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Opinión | Tribuna

Jordi Cubain Arenas

Jordi Cubain Arenas

Profesor de marketing

El ciclo del olvido ante la tragedia

La noticia termina, pero las personas que la protagonizan siguen allí, intentando reconstruir su vida

Tareas de reconstucción y salvamento en La Guaira (Venezuela) por el doble terremoto del 24 de junio (imagen de archivo)

Tareas de reconstucción y salvamento en La Guaira (Venezuela) por el doble terremoto del 24 de junio (imagen de archivo) / Europa Press/Contacto/Mario Flores

Dos terremotos han sacudido Venezuela y, durante unas horas, desgraciadamente el país ha ocupado la primera línea de los informativos. Hace apenas unas semanas, eran las imágenes de Gaza las que monopolizaban las portadas. Antes, la guerra de Ucrania. Y dentro de unos días, probablemente otra catástrofe natural, un atentado o una crisis humanitaria captarán nuestra atención. Cambia el escenario, pero el comportamiento de la opinión pública suele ser sorprendentemente parecido.

¿Por qué unas tragedias parecen conmovernos intensamente durante unos días o semanas y después desaparecen casi por completo de nuestras conversaciones? La respuesta no está únicamente en la sensibilidad humana, sino en cómo funcionan los medios de comunicación y en la forma en que procesamos la información.

En comunicación, es muy conocido el trabajo de Johan Galtung y Mari Holmboe Ruge, quienes identificaron los llamados criterios de noticiabilidad. Según estos autores, una noticia tiene más posibilidades de ocupar portadas cuando reúne determinadas características: es inesperada, afecta a muchas personas, genera un fuerte impacto emocional, ofrece imágenes potentes y puede resumirse en un relato fácil de comprender. Un terremoto, una guerra o una gran inundación cumplen prácticamente todos esos requisitos. Son, por definición, noticias de alto impacto.

Sin embargo, que un acontecimiento llegue a la portada de un diario como este, no significa que permanezca en ella. Para entender ese proceso resulta especialmente útil el Issue-Attention Cycle, desarrollado por el politólogo Anthony Downs en 1972. Su modelo explica cómo la atención pública hacia los grandes problemas sociales evoluciona siguiendo un patrón bastante estable.

La primera fase es la preocupación previa: el problema existe, pero apenas ocupa espacio mediático. Después llega el descubrimiento alarmado, cuando una imagen, un bombardeo o un terremoto desencadenan una explosión de cobertura informativa y solidaridad. Es el momento en que aumentan las donaciones, las campañas humanitarias y las búsquedas en Internet.

A continuación, aparece una tercera etapa menos visible: la sociedad comprende que resolver el problema será lento, complejo y enormemente costoso. La emoción inicial comienza a desgastarse. Entonces llega el declive del interés público. No porque la tragedia haya terminado, sino porque otra noticia reclama nuestra atención. Finalmente, el problema entra en una fase de postproblema: sigue existiendo, continúa causando víctimas y necesidades, pero ya no forma parte de la conversación cotidiana.

Basta observar cualquier conflicto reciente. Ucrania continúa sufriendo ataques. Gaza sigue inmersa en una crisis humanitaria. O la siniestra, dana que asoló unos pueblos de Valencia. Tras los terremotos, Venezuela necesitará meses o incluso años de reconstrucción. Sin embargo, la atención mediática se aleja mucho antes de que desaparezcan las consecuencias.

La profesora Susan Moeller sostiene que la exposición constante a imágenes de sufrimiento acaba provocando una especie de fatiga emocional. No dejamos de sentir compasión porque seamos peores personas; dejamos de reaccionar con la misma intensidad porque nuestro cerebro desarrolla mecanismos de protección frente a un flujo continuo de tragedias.

En cierto modo, las noticias también tienen un ciclo de vida, muy parecido al de cualquier producto. Nacen con enorme fuerza, alcanzan un pico de atención, entran en una fase de madurez y terminan siendo sustituidas por otra novedad. El mercado de la información vive de captar atención, y la atención siempre busca lo nuevo.

Quizá ahí resida la gran paradoja de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanta información sobre el sufrimiento ajeno y, sin embargo, nunca había sido tan fácil olvidarlo. El desafío no consiste únicamente en informar cuando ocurre una tragedia, sino en encontrar formas de mantener vivo el interés cuando las cámaras se marchan. Porque la noticia termina. Pero las personas que la protagonizan siguen allí, intentando reconstruir su vida mucho después de que el resto del mundo haya pasado página.

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