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Opinión | ENTREBANCS

Presente y futuro

Presente y futuro

Presente y futuro / Crédito: Pixabay/CC0 Public Domain.

No hay un hecho más grave hoy en España y Europa que el deterioro provocado y progresivo que se está produciendo en el Estado de bienestar. Ahora que se habla tanto de blindar derechos no hay nada más urgente que garantizar algunos de los que componen el modelo social europeo.

Valgan como ejemplos el escándalo en la sanidad pública por la falta de cribados, huelgas incluidas, y las excesivas listas de espera por carencia de medios materiales y humanos. Y la falta de personal adecuado en ciertas comunidades autónomas donde avanza la privatización de la enseñanza, ahogando las finanzas de las universidades públicas, mientras surgen como setas los centros particulares.

En Balears todavía tenemos índices positivos de crecimiento económico, sobre todo vinculados a la actividad turística, al aumento de visitantes y a los beneficios empresariales. Pero la pregunta es inevitable: ¿A quién beneficia realmente este crecimiento?

Los parámetros mejoran, pero el bienestar real de la gente no siempre les sigue. Celebramos la creación de empleo, pero al mismo tiempo vemos su baja calidad, su temporalidad, su incapacidad para garantizar estabilidad. Centrarse únicamente en las cifras implica ignorar algo fundamental: el progreso social.

El resultado se refleja, de momento, en una indefinida agenda social que se concreta en una intensa preocupación ciudadana, especialmente entre las clases medias; así como unas perspectivas socioeconómicas confusas y difusas que afecta incluso a parte del segmento empresarial, con especial inquietud en Pimes y Autónomos.

Este deterioro no es casualidad. Tiene que ver con decisiones políticas que priorizan la bajada de impuestos, la desregulación y la externalización de servicios, mientras se debilita lo público. Cuando la sanidad, la educación o la vivienda dejan de ser derechos efectivos y pasan a depender de la capacidad de pago, el Estado del bienestar se vacía de contenido. Y cuando eso ocurre, no solo se vive peor, también se resiente la confianza social y la convivencia democrática.

En ese contexto de inseguridad y falta de perspectivas, no debería sorprendernos el aumento del malestar político. Cuando vivir se vuelve complicado, aparecen discursos que buscan culpables rápidos. Se alimenta el rechazo al diferente, al migrante, al pobre, mientras se idealiza un pasado que, curiosamente, siempre se presenta como mejor, incluso cuando estaba marcado por la ausencia de libertades. Se sustituye la solidaridad por el individualismo, el nosotros por el yo. La crítica ya no se orienta hacia quienes concentran el poder económico, sino hacia los vecinos, hacia los más vulnerables. El resultado se refleja, de momento, en una indefinida agenda social que se concreta en una intensa preocupación ciudadana, especialmente entre las clases medias; así como unas perspectivas socioeconómicas confusas y difusas que afecta incluso a parte del segmento empresarial, con especial inquietud en Pimes y autónomos.

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