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Opinión | En aquel tiempo

La herencia ‘usaca’

USA nos ha transmitido una forma de vivir, y de estar, absolutamente diferente a la europea. Por medio de los yanquis, el pragmatismo más enraizado acuñó una novísima idea societaria

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Samuel Corum - Pool via CNP / Zuma Press / Europa

Hace algunos años, desconozco la razón, edité por primera vez el palabro usaco para referirme a todo lo relacionado con Norteamérica. El origen, tal vez, si bien no sea una auténtica razón, me parece que viene del original USA, convertido en sustantivo y también adjetivo. Y tengo la impresión de que prácticamente nadie ha recogido esa invención. Pero a la hora de celebrar los 250 años del nacimiento de tal nación, pienso que se justifica tal vocablo. «La herencia usaca» es tan amplia y tan conflictiva que bien merece una reflexión, aunque sea ligera. Pienso yo, tan crítico, en general, con todo lo regalado por este país de tanta complejidad y relevancia para nuestra Europa y, no menos, para la historia moderna y sobre todo contemporánea. Como sus habitantes no cesan de recordarnos día tras día. Es, ya, una especie de manía.

USA nos ha transmitido una forma de vivir, y de estar, absolutamente diferente a la europea. Nosotros éramos discípulos de los grandes pensadores europeos, pongamos por caso nuestros escritores del Siglo de Oro, entre otros. Se trataba de una herencia en general reflexiva, de fuerte carga ideológica por reflexiva. No solo filosófica, sino también artística y muy metropolitana. Ellos añadieron ese toque «narrativo», en el que la «esencia» se doblegaba a la «existencia», el pensamiento a la vida en cuanto tal. De ahí que la literatura diera paso al cine, entre otras peculiaridades. Cuando lo usaco nos invadió, sobre todo tras las dos intervenciones bélicas, Europa estaba agonizante y necesitaba un revulsivo no solo material, su típica filosofía no acertaba a solucionar sus crisis de protagonismo histórico. Y entonces nos sobrevino, a Dios gracias, una Norteamérica poderosa precisamente por su capacidad de acción práctica y resolutiva. De la reflexión saltamos a la acción más endernida… y dejamos en el camino parte de nuestra identidad. Hasta hoy mismo. Recuerde el/la lector/a que la «sociedad del bienestar» encuentra sus raíces en ese joven país, imponiendo el dólar como esa gran moneda del planeta. Un detalle muy significativo.

Es de notar también, su herencia luterana, trasladada por los «padres fundadores», si bien de carácter muy calvinista. Pragmático y de signo «aficaista». Esta herencia encontraba sus raíces en el capitalismo usaco, tan creativo a la hora de «organizar» la sociedad… pero no menos de aumentar un clasismo de nuevo cuño. Por medio de los yanquis, es un hecho, y tras su victoria en su «guerra civil», el pragmatismo más enraizado acuñó una novísima idea societaria, ayudándonos a la creación de una «clase media», basada en una concepción de la igualdad de derechos. Otra cosa muy diferente es su contribución yanqui de una burguesía media, que bien podríamos denominar «neocapitalista», si bien con matices. Cuando, desembarcaban los soldados en Normandía, en ese mismo momento las tradiciones europeas comenzaban a temblar por el impacto de una sociedad completamente diferente a las nuestras. Es un detalle que solemos olvidar con demasiada frecuencia. Y así, no acabamos de comprender donde nos movemos desde hace tantos años. Aunque cueste aceptarlo.

Pero también es verdad que con aquellos soldados aceptamos el protagonismo norteamericano, desdibujando el esquema europeo ancestral. Tales soldados significan la subordinación de nuestra definición histórica a una forma de ver la vida mucho más dinámica y mucho menos teorizante. El «ser» europeo dejaba paso al «hacer» norteamericano: esa referencia calvinista ya comentada… y así se produjo el encuentro de dos concepciones vitales que se acabaron de confundir en la burguesía ilustrada de los europeos. Hasta llegar a la actual situación, cuando Trump ha hecho estallar las coincidencias para establecer una especie de ‘vasallaje’ doloroso y condenado al fracaso más estrepitoso. Cuando Trump desaparezca, Norteamérica seguramente retornará a sus raíces verdaderamente democráticas, tan en común con la herencia de la Madre Europa. Será así.

Es el momento de reconocer lo mejor de tal herencia positiva, en lugar de dedicarnos a una crítica feroz de todo lo sobrevenido de ese Nuevo Mundo del Norte.

No deja de ser un detalle entre significativo y curioso que el actual pontífice sea un norteamericano pasado por Latinoamérica. Ojalá este nuevo sincretismo de hecho nos haga más receptivos a estos conciudadanos del otro lado del mar. Porque, sin lugar a dudas de tal encuentro depende en gran parte el futuro del «mundo libre», a pesar de los conflictos inevitables. El distanciamiento actual solamente produce un aumento de los totalitarismos mundiales. España nunca debería contribuir a esta dolorosa situación. Muy al contrario, sumarse al reconocimiento de unas señas de identidad que, al cabo, son muy semejantes a las nuestras. Sumar siempre es positivo.

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