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Opinión | Tribuna

José García Relucio

José García Relucio

Secretario General FeSMC-UGT Illes Balears

Firmar para proteger: el valor de defender a quienes levantan la hostelería de Balears

Se cumple ahora un año desde la firma del Convenio de Hostelería de Balears

Se cumple ahora un año desde la firma  del Convenio de Hostelería de Balears

Se cumple ahora un año desde la firma del Convenio de Hostelería de Balears

El turismo en nuestra comunidad autónoma se sostiene gracias al esfuerzo diario de más de 160.000 profesionales. Al cumplirse un año de la rúbrica del XVII Convenio Colectivo de Hostelería de las Illes Balears, es de justicia analizar la trascendencia de un marco normativo que el sindicato UGT tuvo la determinación y la responsabilidad de firmar en solitario, asumiendo el liderazgo de proteger a las plantillas en un momento socioeconómico crítico.

Aquel acuerdo alcanzado en julio de 2025 no fue una concesión gratuita, sino el resultado de la movilización legítima y de la firmeza de las plantillas en defensa de sus condiciones de vida de la clase trabajadora. En un territorio castigado por una crisis habitacional sin precedentes y una inflación que encarece la cesta de la compra diaria, la firma en solitario por parte de FeSMC-UGT Illes Balears evitó un escenario de bloqueo laboral. El tiempo ha dado la razón a aquella apuesta: el incremento salarial del 4% aplicado el pasado 1 de abril que se suma al 6% del año anterior ha blindado de forma efectiva los salarios. Gracias a la cláusula de revisión técnica vinculada al IPC impide que los trabajadores pierdan terreno frente al coste de la vida en el archipiélago.

Más allá de las tablas salariales, el gran avance de estos doce meses radica en la conquista de derechos laborales intangibles pero vitales para la salud física y mental de las plantillas. Y para el colectivo de fijos discontinuos, el corazón de nuestra industria, las mejoras en los llamamientos y la consolidación de periodos de actividad que pueden llegar hasta los nueve meses garantizados al año ofrecen una estabilidad que es una quimera en otros destinos estacionales.

Hablar de la hostelería balear nos obliga a poner cara, nombre y apellidos a su columna vertebral: las camareras de pisos. Este colectivo, que arrastra históricamente una altísima carga de trabajo físico y dolencias crónicas derivadas de la actividad, se sitúa en el centro neurálgico de los derechos conquistados. La dignidad de su profesión exige el fin de los ritmos extenuantes y el respeto a la salud laboral. Por ello, las medidas de control de las cargas de trabajo, la obligación patronal de preavisar los turnos quincenales con diez días de antelación son herramientas esenciales conseguidas en este texto para blindar su bienestar físico y familiar.

La realidad social de las Illes Balears nos exige huir de los análisis centralizados y mirar hacia las peculiaridades de cada territorio. Las camareras de pisos y los ayudantes de cocina se enfrentan a los mismos retos en los grandes centros turísticos de Mallorca, que en las plantillas de Menorca, Ibiza y Formentera o de donde la estacionalidad es más corta e intensa un desafío extremo que se extiende también a la realidad ultraperiférica es un acto de estricta justicia distributiva para cohesionar nuestras islas.

Sin embargo, los avances logrados en las mesas de negociación contrastan dolorosamente con una realidad social que debería sonrojar a los poderes públicos y a las patronales de las islas. Es una auténtica vergüenza democrática que, en la comunidad con mayor rentabilidad turística por habitación, haya trabajadores del sector que se vean obligados a malvivir en tiendas de campaña, chabolas o remolques. El drama habitacional que sufren nuestras islas ha expulsado a la clase trabajadora de las viviendas dignas. No podemos normalizar que un camarero o una limpiadora, tras jornadas extenuantes sirviendo el lujo de este archipiélago, terminen su día durmiendo sobre un colchón inflable en un descampado o bajo el plástico de una lona en un asentamiento precario. Una sociedad que presume de excelencia internacional no puede cimentar su éxito sobre el barraquismo y la exclusión residencial de sus propios productores.

Celebrar el primer aniversario de este acuerdo laboral nos recuerda que el éxito económico de Balears carece de sentido si no genera prosperidad social. Quedan ya menos de dos años de vigencia del convenio hasta 2028. La firma en solitario de UGT no fue un punto de llegada, sino un mandato de vigilancia diaria en cada comisión paritaria. La paz social no es un cheque en blanco para el inmovilismo patronal; es la exigencia firme de que los beneficios millonarios del sector turístico se sigan redistribuyendo con justicia hacia las manos trabajadoras que, atendiendo a los clientes, limpiando habitaciones, sirviendo mesas o cocinando, hacen de nuestras islas un destino referente en todo el mundo.

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