Opinión | La suerte de besar
Las personas del 2x1

Las personas del 2 x1 / .
La escena transcurre así: madrugada, trajes de fiesta, taconazos, camisas abiertas, torsos trabajados, melenas ellas, flequillos lacios ellos. Todos guapos. Se acercan a la fila, a la fila eterna, caminan con paso firme y sonrisas profident. El guarda de seguridad les observa, se ajusta el pinganillo que lleva en la oreja, asiente con la cabeza y les abre la catenaria de terciopelo rojo. Bienvenidos, dice. El grupo de los elegidos pasa como una exhalación por delante de todos, dejando atrás su fragancia con toques de almizcle y pachuli. Siempre quise pertenecer a ese selecto club y, en cambio, soy la que calza unas deportivas, se abanica con un flyer que le ha dado un relaciones públicas de un local y se dispone a hacerse la simpática con el portero para conseguir un 2x1 en las entradas de la disco. Hay personas a las que les abren paso y otras que hacemos cola.
Me gusta observar los gestos que transmiten triunfo y éxito. Entrar en un restaurante y que te conozcan por tu nombre, que te guarden la mesa de siempre, que sepan que eres alérgica al ajo y el punto al que te gusta la carne es uno de ellos. No tener la necesidad de comparar precios o tener que esperar a las rebajas para regalarte un capricho es otro. Puede que sea por mi deje cinéfilo, pero la imagen de un cliente saliendo de un local y recibiendo las llaves de su coche en la puerta derrocha exitazo. De momento, nada de esto me ha sucedido, aunque todo se andará.
Con este calor que cae sobre nuestros cuerpos como si fuera una losa de cemento, minimizo mi actividad. Estoy horas tumbada en el suelo de mi salón y pienso. O lo intento. El otro día pasé lista a situaciones que, para mí, supondrían logros vitales. Uno de ellos sería llegar a los sitios sin tener que utilizar el coche. El vehículo, y todo lo que ello conlleva, incide pésimamente en mi calidad de vida. El fin de semana pasado, sin ir más lejos, fui a darme un baño a una playa cercana a las 8 de la mañana y tuve que volver a casa por no encontrar una plaza de aparcamiento. Es más, dos conductores se insultaron mutuamente por el último espacio libre. Una locura sin sentido.
Otra maravilla sería no tener la necesidad de saber en qué día me encuentro. Esa sensación que se logra cuando estás a punto de finalizar las vacaciones y en la que da igual si es lunes, jueves o domingo es bienestar en mayúsculas. Como lo es no tener la obligación de usar un despertador y poder dormir a pierna suelta y a demanda. Me sentiría triunfante si pudiera desayunar cada día un pedazo de sobrasada de mi amiga María o un trozo de jamón ibérico sobre un trozo de pan mallorquín y un buen chorro de aceite de oliva. Empezar el día con estas delicatesen es éxito existencial asegurado.
Querría ser la mujer glamurosa a quien abren la catenaria para cederle el paso gratis, pero la realidad es la que es. Soy de las que soportan el calor tumbada en el suelo imaginando que, en mis próximas vacaciones, no conduciré, dormiré y disfrutaré de la gastronomía más esencial. Nada mal.

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