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Cuando la música puede ser un suplicio

Feli Marcos, en el centro. / A. F.
Hace unas semanas, una amiga entrañable, Feli Marcos, me invitó a merendar a su casa, un acto social que me encanta y que se va perdiendo. Su piso, en el passeig Sagrera, en un edificio obra del arquitecto Bennàzar, está cargado de historia y de belleza, por fuera y por dentro.
Antes de subir -eran las 7 de la tarde- me sentí aturdida por un sonido-vibración muy molesto, hasta el punto de que me resultaba casi insoportable. Le pregunté a otra amiga, Esperança Lliteres, también invitada, experta en soportar agresiones ambientales en Santa Catalina, con la que coincidí en la entrada. - ¿De dónde viene ese ruido inaguantable? - Del Parc de la Mar, me dijo.
No me lo podía creer. Fui a comprobarlo y así era. Se habrán fijado en que, en los últimos dos años, instalan muy a menudo jaimas de plástico blanco en el entorno del lago del parque. Albergan ferias, a veces de temática específica como la de piratas, de emprendedoras, marinera, de gastronomía, de tapas..., algunas con nombres crípticos como la Be Palma... Entra dentro de los planes, a veces equivocados, de dar vida a la ciudad. Y, claro, esos eventos van acompañados de música que, mientras te alejas de allí, se va transformando en un zumbido vibrante que penetra en el cerebro y es un suplicio. Un suplicio para cualquiera, y especialmente para quien vive en la zona. En este caso, estaríamos hablando de una agresión casi institucional, porque dichas ferias suelen estar promocionadas y por supuesto autorizadas por el Ayuntamiento de Palma.
Pero esa violencia ambiental también la ejercen particulares jaraneros. Sé que hay mucha gente para quienes pasárselo bien es hacer ruido y beber alcohol, preferentemente por la noche y rodeada de mogollón de personas.
La música, que desde la distancia se percibe solo como un «chumpa chumpa» aturdidor, forma parte de ese ruido imprescindible para colmar de alegría a unos pocos que se creen en su derecho de ocupar las calles, plazas, playas, parques y ahora, lo que faltaba, el mirador de la Seu.
Can Pere Antoni no se libra de la marea humana que, un tanto aborregada, lleva sus manías llenas de adicciones a lugares que, a determinadas horas, deberían ser fuente de sosiego.
Por si no hubiera suficientes bares, cafeterías, restaurantes, discotecas y salones de juego, la mayoría con terrazas, ahora resulta que toda la ciudad puede ser víctima de ese afán enfermizo de pasárselo bien, solo de esa manera.
Parece ser que la normativa de civismo, la de ruidos, la del botellón, la de ocupación del espacio público, la de limpieza, no sirven, no se aplican o simplemente se ignoran.
La ciudad no debe dar más pasos atrás. Lo que ha saltado a los medios de comunicación de las fiestas ilegales en can Pere Antoni y el entorno de la Catedral, debería quedarse en un caso aislado y ya pasado. El orden y el respeto a veces ha de imponerse, y los responsables municipales deben hacerlo. Respecto a los excesos de las ferias con altavoces molestos, esos mismos responsables los deberían eliminar.
Ah, la merienda en casa de Feli, surtida y elegante, fue un placer. Como colofón, subimos a la terraza de la finca y nos hicimos una foto ante la maravillosa Seu de Mallorca. Eso sí, para charlar nos tuvimos que mudar a la salita trasera porque aquel zumbido de la feria del Parc de la Mar, que se hundía en el tímpano, se notaba persistente en el interior de su comedor.
Esta mujer menuda, luchadora tenaz, cargada de razón, defensora histórica del barrio de la Lonja, merece respeto y atención a sus reivindicaciones. Las mejoras serán para toda la ciudadanía y también para nuestros visitantes.
Dicho lo cual resulta increíble que se haya impuesto una multa por haber colocado unas pancartas contra la tortura del ruido en ese preciso barrio, sa Llotja. Unas pancartas educativas, inocentes, respetuosas y cívicas, además de caras, por la calidad de las mismas. Si la ubicación no estaba ajustada a normativa, fue desproporcionado enviar a los bomberos a retirarlas. Hablando y escuchando se hubiera llegado a una solución. La actuación municipal fue desmedida y la multa impuesta a la asociación de la barriada y anunciada estos días, un escándalo. Escándalo agrandado por el hecho de que los incumplimientos de algunos negocios de la zona son constantes y no son multados más que es muy escasas ocasiones. Sanciones que no sirven ni para corregir ni para disuadir.
Señoras y señores responsables municipales: convendrán conmigo en que las buenas formas han de ser el camino para la convivencia y la mejora social ¿verdad? Pues esas son las formas de quienes colgaron una inocentes y expresivas pancartas. Se preocupen por el fondo de la cuestión, solucionen los problemas y no creen más.
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