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Opinión | Tribuna

El neopancracio

Donald Trump

Donald Trump / EP

Los antiguos griegos sentían pasión por el pancracio, un combate entre dos contrincantes en el que se alternaban técnicas del antiguo pugilato y la lucha libre. Fue una de las primeras disciplinas de los Juegos Olímpicos helénicos y su práctica continuó en época romana. Como su propio nombre indica, en el pancracio (pankratium) casi todo estaba permitido, excepto morder y meter los dedos en los ojos, para solaz de los espectadores que gozaban del cruento espectáculo. Al abolir el emperador Teodosio I los juegos olímpicos, en el año 393 d.C, el pancracio también fue prohibido, porque su agresividad, con sus gratuitos derramamientos de sangre, era incompatible con la incipiente moralidad cristiana. Cuando en época moderna se reiniciaron las Olimpiadas, en Atenas, en el año 1896, el pancracio no se reinstauró, porque su violencia tampoco congeniaba con la sensibilidad de los nuevos tiempos.

A pesar de ello, numerosas formas de combate como el boxeo, la lucha libre o las artes marciales se siguen ejercitando con gran aceptación por un público dispuesto a jalear a los contendientes que se enfrentan cuerpo a cuerpo hasta la derrota, muchas veces agónica, de uno de ellos. De hecho, las denominadas artes marciales mixtas, en las que se combinan diversas disciplinas de lucha antiguas y modernas están en auge, hasta el extremo de que Donald Trump, instaló una bizarra palestra de neopancracio en la Casa Blanca. En ella, encerrados en una jaula, ante un público enardecido, 14 pancraciastas se dieron a discreción un sinfín de patadas, puntapiés, coces, rodillazos, codazos, puñetazos, trompazos y empellones. La imagen de uno de ellos grogui, ensangrentado y noqueado, con la cara hecha un Cristo, dio en segundos la vuelta al mundo.

Ese truculento aquelarre agonal se celebró unos días después de que el Papa León XIV, en su visita a España, predicara urbi et orbi los valores del humanismo cristiano, entre ellos el de renunciar a la violencia, aunque se padezca una afrenta, tal como proclama la proverbial frase bíblica al prescribir que si «uno te abofetea la mejilla derecha, ofrécele también la otra». De este modo, Trump demostró que a él, por mucho que le unjan de santidad los fervorosos líderes evangélicos con sus oraciones, le atraen mucho más las crueles peleas paganas que las pacatas liturgias cristianas. Por este motivo, celebró sus 80 años con un sanguinolento pancracio en lugar de con una soporífera ceremonia religiosa. Es más, en su delirante porfía por obtener el premio Nobel de la Paz, se dedica a pacificar el mundo a porrazos, aplicando, en su versión irónica, el refrán «a dios rogando y con el mazo dando». Y es que, al serle denegado el premio Nobel, Trump advirtió que ya no se sentía obligado a defender la paz. Por tanto, a diferencia de Jesucristo que prefería ser abofeteado, la única posibilidad que le queda para hacerse con el tan ansiado galardón, si se lo vuelven a negar, es moler a «hostias» a los miembros del comité noruego que lo concede.

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