Opinión
Otro mundo

Un hombre saca su tarjeta de crédito delante del cajero. / Prensa Ibérica
Durante la Guerra Fría, la primera diferencia entre el Este y el Oeste estaba en el control sobre el ciudadano. En el Oeste primaba la libertad, salvo si el ciudadano era sospechoso de estar al servicio de una potencia extranjera. En el Este, cualquier ciudadano era sospechoso por el mero hecho de estar vivo: la vigilancia era total. Una reminiscencia de todo eso ha quedado en el control de pasaportes, fronteras y demás, aunque en el Oeste sea –o era– apenas existente en comparación con el Este. Con una excepción: los hoteles.
Cuando llego a un hotel y me piden el DNI y que firme esa ficha que, dicen, han de pasar a la policía, me siento en una novela de John Le Carré. Y si me piden la tarjeta de crédito, ya me siento tratado como un delincuente robaperas. Como uno tiene memoria de lo que fue, practico toda clase de resistencias, siempre irónicas, educadas y desconcertantes para los empleados (peor están ellos, pienso, pero los miro y parecen muy satisfechos con su diminuta parcela de poder).
Lo mismo hice cuando nos pusieron los controles aeroportuarios –escribí varios artículos al respecto animando a la resistencia–, pero lo único que debí causar fueron unas risotadas y todo ha seguido igual o peor: muy pronto en manos de robots. Como estamos ahora en manos de los llamados códigos QR.
–Perdone, ¿no tienen periódicos en este hotel?
–Por supuesto, caballero (y cada vez que oigo el término caballero, me doy la vuelta por si le están hablando a alguien situado detrás de mí, montado a caballo, además).
–Mire usted el código QR y le aparecerán en su móvil: los periódicos, caballero (lo de caballero debe de crear adicción).
Cuando llega este momento, pliego velas. Si le explico al joven que me indica las ventajas de la cibernética que mi móvil es analógico, o sea antediluviano, y que con el código QR prefiero no mantener relaciones, no solo le va a costar creerme, sino que me va a tomar por loco. Por no decir que luego lo comentará con sus compañeros y compañeras de trabajo y mientras yo esté en ese hotel me mirarán raro: el chiflado del móvil, sin wasap, ni internet. (Dejo para otro día lo de las cartas en restaurantes)
Debió de ser por eso que tuve una alegría no menor cuando leí hace poco la noticia de que el cliente de un hotel presentó en recepción un pasaporte de la República de Menda Lerenda. Tan feliz. No se lo aceptaron. Discutieron, empeñado él en que esa era su auténtica filiación. Y como el sentido del humor empieza a presentar graves síntomas de estar en peligro de extinción, acabó llegando la policía, previa llamada de un conserje.
No sé dónde durmió el ciudadano de la República de Menda Lerenda, pero sospecho que no en aquel hotel. Lo que sí va pareciendo es que el sentido del humor es sospechoso –el humor es fascista, decía la propaganda del bando izquierdista en la Guerra Civil– y que de la misma manera que las normas, multas, normativas y penalizaciones nos asedian por todos los flancos, la autodefensa irónica es algo a extinguir: una agresión imperdonable. Podemos vivir en la República de Ikea o en el Reino de Sildavia, pero ojo con las ocurrencias que uno nunca sabe cómo pueden acabar.
Hace varios años, a un buen amigo mío, el lector de tarjetas de embarque se le resistía a leer la suya. Pitaba y pitaba y la señorita encargada dijo algo como «si sigue así, no podrá embarcar». Y lo dijo en serio. Mi amigo, molesto, bromeó: «quizá sea un peligroso terrorista y la máquina me reconoce». Esto, que años atrás habría continuado con otra broma de mejor o peor gusto, lo zanjó aquella señorita diciendo: «si sigue así, llamo a Seguridad». Lo dicho.
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