Opinión | Entrebancs
La regeneración democrática: los partidos políticos

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo / PP / Diego Puerta
En las democracias occidentales, los ciudadanos participamos en la política, en la res publica, mediante el voto cada cuatro años. Hoy por hoy, los partidos sufren una fuerte crisis de legitimidad democrática. En consecuencia, es pura palabrería proponer decálogos de regeneración democrática sino afectan directamente a un cambio profundo en los funcionamientos internos y externos de los partidos políticos.
La degradación de los partidos políticos se ha producido de modo gradual, aunque haya «explotado» ante su incapacidad de dar respuestas a las consecuencias de la crisis económica, social, cívica y política, que afecta a buena parte de la ciudadanía. El político italiano Enrico Berlinguer, símbolo de la izquierda, afirma: «Los partidos de hoy son, sobre todo, máquinas de poder y de clientelismo, con un escaso o erróneo conocimiento de la vida y de los problemas de la sociedad, de la gente; con pocas o vagas ideas, ideales o programas; con cero sentimientos y pasión civil. Los partidos han ocupado el Estado y todas las instituciones. Todas las operaciones que las diferentes instituciones y sus dirigentes realizan se hacen básicamente en función de los intereses del partido y del clan al que pertenecen». Se puede decir más alto, pero no más claro.
Simultáneamente, el clímax sociopolítico se ha enrarecido. El líder popular, Alberto Núñez Feijóo, sin proponer alternativas más allá de la bajada de impuestos, frente a los graves problemas de índole socio/económica, intenta deslegitimar al actual Gobierno de coalición (y de paso a la propia democracia parlamentaria), aduciendo una supuesta ineficacia y debilidad.
De ahí surge la preocupante pero real desafección hacia todo lo que huele a política. Los ciudadanos tienden a ubicar a todos los partidos y a los políticos en un mismo saco. Sus funcionamientos internos son opacos. Sus candidatos surgen de las voluntades de sus «aparatos». Los programas electorales son pura filfa. Y una vez concluidos los procesos electorales, los unos se instalan en el poder y otros en la oposición imposibilitando una participación real de la ciudadanía y sus diversas organizaciones en la gestión pública.
Hoy, la ciudadanía, además de votar, quiere participar. Y aunque sea una buena iniciativa, la implantación de unas primarias abiertas para la elección de los candidatos no es suficiente. Las primarias son un medio, pero el fin es la democratización interna de los partidos y la apertura real de puertas y ventanas. Ahora, no comunican un proyecto, coherente y comprensible, ni de presente ni de futuro. Por ello, es imprescindible una reforma profunda de la Ley de Partidos y su financiación, así como de la Ley Electoral.
Los partidos políticos fueron esenciales en la articulación democrática en el siglo XIX pero actualmente, en pleno siglo XXI (una sociedad compleja, plural, sometida a rápidos y profundos cambios), es evidente la crisis de los partidos convencionales. Las consecuencias de tal desafección son inquietantes: la aparición relativamente exitosa de alternativas populistas que recogen el voto de los desengañados. Véase la implantación de partidos ultras, antisistema y xenófobos, en países de honda tradición democrática. En España, la realidad política viene marcada por la irrupción de nuevas ‘marcas’, a la derecha y a la izquierda que, como mínimo condicionan la prepotencia del bipartidismo. Más allá de los sondeos electorales, están por ver sus resultados reales en las próximas elecciones donde deberán convertir en propuestas concretas.
Si queremos salir victoriosos de esta crisis política y social, necesitamos un buen gobierno y una buena oposición, estabilidad y gobernabilidad. Tenemos pendientes asignaturas que no permiten dejarlas para mejor ocasión. Debemos recuperar la política. Pero ahora ni el vigente sistema de financiación, ni el actual modelo del Estado de las Autonomías son útiles para hacer frente a los nuevos retos. Las imprescindibles reformas no pueden afrontarse desde meros mecanismos administrativos. Es imprescindible abordarlo desde reformas estructurales del Estado de las Autonomías.
A modo de epílogo, la sociedad balear tiene debilidades y fortalezas, problemas y recursos para solucionarlos, pero es determinante la manera de afrontarlos y de ello dependerá en gran parte la confianza que esta sociedad tenga en los proyectos políticos, como alternativas estratégicas diferenciadas. En definitiva, los «liderazgos políticos y sociales», como exponente de una sociedad fuerte estructurada participativa y solidaria serán claves para que podamos asumir una mayor calidad de vida.
Concluyo como empecé: no hay regeneración democrática sin su correspondiente regeneración de los partidos políticos. Acudo una vez más a Berlinguer: de tal regeneración «depende la posibilidad de que se recupere la confianza en las instituciones, la gobernabilidad del país y el mantenimiento de la democracia».
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