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Opinión | Tribuna

Mallorca, isla invadida

Imagen de una tienda de souvenirs de Santa Ponça.

Imagen de una tienda de souvenirs de Santa Ponça. / DM

Compré un libro que se titulaba Mallorca, isla invadida, de la escritora nicaragüense Margarita Gómez Espinosa. Esto sucedió en 1971, en una visita a la feria del libro, cuando yo tenía 12 años. Visto con perspectiva, aquel título resultó visionario. Aunque en el texto se percibiese un perfume elegíaco más que un aire combativo, algo se removió en mi conciencia infantil. Era el tiempo en el que las grúas proliferaban sin control en primera línea de la costa. En las tiendas de souvenires, los extranjeros adquirían miniaturas de toros bravos, espadas toledanas y botijos, todo «a precio de turista», no como ahora, que el low cost es un privilegio exclusivo de los visitantes. En la década de los 70, la basura que se acumulaba en la parte trasera de los hoteles solo era un anticipo insignificante del desastre que se avecinaba. Un desastre que, en la actualidad, está fuera de control; me remito al colapso de las carreteras, al infierno de residir en Sóller, a la falta de techo asequible para el mero vivir, al desmadre de las embarcaciones que puede alquilar cualquier borracho sin experiencia en el mar, y, así, mil infamias más…

Se me dirá que soy un ingrato, ya que, del turismo, es de lo que vivimos. Pero esa es una verdad a medias. La otra mitad de esa verdad es que es la industria turística la que vive de nosotros, como un cáncer que ha hecho metástasis en todos los órganos, arruinando la posibilidad de cualquier otra forma de vida en nuestra comunidad. Hasta tal punto es cierto esto, que denunciar que el turismo no significa prosperidad, ya se ha convertido en un lugar común; algo que ya teníamos claro en el año 2020 cuando estalló la pandemia, razón por la cual muchos ciudadanos abrigaron la esperanza de que, tras el covid, nada volvería a ser como antes. Pero fue en vano. O incluso peor, ya que la enseñanza que algunos extrajeron de aquella crisis fue aún más perversa: que si con el turismo muchos viven mal, sin el turismo algunos viven peor. Conclusión, «que el que pueda hacer que haga», como se dice ahora sin complejos. Es decir, urge maximizar los beneficios, y esta es la única Ley. Aunque sea al precio de alimentar el círculo vicioso de la depredación. Y ya se sabe que, en esto, políticos y advenedizos siempre van de la mano.

La cuestión es: ¿no se podría haber actuado con más coneixement, concepto que, en mallorquín, significa: juicio, responsabilidad, previsión y cálculo? Dicho de otra forma, si esto es el progreso, ¿no se podría haber progresado «mejor», sin que la factura fuese tan onerosa? Sea como fuere, la realidad es que Balears solo es un caso más de la fiebre del oro: ese es el espejo en el que debemos mirarnos. Por tanto, nada que envidiar a otras industrias depredadoras. A la industria maderera, que taló el 99% de los bosques primarios que se extendían desde California al Canadá: árboles que ya existían cuando nació Jesús, desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, de la misma forma que, en la actualidad, está desapareciendo la Amazonía. O a la industria de las pieles, cuya presión ha llevado al borde de la extinción a tantas especies. Industrias que, junto con el turismo de masas, son vagones del mismo tren, cuyo destino es el infierno. Me dirán que mis lamentos no son más que retórica, quejas que «se perderán como lágrimas en la lluvia». Y es verdad. Pero quién es el que, en los entierros, no tiene la debilidad de ponerse un poco filósofo.

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