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Opinión | Las cuentas de la vida

Han pasado 250 años

Las cuentas de la vida

Las cuentas de la vida / .

Pocas décadas después de haberse declarado la independencia en los Estados Unidos, el joven aristócrata  francés Alexis de Tocqueville llegó al nuevo país con  el raro encargo de estudiar su sistema carcelario. Le  dedicó poco tiempo –y quizás con desgana–, porque  su mirada se posó sobre la totalidad de la nueva nación. Le sorprendió que los hombres se dieran la mano  –un gesto considerado vulgar en la vieja Europa– y  no le pasó por alto el despliegue horizontal de las relaciones humanas. Tocqueville era un hombre curioso,  provisto de una inteligencia desbordante. Si aún hoy  su lectura sigue ofreciéndonos un marco intelectual  para entender en qué consiste y cómo actúa una democracia es porque, en apenas unos meses, supo leer  con una profundidad deslumbrante –casi profética–  no sólo la nueva realidad que nacía en América, sino la  proyección orgánica, el desarrollo, la potencialidad  política y humana de una nueva sociedad que necesitaba de unas instituciones, unas leyes y unos contrapesos, pero que sobre todo de una cultura concreta. En  este aspecto, el pensador francés fue inflexible a lo  largo de su vida: la cultura social, los valores compartidos y una serie de virtudes concretas son innegociables para garantizar el buen funcionamiento democrático de un país. Leer hoy en día La democracia en  América no es volver a nuestro pasado, sino comprender cuáles son los riesgos que afronta Occidente.  

Estados Unidos cumplió este pasado 4 de julio su  250º aniversario. Ha sido la nación clave del siglo XX:  la que salvó a Europa del nazismo y del fascismo, primero, y del totalitarismo soviético, después; la que ha  enmarcado nuestra propia cultura democrática, a través del culto a la constitución y a la separación de poderes; la que ha conformado buena parte del gusto estético y cultural de nuestra época, ya sea en la música  (el pop rock, el jazz, el blues), en el cine o en la literatura. La nación, en definitiva, que ha impulsado con  más ahínco el capitalismo como fórmula de desarrollo  económico hasta el punto de fecundar incluso al comunismo (pienso en el crecimiento imparable de China). Los aciertos y los errores estadounidenses –el último se ha producido este mismo año en Irán– han  definido nuestra historia reciente y lo seguirán haciendo a lo largo de este siglo, a pesar de que arrecian  los desafíos internos y externos. Entre ellos, China; o,  lo que es lo mismo, una visión exclusivamente tecnocrática del poder.  

Porque el reto al que nos enfrentamos no es tanto la  caída del marco liberal de la democracia –ejemplificado por la tentación populista en que han caído las  derechas y las izquierdas– como el éxito económico  de los autoritarismos tecnológicos; en otras palabras,  un futuro gobernado por ingenieros y por la IA antes  que por las leyes y los juristas. No se trata de un riesgo  desdeñable, porque la tentación es grande: primero  para los países en vías de desarrollo y después para un  Occidente en decadencia, que algunos –Peter Thiel,  entre otros– ya ven como ejemplos del Ancien Régime. Necesitamos unos Estados Unidos anclados en la  experiencia liberal de la democracia, precisamente  porque ha sido gracias a estos valores que la prosperidad, la libertad y los derechos se han difundido por el  mundo.

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