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Opinión

Sánchez cae, pero Feijóo también

El desplome del presidente del Gobierno es previsible y tal vez más atenuado de lo que sería de esperar, quizá por la inexplicable bajada simultánea de su rival

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, mientras llega a intervenir el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, mientras llega a intervenir el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. / Eduardo Parra

Contratar un sondeo para determinar la caída de Pedro Sánchez es innecesario. Sin embargo, solo la reiteración de las encuestas obliga a concluir que la erosión irremediable del PSOE conlleva un proceso simultáneo de desgaste de su única alternativa. Únicamente un milagro, de los religiosos, sostendrá en la Moncloa a su actual residente. Pese a esta situación propicia, Núñez Feijóo se desinfla.

Visto del revés, Sánchez se dispone a ser derrotado por el peor candidato imaginable. En tiempos de Mundial, no es necesario demostrar que basta con el descrédito de un combatiente para dañar al prestigio global de la contienda. Una vez establecida la hipótesis de que el bipartidismo vuelva a estancarse, y de que tampoco cabe esperar milagros de la desfalleciente izquierda radical, las subidas se concentran en los partidos de ámbito regional y en la ultraderecha. Crece la proporción de Vox en el cóctel español.

Feijóo todavía no ha sorprendido ni una sola vez. Confía en la inercia, es el único candidato que ha desaprovechado la primera plaza entre las fuerzas más votadas en una selecciones generales, en julio de 2023. Los analistas más misericordiosos anteponen la pujanza de Vox a la marcha renqueante del PP, pero tampoco cabe descartar que la decepcionante exhibición del líder popular disperse los apoyos entre sus vecinos. El fulgor elimina a los satélites.

Cambiando de perspectiva, la coherencia de las encuestas entre sí y con los resultados obtenidos en las cuatro elecciones autonómicas recientes demuestra un hundimiento consolidado del PSOE, junto a la insignificancia de la izquierda. El panorama cimenta sobre todo la extrema dificultad de revertir la situación. La coartada esgrimida desde el periodo de reflexión de 2024 consiste en que Sánchez frenaba heroico la llegada de la ultraderecha al poder. Ahora mismo, los socialistas están inflando la amenaza que suponía la única excusa para su continuidad. Véanse los resultados de las exministras Pilar Alegría y María Jesús Montero. Treinta nuevos imputados en una semana también ayudan.

En el último festín federal de su partido, Sánchez se felicitó sin ruborizarse de las supuestas medidas implantadas para frenar la corrupción. El lawfare queda desmentido por la pereza intrínseca de la gran burocracia pero, en caso de admitir una campaña reaccionaria de los funcionarios de élite, el PSOE les ha simplificado el trabajo. Como mínimo, Ferraz ha implantado una pésima política de recursos humanos. El líder socialista crea el caldo de cultivo idóneo para que florezca el ectoplasma PP/Vox, incluidas las joyas millonarias de Zapatero. A continuación, el envenenador se erige en paladín para desactivar a los monstruos que ha creado.

No se despide a un entrenador solo porque el equipo va mal, sino para evitar que la situación empeore. Sánchez ha diseñado una arquitectura en la que ninguna responsabilidad política exigiría una respuesta radical por su parte, y mucho menos un sacrificio. Si desapareciera Vox, una propuesta más improbable que la caída del bipartidismo, el presidente del Gobierno se limitaría a afirmar que el PP es tan amenazante como la antigua extrema derecha, dado que la ha engullido.

Resulta inverosímil que Vox desaparezca con Feijóo al lado, es el vecino ideal. No se ha examinado con la intensidad suficiente el peso de la pereza en la política contemporánea española. Ni el presidente del PP ni Abascal muestran el empuje imprescindible para forzar un recambio, tampoco cuando exigen el anticipo electoral. El líder de la ultraderecha ni siquiera agota el tiempo previsto en sus intervenciones del Congreso para insultar a Sánchez. Frente al ejemplar estajanovismo sobrevenido de las entidades policiales, fiscales y judiciales, los hipotéticos beneficiarios de un descalabro del Gobierno están más concentrados en disfrutar de unas vacaciones reparadoras.

A Feijóo le asusta Sánchez, es una fobia unipersonal. Por eso, Miguel Tellado no celebra el triunfo en las andaluzas exigiendo en la misma noche del domingo de urnas un anticipo electoral, sino demandando la dimisión del presidente del Gobierno. El PP necesita subcontratar la papeleta de desembarazarse del actual inquilino de la Moncloa. Esta debilidad intrínseca de la derecha es percibida por un electorado educado en la sabiduría de las multitudes, y abona la desconfianza colectiva.

El miedo a Sánchez ha vetado la detonación de una moción de censura. Se concluye de antemano que la victoria numérica es imposible, y Feijóo declara que no desea aportar «un balón de oxígeno» al político que le aterroriza. En realidad, la victoria de la derecha estaba prácticamente garantizada. El PP no alcanzaría la cota de la mayoría absoluta de 176 diputados que requiere la impugnación efectiva del Ejecutivo, solo materializada por el actual presidente en 2018. Sin embargo, podría garantizarse una mayoría insuficiente pero que dejaría desnudo al PSOE.

La legislatura más extraña de la democracia se ha inundado de evidencias no materializadas. Pese a todo, Feijóo deberá resignarse a que un día se verá obligado a medirse a Sánchez. Y al siguiente, tendrá que unirse en sagradas nupcias a Abascal.

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