Opinión | Escrito sin red
Entre lo urgentey lo importante

Alberto Núñez Feijóo / EP
Justo en este momento puede ser útil establecer la diferencia entre lo urgente y lo importante, ahora en España. Aunque podamos concluir que ambos puedan coincidir, lo cierto es que los tiempos de la política y la naturaleza de cada uno obligan a considerarlos de forma separada. El tiempo de la política está marcado por la próxima convocatoria de elecciones generales, que se prevén en el primer semestre del próximo año. Las grandes cuestiones de la política están delimitadas por el fracaso del modelo constitucional de 1978: la configuración de un sistema oligárquico de partidos políticos; el anómalo funcionamiento del Estado sin presupuestos, es decir, sin control democrático de ingresos y gastos, es como pretender correr el Tour de Francia sin bicicleta; la aprobación de leyes inconstitucionales como la ley de amnistía para comprar la investidura, la máxima corrupción; una corrupción generalizada en el Gobierno y el partido gobernante, que ha tenido su máxima expresión en esta legislatura, culminada con la imputación de todos los presidentes de la SEPI. Es obvio que esas grandes cuestiones son las que definen lo importante: unas reformas de la Constitución capaces de ordenar el sistema y corregir sus deficiencias. Eso constituye lo importante. Pero no hay tiempo ni voluntad política en las cámaras para acometerlo, por muy urgente que les parezca a muchos. Lo urgente consiste en apartar del poder a quien ha degradado las instituciones, pero con la conciencia de que sólo ha sido posible por las deficiencias de la propia Constitución. Hacerlo sin el propósito de reforma sólo conseguirá la perpetuación de un Estado fallido gobernado por oligarquías extractivas.
Tal como reflejan las sucesivas encuestas demoscópicas, dejando de lado las intenciones de voto consolidadas en la derecha, la izquierda y los nacionalistas, hay un sector de la población convencido de la necesidad de instaurar en España un cambio político, que tiene dudas importantes sobre las verdaderas intenciones de quienes están señalados como hipotéticos vencedores, el PP. Simplificando podríamos decir que las dudas se refieren a las verdaderas intenciones de su líder Alberto Núñez Feijóo. Es que no se sabe por dónde va a encaminar sus pasos. La experiencia reciente, desde su malograda investidura de 2023, es su itinerario zigzagueante. Pasó de flirtear con Junts y especular con la amnistía a Puigdemont y ningunear a Alejandro Fernández en Cataluña a todo lo contrario; de asegurar que gobernaría en solitario a admitir que gobernaría con Vox; de abstenerse de intervenir en los pactos postelectorales con Vox en las comunidades autónomas en 2023 a favorecerlos en 2026. No se ha recatado en afirmar su voluntad de derogar el sanchismo, sus principales leyes, tales como la de amnistía, la del sólo sí es sí, la de memoria democrática, la ley de vivienda; modificar la ley trans; recuperar el delito de sedición y volver a penalizar la malversación; y aprobar una nueva ley del ministerio fiscal, modificar la orgánica del Poder Judicial y una nueva de incompatibilidades. En los últimos días ha formulado su deseo de una nueva ley electoral. Propone una nueva ley que asigne al vencedor de las elecciones un plus de un número adicional de diputados para asegurar la gobernabilidad. Es muy sorprendente esta nueva improvisación, pues sería muy difícil aprobarla compartiendo el Gobierno con Vox. Pero ese sería el menor de los problemas. En efecto, según el artículo 68 de la C.E. la elección se verificará en cada circunscripción atendiendo a criterios de representación proporcional. La prima de diputados significaría convertir el sistema proporcional en mayoritario. Además, el apartado 2 de este artículo dice que la ley distribuirá el número total de diputados (sean los 350 actuales o el máximo de 400), asignando una representación mínima inicial a cada circunscripción y distribuyendo los demás en proporción a la población. Es decir, su propuesta es inconstitucional, exige cambiar la Constitución. Lo que se dice hacer un pan como unas hostias. Si calificamos el actual sistema político como un sistema oligárquico de partidos, la propuesta de Feijóo consiste en reforzar la condición oligárquica del partido vencedor. Es decir, la propuesta de Feijóo va en el sentido contrario a reforzar el poder de voto de los ciudadanos, de elegir sin intermediarios a quiénes quieren como representantes.
Uno querría poder votar a Feijóo para poder deshacerse de un autócrata asediado por la corrupción personal, familiar, partidaria, gubernamental, pero querría hacerlo pensando que va a promover, no los intereses de su partido, sino los intereses generales de la población española. Y los intereses generales pasan por la reforma de la Constitución en aspectos centrales: que sin presupuesto aprobado cada año se cierre la administración como en EE.UU y se convoquen elecciones; que los ciudadanos elijan a su representante en cada circunscripción uninominal; que el fiscal general sea elegido por el Parlamento; que los miembros del CGPJ sean elegidos mayoritariamente por los jueces; transformar el Tribunal Constitucional en una sala de garantías del TS; suprimir los aforamientos a los cargos del Estado y autonomías; blindar las competencias exclusivas del Estado; que los nombramientos de alta dirección de los organismos del Estado, CNI, CIS, Tribunal de Cuentas, RTVE, SEPI… propuestos por el Gobierno sean examinados por la respectiva comisión parlamentaria. Votar a Feijóo sin el menor viso de que lleven a término esas reformas se hace muy difícil; sería tanto como avalar un sistema político con unas deficiencias tales que ha producido un monstruo político como Sánchez. No queremos salvadores ni que se llamen Feijóo, queremos que sea el sistema lo que nos salve. Y tememos que Feijóo no sea capaz de reformarlo. Es más, no quiere hacerlo. Feijóo es persona con dudas hamletianas, temeroso, siempre pendiente de la aprobación de los suyos. Es un líder (sic) que va a remolque de los acontecimientos, no los dirige. Aparece últimamente sobreactuado, simulando vigor, como si en el partido le inyectaran adrenalina antes de cada comparecencia, para aparentar solidez y seguridad, pero la lectura que se hace de su desempeño es poco prometedora para su futuro. Pero con esos bueyes hay que arar. De ahí nuestro desconcierto, el de los que no se resignan al vergonzoso espectáculo de la indecencia de los oligarcas.
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