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Opinión | Tribuna

«Acuérdate de que todos los hombres serían tiranos si pudieran»

Cuadro que representa la presentación al Congreso del documento que establecía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

Cuadro que representa la presentación al Congreso del documento que establecía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. / Declaration of Independence (1819), by John Trumbull

En estos días se ha hablado y escrito mucho sobre los 250 años de la Declaración de independencia de los Estados Unidos. Yo quiero recordar algunos momentos no tan luminosos. El título es parte de una carta escrita por Abigail Adams, esposa de John Adams, uno de los Padres Fundadores de EE UU y segundo presidente de ese país —fue también madre de otro de los presidentes, John Quincy Adams—. Se la escribió a su marido mientras este asistía al llamado Congreso continental, en el que 56 hombres —todos blancos propietarios e instruidos— redactaron la muy famosa Declaración de Independencia. Ese período histórico lo recoge muy bien una serie documental producida por Tom Hanks.

En mi opinión, sí es cierto que el segundo párrafo de esa Declaración es importantísimo para el avance en derechos de la Humanidad: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Me sigue pareciendo radicalmente revolucionario si recordamos que, en 1776, no existían en el mundo entero nada más que reyes absolutistas que detentaban todo el poder, simbólico, económico y coercitivo. Hacía muchísimos siglos que no había ciudadanos, solo súbditos; solo quedaba un vago recuerdo de dos momentos lejanos, el de las polis griegas que inventaron la Democracia y el de la efímera República romana.

Los llamados Padres fundadores, impregnados de los postulados de La Ilustración, redactaron un documento absolutamente inédito, absolutamente bello… y absolutamente contradictorio.

Ese «sostenemos» con el que empieza el párrafo se refería exclusivamente a los hombres blancos propietarios, a imagen de la Grecia clásica y la República romana. Nada de mujeres, esclavos y esclavas o las naciones nativo-americanas. Pero Abigail era proderechos de las mujeres y abiertamente antiesclavista, así que instaba en esa carta a su marido, con cierta amenaza incluida: «Recuerden a las mujeres y sean más generosos y favorables a ellas que sus antepasados. No pongan tal poder ilimitado en manos de los maridos. Recuerden que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no se les presta especial atención a las damas, estamos decididas a fomentar una rebelión y no nos sujetarán por ninguna ley en la que no tengamos voz o representación». Adams le contestó: «No se nos ocurre rechazar nuestros sistemas masculinos». Obviamente, con sistemas quería decir privilegios patriarcales. También remarcó que de lo contrario «nos sometería por completo al despotismo de la enagua».

Thomas Jefferson, principal redactor de esa bella Declaración y futuro tercer presidente, como todos los delegados sureños tuvo más de 600 personas esclavizadas en su plantación en Virginia, entre las que estaba la que la historia oficial escondió durante decenios. Sally Hemings fue esclava y amante del viudo Jefferson, esclavizada como los seis hijos e hijas que tuvo con ella. Aunque gozaban de muy buen trato, no dejaban de ser esclavos. Sus cuatro hijos supervivientes fueron liberados en la década de 1820. Solo tras la muerte de Jefferson en 1826, Sally vivió los últimos nueve años de su vida por fin como mujer libre.

72 años después de la Declaración, un grupo de mujeres y hombres estadounidenses se encontraban en Londres para asistir a una Convención antiesclavista. Con gran indignación descubrieron que las mujeres tenían vedado el derecho a hablar en la tribuna. Por eso, a su regreso, 68 mujeres y 32 hombres, en su totalidad antiesclavistas, se reunieron en la localidad de Seneca Falls en una Convención que pasa por ser el primer congreso de reivindicación feminista. Allá redactaron otro documento importantísimo y más inclusivo que llamaron Declaración de Sentimientos y Resoluciones. Una de estas resoluciones señala:

Decidimos: Que la igualdad de los derechos humanos es consecuencia del hecho de que toda la raza humana es idéntica en cuanto a capacidad y responsabilidad.

Costó mucha lucha y muchos años antes de conseguir eso de que somos iguales ante la Ley y con los mismos derechos. Aún está cogido con alfileres. Ya Benjamin Frankin advirtió que mantener una república libre no está garantizado, exige una participación cívica activa, educación y el respeto por las normas de toda la ciudadanía y líderes, de lo contrario la democracia se corrompe y puede perderse fácilmente. Lo estamos viendo. ¿Nos atreveremos a seguir la sugerencia de Abigail a rebelarnos?

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