Opinión | Tribuna
Ciudadanos latentes, ciudadanos evidentes

Un grupo de migrantes en una playa británica. / GARETH FULLER / DPA / EUROPA PRESS
El proceso de regularización que, desde hace meses, se está llevando a cabo en España, ha dejado al descubierto una obviedad: la cantidad de estudios sobre la realidad económica, demográfica y social española que estaban, en buena parte, equivocados. Por no decir que eran papel mojado: nunca tuvieron en cuenta el más de un millón de personas que, silentes, trabajan y habitan en nuestro país. Al margen de toda estadística y suposición. Tal es la realidad. Con un agravante: sin ellos, buena parte de nuestro sector primario y de servicios no podría funcionar.
Las organizaciones empresariales llevan años denunciando la precariedad que viven sus afiliados cuando se deciden a contratar personal. Máxime en zonas turísticas isleñas, como los dos archipiélagos, el canario y el balear. Ya no se encuentra mano de obra dispuesta a «echar horas»: la primera pregunta en los procesos de selección suele ser, por parte del aspirante, el sueldo. Si no es competitivo, - y aquí viene el otro gran debate, si se están ofreciendo sueldos a la altura del nivel de vida del territorio - se autodescartan del proceso. La respuesta fácil sería «que los empresarios suban los salarios». Podría ser. Pero en un país con una de las mayores cargas impositivas de la Unión Europea - si exceptuamos Suecia y, probablemente, Francia - dicha ecuación empieza a ser asaz compleja.
La clase política debe iniciar una reflexión. De entrada, no puede demonizar a los recién llegados, tan solo por el color de su piel, acento o costumbres. Porque suelen ser ellos los que ponen alquitrán en las carreteras, levantan estructuras residenciales o arreglan aceras. A la par que limpian habitaciones diarias en los establecimientos hoteleros , o ejercen de camareros en eventos y bodas organizadas por caterings de nivel. Es un ejercicio de miopía notable. Pocas reformas de hoteles se habrían llevado a término en los últimos años sin el concurso de la fuerza de trabajo migrante. Así como pocas carreteras, rotondas y autovías se hubiesen podido realizar. Por una razón muy sencilla: los hijos de familias catalanas, canarias, mallorquinas no quieren ir a la obra. Sus progenitores han encaminado sus destinos profesionales hacia otras labores, quizás menos pesadas, pero posiblemente más prescindibles en el futuro, inteligencia artificial mediante.
Nadie debería culpar a los eslavos de la antigua Europa del Este, africanos subsaharianos o suramericanos por querer progresar en Europa. Y, menos aún, responsabilizarlos de la situación de masificación que viven las capitales y zonas turísticas nacionales. No deberíamos caer en la trampa que intentó cierto sector de la sociedad alemana, culpando al mestizaje del ocaso del fútbol alemán en el campeonato mundial de fútbol masculino que se celebra en América. Suerte que una leyenda como puso las cosas en su sitio: «No digan bobadas: nos eliminó una pandilla de mestizos». Y se acabó el debate.
Lo que sí se debería es cambiar de mentalidad. Y asumir de una vez por todas que, Europa, en un futuro no tan lejano, será una mezcolanza de colores, religiones y etnias o, sencillamente, acabará siendo una colonia de la superpotencia de rigor. Llámese Estados Unidos, China o, veremos, esa India que surge en el horizonte. Téngase en cuenta que, de seguir reivindicando ese continente blanco e impoluto, deberemos decirles a nuestros hijos que dejen de estudiar. Y aprendan a amasar cemento o colocar conos en la autopista. Quizás entonces sepamos lo necesarios que son los emigrantes para nuestra sociedad.
P.D.: Este artículo ha sido escrito pensando en Venezuela. La necesidad de un consulado honorario en Illes Balears se pone de relieve tras episodios como el de hace dos semanas.
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