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Opinión | Pensar, compartir...

Sin Enrique Lázaro, llega la soledad

‘Alter ego’ de Enrique Lázaro. Obra de Pep Roig.

‘Alter ego’ de Enrique Lázaro. Obra de Pep Roig.

Un día, por Navidad, llegó un repartidor con una paletilla de jamón en una caja. Era para mí. No había remitente. Durante toda la mañana me rompí la cabeza pensando si era regalo de algún proveedor raro, porque mi tienda era de dietética y quizás era más apropiado unos dátiles o miel o un kilo de coles de Bruselas. Total, que descartada cualquier empresa catalana de las que me servían género, pasé a rumiar a ver si entre mis familiares, que sabían de mi amor por ese manjar, le había entrado a alguien un arrebato de generosidad.

Se lo comenté a mi hermana y fue ella quien me dio la clave.

—A ver si va a ser de un admirador —me dijo.

—Lo dudo —le contesté— aunque te advierto que me gusta mucho más que un ramo de flores

—Pues entonces tiene que ser de alguien que te conoce muy bien —argumentó.

Y ahí lo vi claro. No era de un admirador. Solo podía ser de Enrique, el mejor amigo. Lo conocí creo que en el año 1994 y, desde entonces, hemos conservado el contacto casi cotidiano hasta ahora, en que, de manera muy brusca, he de aprender a sobrevivir sola.

Para quien no lo conozca, sepan que Lázaro, en su faceta pública, era el mejor articulista y así opina gente mucho más entendida que yo. Y uno de los más constantes; se habla de 12.000 textos publicados, pero haciendo números, me salen bastantes más.

La Palma que conoció Enrique, en los años 70 y 80, era la del maravilloso hotel Ciudad Jardín, la del hostal que había en las Avenidas, cerca de Sant Miquel, y que lo albergó durante un tiempo, la de los cafés de tertulias y la de la redacción, supongo que bulliciosa, del periódico en el que siempre colaboró, el Última Hora. Sé que a Pilar Garcés – Pili, le llamaba -, a Marisa Goñi o a Matías Vallés no les molestará que hable de él aquí, en el otro periódico, porque con Lázaro la cosa no iba nunca ni de adversarios ni de rentabilidades. De esa Palma que les cuento ya han desaparecido muchos emblemas, él también.

No lo conocí hasta la siguiente década. Nos presentó la periodista y amiga Marisol Ramírez, y durante 32 años hemos ido contándonos muchos pormenores de nuestros días. Conservo algunos de sus artículos en cajas, unos 5.000 —sus escritos no tienen fecha de caducidad—, y tengo un amplio estante con los libros que me ha regalado. También tengo un cuadro en el que está representado su alter ego, obsequio de su dibujante, Pep Roig. Durante unos años tuve que descolgarlo porque a mi nieto le daba miedo la mirada escrutadora de aquella imagen. Era muy pequeño para entender que la visión del artista iba más allá de la realidad. También soy la mujer con aspecto relamido que sale en otro dibujo de Pepe ante un plato de restos de pescado con las espinas muy bien colocadas en el borde, contrastando con el caos que había organizado Enrique en el suyo. Hasta que cambié de ordenador, lo tuve de fondo de pantalla.

Enrique Lázaro hablaba como escribía, sin adornos. Era pura literatura y yo siempre lamentaba no poder grabar su conversación. Tomar notas a toda velocidad, a veces lo intentaba, era inútil porque sus matices, sus interjecciones irónicas, eso, solo lo podía bordar él.

Siempre fue un pensador sabio y en los últimos años un sabio chino, con un enorme imperdible enganchado a su jersey. En un artículo lo explica. Lo de sabio no es exagerado. Lo era. Le he discutido muchísimas cosas con vehemencia y he tenido que humillarme, a veces una década después, y darle siempre la razón. ¡Qué rabia me daba!

Lo que más le gustaba era que le contara que había dormido bien y que no me saltara, con mi ajetreo habitual, ninguna comida. Siempre me pareció como un reflejo protector. Sí… me sentía protegida por él. Hasta hace unos años también preguntaba qué me costaba cualquier cosa que comprara, defecto profesional porque su empleo, que combinó con su trabajo de escritor, era aportar datos para el índice de precios al consumo.

No quería publicar nada aparte de sus artículos diarios, y si en alguna ocasión, poquísimas, lo hizo, fue premiado siempre. Pero nunca le interesó significarse, huía de cualquier acto social y, aun así, o quizás también por eso, era admirado, de verdad, por muchísimas personas.

Enrique era un cronista insólito. Podía hablar de los pulgares al manejar la Play con sus hijos, de física, de astronomía, de cómo hacer un revuelto de ajos tiernos o del lío de cables tras un ordenador, mientras daba claves para entender y aborrecer determinadas jugadas políticas y económicas.

Gran cocinero «sin pijadas», siempre preparó la comida para su familia. Solo necesitaba tener la paletita apropiada en la cocina. Me enseñó a hacer tortilla con calabacín y sus alcachofas salteadas, pero nunca pude igualar su mano habilidosa.

Llevo diez días compadeciéndome de mi misma. Se me saltan las lágrimas en cuanto me quedo sola con mis pensamientos y mis recuerdos, todo lleno de sus palabras y sus silencios. Sé que le pasa a todos los que lo conocimos. Dentro de un tiempo nos tendremos que reunir para celebrar haberlo leído, escuchado y querido. Quizás nos consuele. Mientras, ha llegado la soledad.

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