca.

Hace unos días, Michael Douglas recomendaba públicamente visitar el Museo Sa Bassa Blanca, en Alcúdia. No eligió promocionar una de nuestras magníficas playas, un hotel de lujo, un restaurante de moda o un puerto deportivo. Eligió un museo. Y esa elección merece una reflexión.

Quienes conocemos la estrecha relación de Michael Douglas con Mallorca sabemos que nunca ha sido un visitante más. Desde hace décadas, ha demostrado un afecto sincero por esta isla y una voluntad constante de proyectar al mundo su mejor imagen. Precisamente por ello, cuando recomienda un lugar, conviene detenerse a pensar por qué lo hace.

El Museo Sa Bassa Blanca representa una Mallorca que merece ser conocida, protegida y admirada. Un espacio único donde el arte, la naturaleza, la arquitectura y el paisaje dialogan con una armonía extraordinaria. Un lugar que sorprende tanto al visitante que llega por primera vez como a quienes, viviendo aquí, descubren que aún existen rincones capaces de emocionar.

Pero quizá lo más admirable no sea únicamente el museo. Lo verdaderamente extraordinario es la historia de quienes lo hicieron posible.

Ben Jakober y Yannick Vu imaginaron hace décadas un proyecto que muchos habrían considerado imposible: crear, prácticamente desde cero, un espacio cultural de referencia internacional en el norte de Mallorca. Lo hicieron movidos por su pasión por el arte, por la belleza y por un profundo respeto hacia una isla que decidieron convertir en su hogar.

Su colección, los jardines escultóricos, la arquitectura del conjunto y el inmenso trabajo desarrollado durante tantos años constituyen hoy un legado que trasciende lo privado para convertirse en patrimonio cultural de Mallorca.

Con demasiada frecuencia damos por sentado aquello que tenemos cerca. Viajamos miles de kilómetros para visitar museos internacionales mientras desconocemos auténticas joyas situadas a pocos minutos de nuestras casas.

Quizá haya tenido que ser Michael Douglas quien nos recordara el extraordinario patrimonio cultural que tenemos delante.

Y aquí es donde esta reflexión deja de hablar de un museo para hablar del futuro de Mallorca.

Durante años hemos construido una marca internacional basada —con razón— en la belleza de nuestro mar, nuestras playas y nuestro paisaje. Sin embargo, el mundo está cambiando.

Los destinos que liderarán el turismo del futuro serán aquellos capaces de combinar naturaleza, sostenibilidad, conocimiento, innovación y cultura.

Mallorca posee todos esos ingredientes.

Disponemos de museos extraordinarios, fundaciones de prestigio, patrimonio histórico, arquitectura, festivales internacionales, galerías de arte, yacimientos arqueológicos, espacios naturales únicos y una capacidad extraordinaria para atraer talento creativo de todo el mundo.

Lo que todavía nos falta es una visión común.

Por ello, me gustaría proponer la elaboración de un Plan Estratégico Mallorca Cultural 2035, impulsado conjuntamente por el Govern de les Illes Balears, el Consell de Mallorca, los ayuntamientos, las instituciones culturales, las universidades y el sector privado.

Un proyecto de isla que sitúe definitivamente la cultura como uno de los grandes pilares de nuestro desarrollo.

Ese plan podría contemplar una red integrada de museos y fundaciones, una tarjeta cultural única para residentes y visitantes, rutas culturales distribuidas por toda la isla, programas educativos para escolares, transporte específico hacia los principales espacios culturales, festivales internacionales y una promoción conjunta que convierta a Mallorca en uno de los grandes referentes culturales del Mediterráneo.

El Museo Sa Bassa Blanca debería ocupar, sin duda, un lugar destacado dentro de esa estrategia, junto con la Fundación Miró Mallorca, Es Baluard, la Serra de Tramuntana, nuestro patrimonio histórico y tantas iniciativas que, muchas veces desde la discreción, enriquecen el prestigio de nuestra tierra.

Porque si algo nos enseñan Ben Jakober y Yannick Vu es que las grandes transformaciones nacen casi siempre del compromiso de personas que creen en un proyecto mucho antes de que los demás comprendan su importancia.

La mejor manera de agradecerles ese legado no es únicamente admirarlo, sino convertirlo en inspiración para una estrategia colectiva que haga de la cultura uno de los principales activos de Mallorca.

Durante demasiado tiempo, hemos discutido cómo reducir el turismo. Quizá haya llegado el momento de debatir cómo mejorarlo.

Si Mallorca aspira a reducir la masificación sin renunciar a la prosperidad, la respuesta no pasa únicamente por limitar el número de visitantes.

Pasa también por atraer un turismo diferente: más interesado en nuestra historia, nuestro patrimonio, nuestro arte y nuestra identidad.

La cultura no es un complemento del turismo de calidad. Es una de las condiciones para hacerlo posible.

La recomendación de Michael Douglas es, en realidad, una invitación a mirar nuestra isla con otros ojos.

A comprender que Mallorca no solo debe ser admirada por la belleza de sus paisajes, sino también por la riqueza de su pensamiento, de su creatividad y de su patrimonio cultural.

Porque las grandes islas no son únicamente aquellas que la naturaleza ha hecho bellas.

Son aquellas cuyos habitantes han sabido conservar, enriquecer y compartir con el mundo aquello que las hace verdaderamente únicas.

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