Opinión | Tribuna
Mallorca se nos atasca
Si metes cuatro ratones en una caja, conviven perfectamente. Si metes veinticuatro en la misma caja, acaban mordiéndose

Vista de la masificación turística en el Parc de la Mar de Palma de Mallorca. / CATI CLADERA / EFE
Hay mañanas en que salgo de casa y pienso que algo ha cambiado en esta isla, y no para bien. No me refiero al paisaje ni al mar, que siguen siendo extraordinarios. Me refiero a lo que ocurre en las carreteras, en las calles, en los semáforos. A esa tensión nueva que se palpa al volante, esa impaciencia que roza la agresividad y que hace unos años no era tan visible.
Recuerdo un experimento que aprendí hace tiempo: metes cuatro ratones en una caja y conviven perfectamente. Metes veinticuatro en la misma caja y acaban mordiéndose. No es que los ratones sean distintos. Es que la caja se ha llenado demasiado. Me temo que algo parecido nos está pasando a nosotros.
Mallorca no es Madrid ni Barcelona. No tenemos sus problemas de escala, es cierto. Pero tenemos los nuestros, y son lo suficientemente serios como para que alguien los nombre con claridad.
Empecemos por lo más visible. El ciclismo deportivo ha convertido Mallorca en uno de los destinos más valorados de Europa, y eso es una riqueza que nadie debería cuestionar. Pero hay carreteras de la Serra de Tramuntana y del interior donde, a ciertas horas, resulta casi imposible circular con normalidad. No se trata de enfrentar a nadie: se trata de ordenar. Franjas horarias, vías específicas, convivencia regulada. Otros lo han hecho. Nosotros también podemos.
Los coches de alquiler son otro capítulo pendiente. Se ha empezado a limitar su número y es una buena noticia, pero hay que ir más lejos. La temporada ya no termina en septiembre: llega hasta noviembre y arranca en marzo. Los cupos tienen que adaptarse a esa realidad. Un turista con una buena alternativa de transporte no necesita un coche. Un residente, en cambio, muchas veces no tiene otra opción.
Y hablando de alternativas: el transporte público de esta isla necesita una transformación real, no cosmética. Una red que cualquiera pueda entender en dos minutos, con frecuencias dignas y, para los trayectos cortos, lanzaderas de minibuses eléctricos que lleguen donde los autobuses grandes no pueden. Esto no es ciencia ficción. Es lo que funciona en decenas de ciudades europeas de tamaño similar al nuestro.
Palma, mientras tanto, podría ganar mucho ampliando sus zonas peatonales. Las que ya existen funcionan. El siguiente paso es tener la valentía de ir más allá, de devolver calles a las personas en lugar de a los coches. Y en cuanto al taxi y las VTC, basta con haberlos necesitado en agosto para saber que el servicio actual no está a la altura de una isla que recibe millones de visitantes al año.
Hay una propuesta que sé que genera debate pero que merece nombrarse: la restricción de circulación por matrícula o franja horaria en los momentos de mayor saturación. Singapur lleva décadas haciéndolo. Otras grandes ciudades también.
Y luego está el Paseo Marítimo. La reforma ha mejorado cosas, es justo reconocerlo. Pero hay algo que muchos pensamos y que se ha dicho en voz baja demasiadas veces: fue un error no soterrar la vía desde el Palacio de Congresos hasta Portopí. Las razones fueron económicas, se entiende, pero la oportunidad se perdió. Y ciudades que han tomado esa decisión, Lyon, Bilbao, Seattle, no se han arrepentido. Este debate volverá. Ojalá la próxima vez tengamos más coraje.
Termino con algo muy concreto que cualquier familia de Palma reconocerá: llevar a un hijo al colegio y recogerle puede convertirse en una pesadilla porque las mismas vías que usan los padres son las que concentran el tráfico por ejemplo del aeropuerto, del Arenal y de los servicios. Los colegios deberían integrarse en el modelo de lanzaderas, con rutas escolares eléctricas en las franjas de entrada y salida. Sería una medida que yo haría obligatoria.
Soy consciente de que las instituciones de Balears tienen equipos técnicos y recursos muy superiores a los de cualquier ciudadano. No pretendo enseñar a nadie. Solo digo lo que veo, lo que vivimos, lo que sentimos muchos de los que llamamos a esta isla nuestra casa. La caja se está llenando. Y si no actuamos pronto, los ratones seguirán mordiéndose.
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