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Opinión | Las cuentas de la vida

Una década después

La primera década fuera de Europa se ha saldado con un rotundo fracaso para los británicos

Una década después | EFE

Una década después | EFE

Se cumplen diez años del Brexit, el mayor trauma que ha vivido el proyecto europeo desde su fundación y, seguramente –visto ahora en perspectiva–, un enorme error de los británicos. El argumento a favor de la ruptura era seductor. Los vientos populistas soplaban en contra de la Unión y la democracia plebiscitaria gozaba de un extraño prestigio. Fuera de Europa, los partidarios de la ruptura reivindicaban un modelo similar al de Singapur: un archipiélago competitivo y desregularizado como pivote comercial entre varios continentes en medio del océano. No era una lectura del todo absurda, sino capaz de absorber en cada caso lo mejor de los diversos escenarios. Frente a la Unión Europea, se ganaría en flexibilidad; en Asia, podría contar con el poder de una lengua universal y con la calidad de unas instituciones sólidas; y, finalmente, los Estados Unidos preferirían siempre a los británicos antes que a los europeos continentales. La I+D, las finanzas y el comercio manufacturero serían la punta de lanza de un crecimiento acelerado que beneficiaría sobre todo a los nativos. Nada ha funcionado exactamente así y, aunque el Reino Unido no ha sufrido el shock negativo que preveían los pesimistas, los números tampoco juegan a su favor: se ha convertido en un país más pobre de lo que era hace diez años, con menos músculo industrial y comercial, con más dificultades competitivas y tan fracturado socialmente como antes. Queda Londres como capital financiera global y, hasta cierto punto, también como capital de las startups en el contexto europeo, pero poco más. Las encuestas sugieren que hace tiempo ya que los británicos reconocieron su error. En el plano político, el Reino Unido ha seguido un camino similar al económico, sin auténtica solidez: seis primeros ministros a lo largo de una década inestable. Seis fracasos, en definitiva.

El último en caer ha sido el laborista Keir Starmer, a pesar de su histórica victoria en las anteriores elecciones. Dos años después, las encuestas hunden a los laboristas, mientras el partido radical de Nigel Farage continúa sumando votantes. La inestabilidad sólo prueba que el país sigue sujeto a una marejada de corte emocional, que es el signo de todos los momentos populistas –según hemos podido comprobar también en España a lo largo de estos últimos quince años–. La desaparición de la prudencia parlamentaria y de sus formas y costumbres más o menos asentadas en el debate público, sustituidas por continuos altercados que excluyen el diálogo; la activación de los resortes sentimentales en las redes y de una lectura maniquea de la realidad han conducido al desastre en el que nos encontramos hoy. Una década después, el Reino Unido sigue a la deriva. Pero tampoco nosotros nos encontramos mucho mejor.

En España, el enroque del presidente del gobierno resulta también incomprensible y sólo sirve para constatar que algo no funciona en nuestro modelo institucional. ¿Dónde se encuentran los auténticos contrapesos de poder? ¿Cómo es posible que, en una situación institucional tan degradada, nada ni nadie se mueva? Si la experiencia británica obedece a un relato populista clásico, el ejemplo español (en cierto modo opuesto) se ajusta a parámetros muy similares. En ambos casos, la cultura democrática parece incapaz de escapar a sus demonios. Algo aparentemente tan sencillo como bajar la temperatura de la olla en ebullición se ha convertido en una imposibilidad. ¿Tan difícil es recuperar un mínimo de cordura?

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