Opinión
Beach Sapiens Smartphonensis
Sentados bajo una sombrilla, con los pies enterrados en la arena y la mirada fija en cinco pulgadas de cristal luminoso, parecen convencidos de que están disfrutando de la playa

El teléfono se ha convertido en un elemento tan imprescindible como la toalla / Cortesía
La evolución de nuestra especie parece avanzar, sin posibilidad de marcha atrás, hacia una inevitable smartphonización. Ya no somos únicamente Homo sapiens; poco a poco nos estamos convirtiendo en una nueva variante evolutiva: el Smartphonensis. Una especie caracterizada por la dependencia permanente de una pequeña pantalla que nos acompaña a todas partes, como una extensión más de nuestro cuerpo. Y cuando digo a todas partes, me refiero también a la playa, de ahí parte la subespecie costera: el Beach Sapiens Smartphonensis.
Me pregunto qué porcentaje de personas deja hoy el móvil en casa cuando se dirige a pasar un día de sol, arena y mar. Sospecho que muy pocas. El teléfono se ha convertido en un elemento tan imprescindible como la toalla. Afortunadamente, todavía pueden verse grupos de estos homínidos modernos sentados bajo una sombrilla, conversando mientras comparten una cerveza fresca sacada de la nevera. Sus vástagos chapotean en la orilla y construyen castillos de arena. Se escuchan risas, comentarios sobre el calor, anécdotas familiares y discusiones sobre dónde comer después. Todavía existe esa imagen reconocible de los veranos de siempre. Pero tengo la sensación de que a esa estampa le queda poco tiempo.
Cada vez es más frecuente observar a personas completamente absorbidas por sus teléfonos móviles. Teclean sin descanso, deslizan el dedo por la pantalla con movimientos mecánicos o consumen vídeos cortos mientras el sol les castiga la nuca. Están físicamente presentes, pero mentalmente ausentes. Comparten espacio con familiares y amigos, aunque su atención se encuentra en algún lugar remoto de internet. Lo curioso es que no parecen realizar algo importante, sino que permanecen conectados porque sí, atrapados en una cadena interminable de notificaciones, mensajes y contenidos efímeros.
Existe además una categoría especialmente llamativa: los que no están dispuestos a separarse de su dispositivo ni siquiera para darse un baño. Para ello recurren a esas fundas herméticas que cuelgan del cuello como si fueran un amuleto tecnológico. La imagen recuerda a esos perros San Bernardo que llevaban un pequeño barril colgado al cuello, aunque en este caso el contenido no sirve para salvar otras vidas, sino para presuntamente salvarse a sí mismos, a escasos metros de la orilla.
Me pregunto cómo es posible que todavía no se haya extendido el uso de esos teléfonos sumergibles en el mar resistentes a la corrosión del salitre. El día en que esa tecnología se perfeccione y se convierta en algo habitual, habremos cruzado una frontera difícil de revertir. Ya no quedará ningún refugio para la desconexión. Ni siquiera el mar, ese espacio que simboliza libertad, descanso y evasión, podrá competir con el poder de atracción de una pantalla.
Quizá exagero. Tal vez siga habiendo personas capaces de contemplar el horizonte sin sentir la necesidad de fotografiarlo, grabarlo o compartirlo inmediatamente. Sin embargo, todo indica que la desconexión digital, especialmente durante el verano, se está convirtiendo en un imposible.
Los Beach Sapiens Smartphonensis continúan su proceso evolutivo. Sentados bajo una sombrilla, con los pies enterrados en la arena y la mirada fija en cinco pulgadas de cristal luminoso, parecen convencidos de que están disfrutando de la playa. Aunque quizá, sin darse cuenta, hace tiempo que dejaron de estar realmente en ella.
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