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Opinión

Àlex Volney

Àlex Volney

Escritor y librero

Abrazando el árbol

Una cigarra con su muda vacía

Una cigarra con su muda vacía / J. Cano

Esperas que todo pase. Caminas rodeado del frenético canto canicular de ofrenda a la luz, por no decir al fuego. Lafontaine premió, con su buenismo, a las ladronas hormigas su obsesión por el hurto continuo. Si el silencio es real casi las puedes oír correr por la cocina... ¿de dónde cojones salen esas pequeñas y rubias que se paran a hablar en grupo? Las fábulas nacieron, por principio planiano,de las interminables mentiras de los poetas que les atribuyeron «la astucia de las cajas de ahorro»…sin piedad. El mismo autor francés dejó a la cigarra el papel falso del heredero trepa y únicamente interesado en no dar golpe y es que a estas que tienen tan mala fama ya hace semanas que se las puede oír en toda la isla, este año han movido su canto bien pronto, aunque es llegar julio y consolidar el monótono y clásico concierto. Más en los pinares, en la sequedad verde que aromatiza la noche cuando el sol hace unas horas que se ha retirado. Hasta las abejas vuelan sin ganas y hasta su hermoso hilillo de zumbido queda mudo ante la absoluta barbaridad del canto aburrido de la cigarra.

Es el animal del verano ya suficientemente poetizado. Los campos exhalan los aromas de la siega, los que van quedando, mientras este bicho se pasa el tiempo abrazado al árbol con cuerpo y ala y con la trompita que pincha la corteza y va succionando toda la salvia que puede. Es un canto que realmente es un llanto vegetal. Si te encuentras una, sale pitando con sus ojos desorbitados muy salidos. Un color que las mimetiza absolutamente. Casi no tiene tripas, un auténtico aparato seco de cartílagos y membranas que meten todo ese ruido y que, al callar, nos marcan la auténtica frontera entre el día y la noche aunque nos acerquemos ya a las últimas horas. Una cajita de música, vacía de peso pero vibrante hasta la extenuación. La atmósfera frenética que generan, si no fuese cíclica y sinónimo de verano, sería definitiva y totalmente manicomial. Pero, a pesar del canto cansino, son señal inequívoca de obligada pausa o descanso anual, vuelves de la playa con la toalla por la cintura y repites la misma liturgia de cuando eras un crío y eso ya es mucho. Agua de mar, parar las inercias de todo un año, leer libros por placer, permanecer horizontal aunque sea a merced de esta maldita criatura.

Bien al contrario de la fábula, trabaja de sol a sol y un rato más buscando su petróleo en los árboles con su individual esfuerzo, mientras la hormiga que forma parte de grandes corporaciones, a veces auténticas multinacionales (han encontrado túneles que cruzan el Mediterráneo), desvalijan el entorno para luego acabar ofreciendo crédito y fama de emprendedora. Nuestro parásito protagonista, según la clase, vive de dos a diecisiete años. Suele dormitar cerca de las raíces alimentándose de ellas cuando son ninfas. Subirán hacia los tallos y las ramas más tarde. Sus huevos caen a tierra para trepar luego a través de túneles desarrollando las alas y los genitales. Se aparean, llega el calor y vuelven a parasitar los troncos para sobrevivir. Es el único modus vivendi que tiene su particular diccionario. Una vida curiosa para tanto ruido. La banda sonora del verano más nuestro.

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