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Opinión | Tribuna

Victòria Ramos

Victòria Ramos

Secretaroa d'Igualtat Agrupació Socialista de Palma

Todo está en juego

Imagen de un feto de siete meses

Imagen de un feto de siete meses / Agencias

No hace falta derogar una ley para vaciarla de contenido, basta con rodearla, ley a ley, hasta que quede hueca. Eso es lo que está en juego con la llamada «ley del concebido no nacido», aprobada en Madrid y que Alberto Núñez Feijóo ya ha prometido extender a toda España si llega a la Moncloa.

La norma, dicen sus promotores, es inocente: reconoce al feto como miembro de la unidad familiar para acceder antes a becas, ayudas al alquiler o comedor escolar. Nada que roce, insisten, el derecho al aborto. Pero el feminismo lleva décadas aprendiendo a leer entre líneas de las leyes que dicen no tocar nada, y lo que hay entre líneas aquí es una ficción jurídica peligrosa: la idea de que el feto es sujeto de derechos propio, separado y autónomo del cuerpo que lo gesta.

Ese es exactamente el andamiaje conceptual que necesita cualquier ofensiva futura contra la interrupción voluntaria del embarazo. Primero, se normaliza la personalidad jurídica del no nacido en un terreno aparentemente inofensivo. Después, ese precedente se invoca para argumentar que el Estado tiene la obligación de «proteger» al nasciturus también donde de verdad duele: en la decisión de una mujer sobre su propio cuerpo.

No es una lectura paranoica, es la antesala de lo que ya hemos visto repetirse a lo largo de la historia, cuando se trata de retroceder en derechos las mujeres somos un flanco recurrente. El propio Ministerio de Igualdad estudia recurrir la norma ante el Tribunal Constitucional por su posible colisión con la ley de salud sexual y reproductiva. Vox ha condicionado su apoyo presupuestario a que esta «prioridad» se extienda a todo el país. Nada de esto es casualidad, es pura estrategia.

El control sobre nuestros propios cuerpos no fue una concesión: se arrancó a base de lucha, de clandestinidad, de mujeres procesadas y de generaciones enteras que pelearon para que la reproducción dejara de ser un mandato del Estado, la Iglesia o el marido. Cada retroceso, por pequeño que parezca, reabre esa herida histórica.

Basta mirar fuera de nuestras fronteras para saber adónde conduce este camino. En Estados Unidos, la caída de Roe v. Wade no llegó de golpe: llegó tras décadas de leyes «menores» que fueron redefiniendo al feto como persona en seguros médicos, en delitos de tráfico, en herencias. Hoy, mujeres estadounidenses mueren por abortos espontáneos tratados como sospechas criminales.

Ese no es un escenario de ciencia ficción: es la distopía que El cuento de la criada imaginó hace casi cuarenta años, cuando Margaret Atwood advirtió que el control reproductivo sería siempre la primera trinchera de cualquier proyecto que buscara disciplinar a las mujeres. No es casualidad que esa novela vuelva a ser best seller en cada oleada de retroceso: reconocemos el patrón cuando lo vemos.

Cuando la derecha promete «una ley nacional del concebido no nacido» no habla solo de ayudas fiscales, marca un terreno ideológico y prepara el lenguaje jurídico para una batalla mayor. Todo está en juego: nuestro cuerpo, nuestra autonomía, décadas de derechos que dábamos por asentados y que hoy vuelven a tambalearse.

La vigilancia feminista no es alarmismo, es memoria histórica aplicada. Sabemos cómo empiezan estos procesos. Por eso, ahora más que nunca, toca estar atentas, estar activas, y no ceder ni un centímetro del terreno que tanto costó ganar.

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