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Opinión | Pensamientos

El secreto mejor guardado

Mallorca ha tenido éxito partiendo de elementos modestos y mediterráneos como el aceite y el ajo

Salsa alioli

Salsa alioli / Getty Images

«El alioli es nuestro secreto mejor guardado», dice en un reportaje de Diario de Mallorca Carlos Esteban, segunda generación de la familia impulsora del Mesón Can Pedro, de Génova, un restaurante emblemático de Mallorca.

Esta frase es mucho más profunda de lo que parece: un modesto alimento es la fórmula mágica de uno de los mesones más populares y carismáticos de Palma. Una salsa, mezcla de aceite de oliva y ajo, dos ingredientes humildes, es la clave del éxito del local. Pero Can Pedro le da un toque especial, reservado, que eleva la emulsión hasta el cielo.

El establecimiento puede compararse perfectamente con la trayectoria de Mallorca en los últimos 50 años. Fue fundado en 1976 por el extremeño Pedro Esteban, uno de los miles de peninsulares que se afincaron en la isla, ligeros de equipaje, para mejorar su calidad de vida y contribuir a levantar una industria turística de primera categoría.

Sin el empuje de aquellos «forasteros» no podrían haber funcionado los hoteles, los restaurantes, el aeropuerto y las empresas de construcción y de transportes, entre otras.

Pedro Esteban, con la incansable ayuda de su esposa Ana Romera, levantó un templo de la gastronomía de la nada. En Estados Unidos un hombre con tanto empuje habría llegado a multimillonario.

La familia es otro de los pilares del éxito. Muchas de las mejores cadenas hoteleras, empresas de restauración y de servicios de las islas han nacido, crecido, y triunfado en torno a un núcleo familiar. Melià, Barcelò, Riu, Air Europa, Can Pedro… se han montado gracias a una estructura de padres, hijos, hermanos, tíos y sobrinos. Una saga, no unos socios desconocidos, ha plantado la semilla, mimado el árbol y diseñado un bosque, en algunos casos de ámbito internacional. En varios de estos negocios, como en la popular casa de comidas, participan ya las terceras generaciones. Vino nuevo en odres viejos.

Mallorca ha tenido éxito partiendo de elementos modestos y mediterráneos como el aceite y el ajo. Unas calas acogedoras y luminosas, un paisaje cautivador y sencillo, una gastronomía propia sana, sin sofisticaciones y con productos de proximidad, una cultura autóctona auténtica y con aromas del Romanticismo, una población trabajadora y acogedora (no siempre, esto último), podríamos decir que eran las virtudes de este destino.

Hablamos en pasado porque todos sabemos que la masificación ha alterado los parámetros.

¿Cuál era el secreto de Mallorca? Quizás la luz, la calma, con unas gotitas de diversión nocturna y la sabiduría ancestral de una población insular acostumbrada a adaptarse a los cambios históricos sin estridencias.

Hemos perdido la pócima mágica. Algunos residentes, osados y concienciados, organizan manifestaciones contra el exceso de visitantes y el riesgo de corrupción de espacios protegidos como es Trenc (con posado de la alcaldesa de Campos, Xisca Porquer, al estilo Ana Obregón). Nacen, o se reactivan, entidades para proteger la poca naturaleza virgen que nos queda, denunciar el gravísimo problema de acceso a una vivienda digna y salvar la lengua propia.

Sin embargo, el motor que mueve casi todas las disfunciones es la codicia. Vivimos en un capitalismo feroz y sin límites. Fracasado estrepitosamente el marxismo, la alternativa reinante es el liberalismo. Las encuestas electorales auguran que este modelo de sociedad va a más, aunque se presente con piel de cordero. El humanismo cristiano, a través del Papa León XIV, también trata de frenar la epidemia.

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